Capítulo 24
Ewan
Sabía que todo saldría como había previsto. Porque las personas, por muy complejas que creyesen ser, siempre reaccionaban igual ante los celos. Especialmente los hombres como Jonas.
A estas alturas de la vida, como abogado de prestigio que era, conocía muy bien a las personas y cómo manipularlas.
Y Gia había seguido el plan al pie de la letra.
Mi plan.
—Ha funcionado —me dijo al oído, mientras nos apartábamos de la sala principal de la fiesta.
La música aún retumbaba a lo lejos, pero aquí fuera todo era más tranquilo. Más íntimo.
Giré el vaso entre los dedos, con el whisky ya tibio. La miré de nuevo, sin perder detalle en cómo el mono se pegaba a ella como una segunda piel. Ese disfraz de Catwoman me estaba jodiendo la vida entera.
—¿Te ha dicho que quiere volver a verte?
—Y que estaba guapísima, y que deberíamos quedar a solas —repitió ella, con una sonrisita satisfecha—. Está claro que se ha tragado que quiero volver con él.
Asentí y bebí lo que quedaba en el vaso. No estaba ebrio, pero tampoco sobrio. El nivel justo para que mis filtros empezaran a romperse y mi autocontrol se viniese abajo.
—Sabía que funcionaría —murmuré, casi para mí.
—Estás muy seguro de ti mismo, ¿eh?
—No estaría aquí de no ser el caso.
Ella se apoyó en la pared, cruzando los brazos bajo el pecho. La cremallera del disfraz se detenía justo entre sus pechos. Una provocación consciente. Sabía perfectamente cómo la miraba.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo, como si no importara.
—Dispara.
—¿Quieres comerme, Ewan?
El vaso vacío se me quedó frío entre los dedos. Levanté la vista. Ella sonreía… y no burlona. Sino más bien intrigada.
No le respondí. Porque no podía. Porque lo siguiente que hice fue acercarme y besarla.
No fue un beso suave. Con Gia nunca sería suave, ni aunque me lo propusiera. Esa mujer estaba hecha para que mis manos la tocaran, para que mi boca la lamiera de la cabeza a los pies.
Ella me respondió de inmediato, como si llevara toda la noche esperando eso. Como si lo hubiera planeado. Y puede que sí, que hubiese usado la misma estrategia con Jonas y conmigo.
¿Importaba? No mucho.
Me pegó contra la pared, las manos en mi pecho, y yo la sujeté de la cintura como si necesitara algo a lo que aferrarme.
—Aquí no —susurró, jadeando contra mis labios.
—¿Dónde?
—Ven.
Me cogió de la mano, y nos escabullimos por el pasillo. Subimos las escaleras que daban al segundo piso del centro. Todo estaba vacío.
Hasta que ella empujó la puerta del baño de mujeres y nos metimos dentro. Cerró con pestillo y se rio bajito, igual que una adolescente haciendo travesuras.
—¿Estás segura?
—¿Tú no?
No le respondí. Solo la besé otra vez. Y esta vez con más rabia, con más hambre.
Mis manos se deslizaron por su espalda. Busqué la cremallera y la bajé lentamente. Ella se dejó desnudar como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo. El látex cayó hasta sus pies, revelando lo que ya sospechaba: no llevaba nada debajo. Ni sujetador, ni bragas. Nada.
Soltó una risa suave, como si acabara de ganar.
—Joder, Gia…
Me agaché para besarle y lamerle los pechos. Ella se arqueó contra mí, tirándome del pelo. Gruñendo una maldición cuando mis dientes mordisquearon uno de sus pezones erectos. Con las manos presioné sus pechos, que eran bastante generosos y sobresalían de las palmas.
Esas tetas estaban hechas para enmarcar.
La subí al lavabo sin dejar de besarla, y me coloqué entre sus piernas. Quería saborearla entera. Hasta que me olvidara de todo.
Me arrodillé entre sus piernas y ella se abrió como si llevara todo el día esperando que lo hiciera. Estaba empapada y caliente.
—¿Sabes lo que estás haciendo, Gia? —murmuré contra su muslo, dejando una línea de besos hacia el centro de su ser—. ¿Lo que va a pasar?
—¿Te parece que no lo sé? —gimoteó ella, aferrándose al borde del lavabo.
Soltó un suspiro entrecortado cuando pasé la lengua por su clítoris. No una vez. Ni dos. Estaba devorándola. Y ella se agarró al borde del lavabo como si el puto edificio pudiera venirse abajo solo con sus gemidos y súplicas.
—Ewan… joder…
La oí gemir mi nombre y casi me corrí solo con eso.
Apreté las manos contra sus muslos, manteniéndola quieta mientras devoraba ese precioso coño como si fuera un banquete. Su sabor era simplemente exquisito.
—Vas a correrte para mí. Aquí. En el puto baño de mujeres —le dije, sin dejar de mirarla.
—Sí. Sigue. No pares…
Y no lo hice.
Se corrió contra mi lengua, con las piernas temblando, el cuerpo tenso, y el sonido de su gemido rebotando en las paredes.
Cuando me levanté, me agarró de la camisa con los ojos en llamas.
—Ahora tú.
Me desabrochó el cinturón sin dejar de mirarme. Me bajó la bragueta. Sus manos, firmes. Sus labios, aún húmedos por el beso.
—¿Eso quieres? —le pregunté, sujetándola del cuello.
—Quiero que me folles como si no pudieras evitarlo.
La giré, la bajé del lavabo y le di la vuelta para apoyarla de espaldas. Le abrí las piernas, subiéndolas al borde. El disfraz ya estaba en el suelo, y su culo estaba tan jodidamente perfecto que me daban ganas de empotrarla contra el espejo.
