Saga Sin Reglas Capítulo 22
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Capítulo 22

Gia

Nunca me habían gustado las fiestas de disfraces. Me parecían una excusa ridícula para que la gente se pusiera cosas de licra que nunca se pondría sobria y fingiera que el alcohol no le afectaba si llevaba una máscara sobre el rostro.

Además, la gracia de disfrazarse era hacer el ridículo, ¿no?

Pero esta vez era diferente.

Esta vez era una misión en la que me había embargado por salvar a mi hermano. Porque Ted se merecía que pagase cualquier precio a cambio de un abogado decente que impidiese su entrada a la cárcel.

El evento era benéfico, organizado por la clínica donde trabajaba Jonas, con donaciones, música en directo y el encanto insufrible de la élite médica pavoneándose en trajes de superhéroes.

Me había comprado un mono negro ajustado de vinilo que rozaba el delito. Catwoman. Con tacones imposibles, una cremallera lateral que se disimulaba muy bien y una máscara que me hacía parecer incluso poderosa.

Cuando llegué, Jonas me esperaba en la puerta del salón de actos, vestido de Robin.

Vaya broma más macabra del destino.

—¿Dónde has dejado a Batman? —le pregunté, alzando una ceja.

No quería que supiera que mi acompañante sí iba disfrazado del hombre murciélago.

—Un compañero se me adelantó. —Se encogió de hombros, con una sonrisa que pretendía ser encantadora, pero se le quedó corta—. Tú... joder, Gia. Vas a romper caderas esta noche. Y un par de calzoncillos.

No necesitó decir “y uno de ellos, el mío”, porque se le nota en la cara.

Jonas nunca había sido sutil, precisamente.

—No es el plan, pero gracias

El sitio estaba lleno de gente con demasiado dinero y poca vergüenza. Había mesas decoradas con motivos dorados, camareros vestidos de riguroso negro sirviendo champán, y una banda tocando versiones de los ochenta que daban bastante pena. Pero lo peor de todo no era eso.

Era que Ewan no había llegado aún.

Y yo ya tenía el corazón en la puta garganta. No quería enfrentarme a solas a mi ex.

—Voy a por algo de beber —dije, quitándome a Jonas de encima con una sonrisa falsa—. ¿Quieres algo?

—Sí. Cualquier cosa que no me recuerde que soy adulto y debo conducir de regreso a casa.

Lo dejé allí, hablando con una doctora vestida de conejita sexy, y me acerqué a la barra. Apenas le di un sorbo al cóctel cuando lo vi entrar.

Batman.

Y no cualquier Batman. No un imbécil de gimnasio ni un fanático del cosplay. Era él. Alto, traje oscuro, capa, antifaz. Mirada jodidamente letal.

Y sí. Se le cayó la baba al verme.

Ni siquiera intentó disimularlo. Sus ojos recorrieron todo mi cuerpo como si quisiera arrancarme el disfraz con los dientes. Se acercó sin prisa, con ese andar de depredador aburrido que solo Ewan podía tener, y que se transformaba cuando ponía un pie sobre los juzgados.

—Me gusta el mono que llevas —dijo en cuanto estuvo cerca.

—Y a ti te gusta hacer entradas dramáticas, ¿qué más hay de nuevo? ¿Vas a decirme que hoy sonreirás y todo? —me burlé.

—No me mires así, Catwoman. Puedo arrestarte si quiero.

—¿Arrestarme o esposarme? Porque si es lo segundo, avisa antes, ¿vale? No quiero mojar las braguitas que llevo.

Joder, ¿qué estaba diciendo? ¡Era mi jefe, por el amor de Buda! No necesitaba crearle falsas expectativas o darle la imagen de secretaria desesperada por aumento.

Pero, para sorpresa de ambos, se rio.

Se rio de verdad.

—Pensaba que solo venías a vigilar a Jonas.

—Y lo hago. Pero nadie dijo que no pudiera hacerlo con estilo.

—Estás preciosa.

Me detuve. No dijo “sexy”, ni “guapa”, ni ninguna mierda genérica. Dijo “preciosa”. Y eso... joder. Eso me dejó con las piernas temblorosas y el un calentón del quince.

—No te ablandes, Batman —le dije, tomando un trago—. Aquí todos tenemos una agenda secreta que cumplir.

—Lo sé. —Me miró con más atención—. Pero la mía está empezando a cambiar.

No supe qué decir a eso. Porque no esperaba que viniera con las armas cargadas tan pronto. Lo quería tenso, profesional, frío. No encantador. No mirándome como si no pudiera pensar en otra cosa que no fueran mis labios.

—¿Quieres bailar? —preguntó.

—No bailo.

—Mentira.

Me tendió la mano… y acepté.

Nos metimos entre la gente mientras sonaba una versión pasable de Sweet Dreams, y sus manos se colaron en mi cintura como si hubieran estado ahí toda la vida. Como si mi cuerpo estuviera hecho de manera que encajase con el suyo.

—No deberíamos hacer esto —murmuré.

—¿Y qué deberíamos hacer? ¿Ignorarnos? ¿Hacernos los idiotas?

—Por si no te has dado cuenta, eres mi jefe. Y no… no quiero ser despedida por pasarme de la raya.

—Si ese es el problema, relájate. No planeo deshacerme de ti.

Me giró sobre mí misma, con una soltura que no esperaba, y durante un segundo me sentí atrapada entre su pecho y el ritmo de la canción. Su aliento rozó mi cuello. Su boca casi tocó mi piel.

—Estás jugando con fuego —susurré.

—Tú lo encendiste —contestó—. Ahora no te hagas la inocente, Gia.

Y lo peor es que tenía razón.

—Aún no me has dicho qué debo sonsacarle a Jonas.

—Tampoco ibas a conseguir nada esta noche.

—¿Entonces por qué hemos venido?

—Porque debe creer que estás usándome para ponerle celoso —susurró, y noté su aliento filtrándose entre mi pelo, haciéndome cosquillas.

—No te invité para eso.

—Sé que quieres sentirte segura, Gia.

Joder, cómo me conocía.

—Estaré aquí en todo momento —me prometió.

Y yo le creí.

Volvió a girarme y nos miramos durante unos segundos.

—¿Cómo le doy celos?

—¿Cómo coquetearías con un hombre?

A pesar de que estábamos hablando de algo serio, se me escapó una risa.

—Ojalá supiera hacerlo, la verdad. Eso me habría ahorrado muchos quebraderos de cabeza.

—¿Estás diciéndome que no sabes cómo llevarte a un hombre al huerto?

—Esa expresión está desfasada, Ewan —me cachondeé de él. Ewan me castigó dándome una nalgada que reverberó por todo mi cuerpo—. Es que llevo mucho tiempo sin… ya sabes —encogí un hombro—. Ya no sé cómo se liga con un hombre.

—Tendremos que solucionar eso, entonces.

Su mano, grande y cálida, bajó por mi espalda y me apretó el culo de nuevo.

Menudo descarado.

—Ve e invítale a un cóctel. Y cuando lo tengas acorralado… halágalo. Dile que te encanta cómo se ve y cómo te trata a pesar de todo. Y luego háblale de mí. Ponle celoso. Que piense que alguien más puede quitarle la oportunidad de follarte.

Vale, además de descarado… era un malhablado.

—¿Eso servirá?

—Debería.

La canción terminó y nos separamos. Sentía las mejillas acaloradas por su culpa.

—¿Qué harás tú?

—Esperarte, Gia.