Capítulo 16
Ewan
No planeaba quedarme hasta tan tarde en la oficina.
Y, desde luego, no planeaba quedarme con ella. Pero Gia se presentó en mi despacho pasadas las seis, con cara de "me he perdido entre tanto informe", un par de carpetas en la mano y restos de chocolate en la comisura de los labios.
Dios bendiga a quien la pillara en la cocina con una tableta de chocolate en la boca, pensé. Y luego me odié por pensarlo.
Porque esto no era profesional. Y porque no era mi intención sentir ningún tipo de atracción por mi secretaria.
—No planeaba hacerlo —dijo en cuanto crucé la mirada con ella.
Alcé una ceja.
—¿Hacer qué, Gia?
—Quedarme hasta tan tarde. Solo me despisté. Una cosa llevó a la otra, y cuando me di cuenta... bueno, eran las seis.
—¿Por qué me dices esto?
—Porque no es necesario que me pagues horas extras —repuso, como si me hubiese olvidado de eso.
El bufete estaba desierto. Hasta los de limpieza se habían ido ya. Londres rugía allá fuera, como siempre, con sus taxis, sus gritos, sus pubs atestados de idiotas y su aire impregnado de ambición y smog.
Dentro, en cambio, solo quedábamos nosotros dos.
Y, de pronto, un zumbido sordo. Un clic seco. Y oscuridad.
Gia se quedó congelada en la puerta. Literalmente congelada.
—¿Eso ha sido la luz? —preguntó, como si no fuese evidente.
—No, ha sido Dios jugando con nuestra paciencia.
—¿Hay que pagarla con monedas? Porque no tengo suelto.
Resoplé, tratando de no reír, y me puse en pie. Ella me siguió al pasillo, donde la penumbra nos envolvía como una manta pesada. Mis ojos se acostumbraron rápido a la falta de luz. Los suyos, en cambio, brillaban con una mezcla de alarma e incredulidad.
—¿Siempre pasa esto? —susurró.
—No. Pero enhorabuena, Gia; has vivido tu primer apagón en el Langley & Co. Espero que lo recuerdes con cariño.
—Vale. Genial. Gracias por la bienvenida —dijo, intentando coger su bolso de la mesa—. ¿Y ahora qué hacemos?
—Ahora, bajamos por las escaleras —anuncié.
—¿Y no hay generador?
—Sí, pero tarda un poco en ponerse en marcha de nuevo. ¿Quieres esperar a oscuras?
Me lanzó una mirada que, traducida al lenguaje humano, venía a decir: "no me jodas, Ewan".
Así que nos dirigimos a la salida de emergencia. La puerta chirrió cuando la empujé, y las escaleras se extendieron ante nosotros como una espiral sin fin, iluminadas por una tenue línea fluorescente en la pared. Al menos, hasta que la alarma decidió animarnos la noche.
PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII.
El estruendo me perforó los tímpanos, y el sistema de emergencia se activó de golpe: luces rojas parpadearon sobre nuestras cabezas, y luego, como si nos encontráramos dentro de una película de bajo presupuesto, empezaron a llover chorros de agua desde el techo.
Gia chilló. Yo me quedé quieto, empapándome en dos segundos.
—¡¿QUÉ COÑO ES ESTO?! —gritó.
—Sistema antiincendios —gruñí, maldiciendo a quien se le hubiese ocurrido colocarlas en un espacio tan reducido.
—¡NO HAY FUEGO!
—No, pero sí idiotas en el departamento de mantenimiento. Quédate quieta, no te resbales o te caerás por las escaleras.
Ella hizo justo lo contrario. Se movió hacia mí, a tientas, y casi se mata bajando un peldaño. Tuve que atraparla por la cintura para evitar que cayese, tal y como le advertí.
Su cuerpo chocó con el mío. Estaba mojada, cálida.
No sé por qué lo hice, o por qué me dejé llevar. Tal vez porque su risa brotó justo entonces, sonora y dulce, como si fuera la cosa más absurda del mundo lo que nos estaba pasando.
Y lo era.
Estábamos empapados, envueltos en luces rojas y pitidos infernales, atrapados en una escalera que olía a polvo y moqueta húmeda. Yo con el traje arruinado. Ella con la blusa pegada a la piel y el pelo cayéndole en ondas por la cara.
—Esto es surrealista —murmuró, temblando—. Creo que jamás me he quedado atrapada en un edificio a oscuras. Y eso que vivo en uno bastante antiguo.
—Por culpa de estos cretinos, voy a tener que pagarte esas malditas horas extras.
Ella bufó.
—¿Quién demonios diseña estos sistemas?
—Alguien que no esperaba a dos abogados quedándose tarde a hablar de tonterías hasta tarde, supongo.
Volvió a reírse. Era preciosa.
Mierda.
Quise soltarla. Quise decirle que la ayudaba solo por decencia y caballerosidad, y no porque mis manos tuvieran un imán que se sentía atraído por ella. Que el contacto no significaba nada. Que estaba molesto, empapado y completamente fuera de lugar.
Pero entonces alzó la mirada hacia mí, todavía entre mis brazos, con las gotas resbalando por sus mejillas y los labios entreabiertos… Y entonces lo supe.
No se trataba solo del agua, ni de la tensión. Ni siquiera del hecho de que llevaba días imaginándome qué aspecto tendría si se soltase un poco el pelo y dejase de reprimirse cada vez que yo entraba en una habitación.
Era ella. Ella, con sus réplicas sarcásticas. Con sus silencios medidos. Con su forma de mirar como si siempre estuviera resolviendo un puzle.
Era Gia la que me atraía, porque no encajaba en nada de lo que solía disfrutar.
Así que la besé.
Fue un error.
Fue inevitable.
Fue una explosión.
Su boca respondió de inmediato, como si también hubiese estado esperando algo que no sabía que necesitaba. Su sabor me inundó igual que el agua helada lo hacía con nuestras ropas. Mi mano subió por su espalda hasta enredarse en su nuca, con su pelo húmedo haciéndome cosquillas.
Gia se aferró a mi camisa con urgencia, pegándose más a mí. Sus labios presionándose con insistencia con los míos.
No era un beso de película.
Era un beso real. Torpe, mojado e inesperado. Y, joder, me hizo arder hasta la médula.
Cuando me separé, su respiración estaba descompasada.
La mía también.
—¿Por qué…? —empezó a preguntar, pero su voz se quebró.
No tenía respuesta. Así que no la di.
Solo la miré, empapado, confuso y excitado, maldiciéndome por no haberlo previsto. Por no haberlo evitado. Por no saber qué hacer con lo que acababa de pasar entre los dos.
—Esto no ha sido profesional —murmuré al fin.
—Tampoco ha sido un crimen —susurró.
Y no supe si me lo decía a mí o a sí misma.
Seguimos bajando en silencio, empapados, con las luces de emergencia guiándonos como si fueran antorchas. Cada peldaño sonaba hueco bajo nuestros pasos, cada minuto pesaba más que el anterior.
Pero yo solo podía pensar en su boca.
En cómo la había sentido mía por un instante.
Y en lo malditamente peligroso que era eso.
Joder, quería besar a Gia de nuevo.