—Hazlo, Ewan —insistió ella, como si me viese dudar.
Saqué un condón y me lo coloqué lo más rápido que pude y que el disfraz me lo permitió. Aún llevábamos las máscaras puestas, y yo seguía vestido, agregándole un extra de morbo a la situación.
—Tú lo has pedido, nena.
Me empujé dentro de ella de un solo golpe. Estaba tan mojada que entré sin dificultad. Su gemido se perdió en el aire. Y luego otro.
Gia se apoyó sobre el espejo con ambas manos, frenando un poco los envites frenéticos para no alejarse de mí. Ella realmente quería esto y… joder, solo de ver su culo moviéndose contra mis caderas, su reflejo en el espejo, me daban ganas de quedarme durante toda la vida anclado allí.
—¿Así te gusta, eh? ¿Esto querías?
—Sí… joder, sí…
Y le di lo que pedía. La follé como si no hubiera un después. Como si fuera mía. Como si no estuviera tan jodidamente loco por ella que a esas alturas no valía la pena ni esconderlo.
—Mírate —gruñí, tirando de su pelo para obligarla a mirarse al espejo—. Toda para mí. Una pequeña gatita juguetona que ha estado jugando al gato y el ratón…
—En nuestro caso… —jadeó—. Ha sido… al murciélago… y al gato…
Su boca estaba entreabierta, la máscara cubriendo la mitad de su rostro y sus ojos fijos en los míos a través del reflejo. Esa mirada, Dios… parecía decirme que podía destrozarla y, aun así, seguiría pidiéndome más.
Hundí las manos en su cintura, marcándole los dedos, y volví a entrar hasta el fondo con un golpe seco que hizo que su cuerpo se estremeciera. Ella gimió, sin intentar contenerse.
—Ewan… —jadeó, arqueando la espalda para recibirme más profundo.
Empujé de nuevo, una, dos, tres veces seguidas, sin dejarle espacio para respirar; sintiendo cómo sus paredes se cerraban alrededor de mí. Era un puto vicio, un veneno que me recorría entero y me hacía querer quedarme dentro para siempre.
—Vas a correrte mirándome —ordené contra su oído, mordiendo su lóbulo—. Y no te atrevas a cerrar los ojos, nena.
Ella asintió, mordiéndose el labio, pero yo no aflojé. La mano que tenía en su pelo bajó a su cuello, apretando lo justo para que su respiración se volviera más corta, más rápida. El gemido que soltó fue casi un sollozo.
—Joder… —susurró, y yo sonreí de forma oscura.
—Sí, Gia… Así es como te quiero.
Apreté su cintura y comencé a embestir más rápido, el sonido húmedo y sucio de nuestros cuerpos reverberando en el baño. El espejo estaba empañado por su respiración y la mía, y cada vez que chocaba contra ella, sus manos se resbalaban un poco sobre el cristal.
Pasé una mano entre sus piernas y encontré su clítoris, presionándolo con el pulgar mientras seguía meciendo las caderas. Ella soltó un grito ahogado, su cuerpo temblando bajo mi agarre.
—Así… —susurré contra su cuello—. Vas a correrte para mí.
Su cuerpo empezó a tensarse, y eso me volvió completamente salvaje. Sentía su pulso acelerado en mis dedos, el calor de su piel, su aroma mezclado con el del sexo. No había nada más en ese momento. Solo ella.
—Ewan… me voy a… —no pudo terminar la frase.
Su orgasmo la golpeó de lleno, haciéndola gemir sin control mientras sus piernas se cerraban un instante, atrapándome en su interior e impidiéndome retroceder del todo. Yo seguí moviéndome, más lento, pero sin detenerme, alargando cada contracción que la recorría.
La abracé por detrás, inclinándome sobre su espalda, besando su cuello sudado.
—Buenísima… joder, estás tan buena así… —susurré, y volví a empujar, sintiendo que mi propio límite se acercaba rápido.
Ella se arqueó de nuevo, ofreciéndome más, y yo no pude contenerme. La cogí en brazos, girándola para que quedara de frente a mí, las piernas rodeando mi cintura. Su espalda chocó suavemente contra el espejo, y la besé como un maldito desesperado, devorando su boca mientras seguía dentro de ella.
—No pares… —me rogó entre besos—. Ewan… por favor…
Mis embestidas eran más cortas pero profundas, cada una arrancándole un jadeo. La máscara de ella se ladeó un poco, dejándome ver su sonrisa entrecortada. Esa mezcla de inocencia y lujuria me hizo perder la cabeza.
—Te voy a llenar, nena… —le dije con voz rota, y ella me agarró del pelo, acercándome más a su boca.
—Hazlo.
Ese fue el puto final para mí. Embestí una última vez, enterrándome tan hondo que sentí que me quedaba atrapado en ella, y me corrí con un gruñido contra su cuello. Todo mi cuerpo tembló, y me quedé así unos segundos, abrazándola, respirando contra su piel.
—Joder… —murmuré, aún sin soltarla.
Ella rio suave, su pecho subiendo y bajando rápido.
—Exactamente así lo quería, Ewan. Como en mis fantasías.
La bajé despacio, mis manos aún en su cintura. El disfraz estaba hecho una mierda en el suelo, el espejo empañado, y yo sabía que, si no salíamos pronto, alguien iba a empezar a sospechar.
—Vamos —dije, acariciándole la cara y bajándole la máscara para que quedara bien puesta—. O vamos a dar más espectáculo del necesario.
Ella me sonrió, y aunque salimos como si nada, en mi cabeza solo había una cosa clara: no iba a ser la última vez que la follara así. Ni de lejos.