Saga Sin Reglas Capítulo 21
79%

Capítulo 21

Ewan

La casa seguía oliendo igual que cuando me fui.

A eucalipto, pan tostado y alcohol. Era una mezcla extraña, pero familiar.

Como si el tiempo no hubiera pasado para ninguno de nosotros.

Como si aún viviera ahí y estuviera a punto de dejar la chaqueta en el perchero mientras mi hijo se abalanzaba sobre mis piernas, gritando “¡papi!” y contándome todo lo que había hecho durante el día.

—Papá —gritó, y antes de que pudiera cerrar del todo la puerta, ya lo tenía colgado de la cintura como un puto koala con exceso de energía.

Menos mal que aún me recibía de esa manera.

Le despeiné el pelo con una mano y solté una carcajada.

—Estás más grande cada vez que te veo. ¿Qué estás comiendo? ¿La cena de Hulk?

—Espaguetis —dijo, muy serio, y eso me sacó otra sonrisa.

Detrás de él, apareció Clara. Sujetaba una taza de café entre las manos y llevaba el moño deshecho, como siempre que se pasaba el día en casa.

Su camiseta tenía una mancha de chocolate a la altura del hombro.

Pero, aun así, seguía siendo guapa. De esa forma serena y silenciosa que siempre me gustó de ella.

—Hola —saludó, bajando la mirada—. Bienvenido a casa.

—Hola. —Asentí, y le hice un gesto al crío—. ¿Puedo robarlo un rato?

—Claro. Estaba jugando con sus dinosaurios, pero seguro que prefiere molestar a su padre.

—¡Tengo un montón de nuevos dinosaurios! —dijo él, emocionado.

No me moví. Dejé que el niño regresara a su habitación, y me quedé de pie frente a ella. Clara me observó un segundo de más, como si no supiera si darme un abrazo o cerrar la puerta en mi cara. Al final, se hizo a un lado para dejarme pasar.

—¿Café? —preguntó ella, ya camino a la cocina.

—Solo si no es del que haces tú —contesté, sentándome.

—Eres un imbécil.

—Y tú no sabes usar una cafetera, así que estamos en paz.

Clara no se lo tomó a mal porque esa broma la habíamos compartido cientos de veces, cuando aún estábamos casados y éramos felices.

Volvió con otra taza y se sentó frente a mí. Cruzó las piernas con esa elegancia distraída que siempre tuvo, y durante un momento nos quedamos en silencio, escuchando cómo rugía un T-Rex de plástico desde el pasillo.

—Está bien —dijo, como si necesitara recordármelo a mí, o a sí misma—. Está mejor. Desde que lo llevamos a esa terapeuta nueva, duerme mejor, y come mucho. Ya no se despierta gritando por las noches debido a los pitidos de las máquinas. Lo está… sobrellevando.

Asentí. No me fiaba de las terapeutas infantiles, pero si eso servía para que mi hijo dejara de soñar con fuego y ambulancias, me parecía suficiente.

—Gracias por llevarlo —añadió ella.

—Es mi hijo, Clara. No necesito que me des las gracias por eso. Haría cualquier cosa por él.

Volvió a mirar su taza.

—Sigo sintiéndome culpable, ¿sabes? Por todo lo que ocurrió.

Ahí estaba. La frase de siempre. La culpa que no se le iba ni aunque la exprimieran entera de su cuerpo.

—No fue tu culpa —dije.

—Yo lo elegí, Ewan. Elegí esa clínica. Elegí esos médicos. Firmé los papeles. Les dejé que le pusieran medicación sin supervisión. Fui yo quien…

—No. —Mi voz sonó más firme de lo que pretendía—. Tú solo intentabas ayudarlo. Ninguno de nosotros sabía lo que estaban haciendo ahí dentro. Ni tú, ni yo. Nadie.

—Pero tú vas a descubrirlo. —Me miró entonces, con los ojos enrojecidos y esa mezcla de esperanza que siempre me hacía sentir peor de lo que ya estaba—, ¿verdad?

—Sí —respondí—. Lo prometo.

No dije más. Porque no necesitaba más promesas. Lo que necesitaba era que alguien pagara por sus pecados. Que salieran los nombres. Que se supiera qué cojones le hicieron a un montón de niños mientras sus padres creían que los estaban ayudando.

Esa clínica era un agujero negro disfrazado de centro de salud. Y yo pensaba volarla por los aires, aunque tuviera que usar cada contacto, cada puto recurso legal, y cada amenaza solapada en mi arsenal.

—¿Tú estás bien? —preguntó ella, después de un trago—. No me contestas los mensajes casi nunca.

—Estoy ocupado. Trabajo. Casos.

—¿Casos? ¿O “caso”? —su voz se tornó un poco más afilada, aunque no me sorprendió.

—Tengo varios.

—Pero solo uno que te mantiene despierto por las noches —murmuró.

La miré. No como un capullo, no con arrogancia. Solo la miré. Porque tenía razón.

Gia.

No había día que no pensara en ella, en su voz, en su forma de discutir, en su lengua afilada y su risa terca. Y eso me jodía más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Cuando le conté que contaba con la ayuda de mi secretaria para sonsacarle información a uno de los enfermeros, no planteé la posibilidad de que Clara sintiera celos de ella. O que pensara que me quería acostar con mi secretaria.

—Es una colega —dije, mintiéndole en la cara.

Clara sonrió, pero no con los labios. Solo con los ojos. De ese modo que las mujeres tienen de saber que estás mintiendo y, aun así, dejarte hacerlo.

—¿Te gusta?

—No viene al caso.

—Claro que viene. —Suspiró, apartando la taza—. Porque durante años he esperado a que quisieras volver. A que dijeras que me echabas de menos. A que te arrepintieras de marcharte como lo hiciste.

—Nunca fue por ti —dije, sin rabia. Solo con cansancio.

—¿Entonces por qué?

La pregunta de siempre. La que evitamos durante años por miedo a lo que nos haría decir.

—Porque dejé de sentirme yo mismo contigo.

—No parpadeé al decirlo—. Porque me perdí en medio de hospitales, diagnósticos, y rutinas de padre que no sabía cumplir sin sentir que la ansiedad iba a fracturarme todas las costillas.

Porque dejé de ser un hombre y me convertí en una sombra, Clara. Por eso.

Ella tragó saliva. No dijo nada.

—Y no te culpo por nada —añadí—. Pero no quiero volver. Ya no soy ese tipo del que te enamoraste.

—¿Y quién eres ahora, Ewan?

La respuesta no me gustó. Porque no la sabía. Porque estaba en proceso. Porque tal vez ya no fuera solo abogado, padre o exmarido, sino algo que aún no entendía del todo.

—Alguien que hará lo que tenga que hacer —murmuré—. Aunque le cueste todo.

Y por primera vez en mucho tiempo, vi en sus ojos que entendía que no era por venganza. Era por justicia.

—¿Te quedarás un rato? —preguntó, con una voz más suave—. Le prometiste que veríais una peli.

—Claro.

Me levanté, fui a la habitación del crío, y me senté en el suelo con él, rodeado de dinosaurios, de espaguetis fríos y de todo lo que importaba en esta vida.

Acaricié su cabecita, que seguía sin pelo, y me sentí mucho más tranquilo al ver que comía palomitas conmigo. Algo que, dos meses antes, todavía era incapaz de hacer.

Gia podía ser un incendio que me consumía desde dentro.

Pero mi hijo era la razón por la que no iba a arder en vano.