Capítulo 18
Gia
Jonas no había cambiado ni un poquito en los últimos tiempos. Seguía siendo un hombre atlético, atractivo. Alto y moreno, ojos verdes, con la ropa impecable y una pequeña cicatriz sobre la mejilla que lo hacía parecer más peligroso de lo que era.
Sentado sobre una de las mesas de la cafetería, me esperaba mirando su teléfono y sonriéndole a la pantalla. Eso me hizo sentir mejor. Seguro que estaba ligando con alguna chica, así que no me molestaría a mí.
—Hola —saludé, sentándome justo al lado—. Perdón por llegar tarde, había atasco.
No le conté que me había traído mi jefe en moto porque a Ewan le interesaba muchísimo todo lo que él tuviera que decir.
—Joder, Gia. Cada día estás más guapa —dijo, y la sorpresa se reflejó también en su cara—. ¿Dónde estás trabajando ahora?
—En un bufete. ¿Y tú?
Le hice un gesto a la camarera para que acercara.
—En una clínica privada. En el ala de psiquiatría. Pagan mejor, y la mayoría de los pacientes son bastante ruidosos, así que nunca me aburro.
Esbocé una sonrisita, como si fuera muy gracioso lo que acababa de decir.
—¿Llevas mucho tiempo ahí?
—Un año, o así. —Se apartó un poco de la mesa cuando la camarera apareció justo a su lado—. Dos cafés y un par de trozos de tarta de zanahoria —pidió, como si tuviera derecho a decidir por mí—. Lo de siempre, ¿no? —fue entonces cuando me miró.
—Sí, claro.
Me daba igual una cosa que la otra. No planeaba quedarme mucho rato.
—¿Por qué dejaste la anterior clínica? Pensaba que te pagaban muy bien.
—El jefe cerró las puertas y nos mandó a todos a la calle —dijo de forma esquiva—. ¿Y qué tal con tu hermano?
Joder, acababa de tocar hueso. No esperaba hablar de Ted, y mucho menos ponerle al día sobre sus antecedentes penales, así que decidí echarle morro y mentir.
—¡Bien! Está mucho mejor.
—Me alegro. Hace un tiempo era un imbécil contigo.
Si bien era cierto que la actitud de Ted hacia mí dejaba mucho que desear, me molestó sobremanera que fuese Jonas quien lo hiciera notar. Porque él también fue un gilipollas conmigo en el pasado.
—Ya ves. La gente cambia.
La camarera dejó los cafés y los dos trozos de tarta sobre la mesa. Cuando se alejaba, Jonas se quedó mirándole el culo.
Al parecer, él no dejaba de ser el mismo baboso de siempre.
—Sí, sí. Un montón. Tú estás muy sexy.
Oh, no. Esperaba que no se pusiera a ligar conmigo.
—¿Tú estás muy sexy? —repetí con una ceja arqueada, llevándome la taza de café a los labios. Al parecer, había perdido facultades a la hora de ligar con las mujeres—. Vaya, Jonas… ¿Eso es un piropo o estás teniendo una embolia?
—Touché —rio, sin inmutarse—. Es que no se me ocurre nada coherente para decir, Gia. De todas las cosas que podían pasarme este mes, que tú hablaras conmigo otra vez no entraba entre mis planes. Se supone que habíamos terminado para siempre.
Tomó un trozo de tarta y se lo metió en la boca como si no hubiera pasado nada, como si la última vez que hablamos no hubiese sido una discusión que terminó conmigo llorando y con él desapareciendo sin decir adiós. Porque Jonas no servía ni para mantener una amistad.
—Es verdad que me acordé de ti —mentí—. Y me sabía mal que termináramos tan mal la última vez.
—Ya, fue una mierda. Me dejaste colgadísimo.
—¿En serio? ¿Vas a hacerte la víctima?
Él sonrió, como si todo esto le divirtiera. Le encantaba provocar. Y a mí, por desgracia, me encantaba responder.
—No. Bueno, vale, sí. Pero solo un poco. Me porté fatal, y tú también. Los dos fuimos un par de idiotas.
—Te fuiste sin decir nada, Jonas.
—Porque estaba hecho un lío. Porque lo nuestro se había vuelto una mierda tóxica. Y la psicóloga me dijo que lo importante era mantener mi espacio sin contaminar.
Tócate los huevos, pensé, enfadada. Encima de que él era el gilipollas que me rompió el corazón, y me usó como le dio la gana, ahora jugaba el papel de víctima.
—¿Y eso te daba derecho a desaparecer? Podrías haberme dicho que te ibas, Jonas. Que necesitabas espacio. Que te estaba agobiando. Que te daba miedo lo que teníamos —enumeré.
Por un momento, pareció que iba a responder con una broma. Pero no lo hizo. Se encogió de hombros y bajó la mirada.
—Tenías razón. Me daba miedo tu reacción. Es que… discutíamos mucho, hasta como amigos.
Vaya. El gilipollas había evolucionado.
