Capítulo 19
Ewan
En mi cabeza se había desatado todo un tsunami de pensamientos intrusivos que no me dejaban en paz.
Después de dejar a Gia en la cafetería, volví a casa y me quedé un rato leyendo. Pero mi mente estaba tan dispersa que no me quedaba con nada. Así que cerré el libro y me puse una película. Y luego me preparé un whisky.
Finalmente, derrotado por mi propia cabeza, decidí llamar a Gia con la esperanza de que todo hubiese ido bien.
Jonas era una pieza clave para mi investigación.
—¿Sí? —respondió, con la voz algo más suave de lo habitual.
Sonaba distraída. O relajada. O como si acabara de pasar una tarde de mierda y necesitara una copa; o dos o tres.
—Soy yo —dije, por si no me tenía guardado con uno de esos apodos estúpidos que usan las mujeres, tipo “Jefe cabrón” o “Satanás en traje caro”.
—Ah, hola. —Y de inmediato, su voz se tensó, como si hubiera recordado que yo existía y que, técnicamente, era su superior—. ¿Ha pasado algo?
Perfecto. Ese tono sí lo conocía.
—¿Qué tal fue la cita con tu exnovio? —pregunté, sin rodeos, apoyando el hombro en el marco de la ventana de mi salón, mirando el horizonte como si esperara que una puta respuesta saliera de entre las nubes.
Hubo un silencio breve, apenas dos segundos, pero los suficientes para que supiera que estaba pensando en cómo contarlo sin que sonara mal.
—Bien. Raro. Me ha invitado a una fiesta benéfica este fin de semana. En su clínica. —Hizo una pausa—. De disfraces.
La imagen de Gia disfrazada —con poca ropa, con corsé, con medias— me golpeó sin permiso. Sentí el impulso primitivo de decirle que no fuera. Que no se presentara. Que me mandara al gilipollas ese para sonsacarle yo mismo la información.
Pero no. Me forcé a ser racional. O al menos, lo más racional que un hombre empalmado y cabreado podía ser.
—¿Y vas a ir?
—Sí. Creo que es una buena oportunidad para que se abra un poco más.
Confía en mí. —Luego, con un tono demasiado neutro para mi gusto—: No es que haya sido difícil hablar con él.
Jonas nunca fue muy discreto cuando se trataba de presumir de lo que hacía, y eso nos beneficia.
Pero no tengo ni idea de qué se supone que debe contarme, Ewan.
Eso sí lo sabía. El cabrón era de los que necesitaban aplausos para cada respiración que daban.
—De momento vas bien. Conseguir que confíe en ti es primordial.
—Estoy intentándolo, Ewan. Pero no es fácil llevarse bien con una persona que te hizo daño.
Noté un ligero sabor amargo en el paladar.
A decir verdad, me estaba comportando como un tirano con Gia al obligarla a ser partícipe de algo que no le incumbía.
—Gracias por hacer el esfuerzo.
Escuché que soltaba una pequeña carcajada.
—Vaya, eso es nuevo. Pero no te preocupes, Ewan. Solo dime que no es nada raro, por favor.
—¿Raro en qué sentido?
—¿Jonas está traficando con órganos o algo así?
—No. ¿Eso es lo único que se te ha ocurrido?
—Sí —dijo como si nada.
Fue mi turno de soltar un amago de risa.
—Tu ex no es peligroso. Los cabrones para los que trabajaba, sí. Pero nada de órganos robados, lo prometo.
—Es un alivio. Me hubiese sentido muy extraña sabiendo que salí con el nieto de Jack el destripador.
Escuché que se sentaba sobre el sofá y soltaba un suspiro.
—¿Y tú? ¿Vas a hacer algo este fin de semana? —me preguntó, como si no supiera que tenía la agenda reventada de reuniones, comidas y obligaciones que detestaba con todo mi ser.
—Tal vez vaya a esa fiesta. —Lo dije sin pensarlo demasiado, y enseguida noté cómo se le cortaba un poco la respiración—. ¿O no me estabas invitando?
—¿En serio?
—¿Por qué no? Podría ir disfrazado de abogado —bromeé—. Aunque eso ya no se considera un disfraz interesante, ¿no?
Su risa me llenó de energía de pronto.
—Te sorprendería lo bien que le sienta una toga a algunos —repuso.
—¿Y tú de qué irás?
No había forma de que esa pregunta no sonara interesada. Me daba absolutamente igual el disfraz, pero necesitaba saberlo. Imaginarlo. Anticiparme a sus decisiones.
—No lo sé aún. Algo discreto. No quiero llamar la atención.
Mentira. Quería pasar desapercibida para todo el mundo menos para él. Lo sabía. Y me irritaba el modo en que lo conseguía sin ningún esfuerzo.
—Lo que te pongas, no pasarás desapercibido ni de broma. Tú nunca pasas desapercibida, Gia.
Otra pausa. Esta vez, más larga.
—Gracias —susurró—. Supongo que este tipo de halagos están incluidos en las cláusulas de la propuesta que me hiciste, ¿no?
Me alejé de la ventana. Había comenzado a llover y no quería que la melancolía me jugara malas pasadas. O que me hiciera decir cosas de las que me arrepentiría al día siguiente.
—Gia —dije, volviendo al tono serio que usaba cuando quería que me escucharan de verdad—, no bajes la guardia con él. No importa lo mucho que creas que ha cambiado; no es verdad. La gente rara vez lo hace. Y menos cuando pueden sacar algo de provecho.
—¿Como tú? —preguntó, en voz baja, sin rastro de burla.
Me detuve.
—Tal vez. Pero yo no te lo oculto. —Un músculo palpitó en la mandíbula—. Piensa en algún disfraz para los dos, y mañana me lo dices. Buenas noches.
Y con eso, colgué.
No porque quisiera ser dramático, sino porque sabía que, si seguíamos hablando, acabaría diciendo algo que complicaría aún más lo que ya teníamos entre manos.
Lo peor no era desearla.
Lo peor era empezar a no querer que hablara con ningún otro hombre.
Y eso, viniendo de alguien como yo, era una jodida señal de alarma.