—Yo tampoco era perfecta —añadí, cruzándome de brazos. Echarme algo de culpas no cambiaría lo que ocurrió, pero al menos haría más fácil que él confiase en mí—. Estaba todo el día pendiente de ti, tratando de arreglarte. Pensaba que, si te quería lo suficiente, dejarías de ir dando tumbos.
—Lo sé. Por eso quería verte. Quería pedirte perdón. De verdad, Gia. No fue a propósito.
Aquello me descolocó. No esperaba disculpas. Mucho menos reales. Porque sonaban… sinceras.
Tal vez no había cambiado tanto como para dejar de mirar culos ajenos en público, pero al menos ahora se daba cuenta de que había sido un capullo. Algo era algo.
—Bueno —murmuré, bebiendo un sorbo más largo de café—, a veces las personas cambian para mejor cuando están solas.
—¿Entonces por qué querías volver a hablar conmigo? —preguntó, y esta vez su tono fue distinto. Más serio. Más vulnerable—. Espero que no sea con la idea de echarme cosas en cara. Eso ya pasó hace mucho.
Buena pregunta, Jonas. Es que, verás, mi jefe quiere que te saque información sobre algo que aún no me ha contado, pensé, y me mordí la punta de la lengua.
—Porque no quiero quedarme con la duda de si podíamos ser amigos o no. Porque no quiero odiarte, ni que me odies tú.
—Nunca te he odiado —dijo sin pensarlo—. Lo nuestro fue… intenso. Bonito, pero intenso. Y estábamos demasiado rotos para que funcionara.
Me forcé a darle la razón con un gesto afirmativo. Iba bien. No podía permitirme cagarla ahora. Ewan estaría orgulloso.
Bueno, o quizá no. Ese cabrón no expresaba orgullo ni aunque le pusieran una pistola en la sien.
—¿Sigues saliendo con alguien? —preguntó Jonas de repente.
—No. ¿Y tú?
—Nada serio. Alguna cita esporádica. Sabes cómo soy.
Sí. Un puto crío con complejo de Casanova. Pero no lo dije.
—¿Y en qué clínica trabajas?
—Se llama St. George. Está en Chelsea. Es privada, como te dije. Mucho dinero, mucho loco —soltó entre risas.
Mi radar de información se activó. Chelsea. Clínica privada. Psiquiatría. ¿Tal vez ahí estaba uno de los pacientes de Ewan? ¿O uno de los nombres que salieron en la investigación?
A lo mejor Jonas se había metido en una red de tráfico de órganos o algo muy chungo.
Solo de pensarlo, se me heló la sangre.
—¿Qué clase de pacientes tenéis? —insistí, con tono ligero, como si solo me interesara por cortesía.
—Confidencial, ya sabes. Pero te sorprendería la cantidad de ejecutivos de traje que necesitan pastillas para dormir. O que ven los fantasmas de sus ex esposas.
Maldita sea, dame un nombre, Jonas. Algo que pueda ofrecerle a Ewan.
Pero entonces, como si la vida me devolviera el favor por haber engordado dos kilos en los últimos tiempos, Jonas se sacó una tarjetita de la cartera y me la dio.
—¿Sabes qué? Vas a tener la oportunidad de conocer a algunos de ellos.
—¿Cómo?
—La clínica organiza una fiesta benéfica todos los años para mejorar sus instalaciones y donarlo a investigar enfermedades mentales.
La de este año es una fiesta de disfraces.
Muy elegante, y muy absurda al mismo tiempo.
¿Quieres venir como mi invitada? O con alguna amiga o acompañante. Lo que tú quieras.
Mi corazón se aceleró. Bingo.
—¿Va mucha gente del centro?
—Toda la junta directiva. Algunos pacientes estables que quieren ayudar. Inversores. Médicos. Y gente aburrida con demasiada pasta —añadió con sorna—. En realidad, es semipública. Siempre y cuando vayas a comprar cosas a la subasta, o a donar dinero.
Me mordí el labio inferior para no sonreír como una cría.
Como mi cuenta corriente estaba más vacía que nunca, no donaría dinero. Pero conocía a alguien que sí.
—¿Y puedo ir disfrazada de lo que quiera?
—Sí. Menos de enfermera sexy, por favor. Eso ya lo hace la recepcionista.
—Qué decepción —repuse, y esta vez sí sonreí.
—Entonces, ¿te apuntas?
Fingí pensarlo. Diez segundos de pausa dramática.
—Está bien. Pero solo si tú te disfrazas de algo ridículo. Nada de médico sexy. Te quiero en mallas o con una peluca absurda.
—Hecho.
Sellamos el pacto con un brindis improvisado con los cafés ya fríos. Él parecía satisfecho. Creía que estaba recuperando el contacto. Y yo... yo tenía mi pase directo al corazón de la madriguera.
Ewan estaría encantado. O furioso. Probablemente ambas cosas.
Lo cual me hacía desear aún más meterme hasta el fondo en esta mierda.