Saga Sin Reglas Capítulo 15
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Capítulo 15

Ewan

—¿Tienes algo que hacer hoy?

Gia se sobresaltó al verme aparecer de la nada. Sus ojos dorados se clavaron en mí… y me hicieron arder como dos soles.

—¿A qué se refiere?

—Aún nos queda una comida pendiente —le recordé—. ¿Vamos a comer juntos?

No sabía por qué acudía a ella para escapar de los pensamientos intrusivos que taladraban mi cabeza desde esa misma mañana. Pero algo dentro de mí me decía que Gia lograría lo que ningún otro: hablar de cualquier cosa que no fuese trabajo o la investigación.

Que era, por cierto, justo lo que necesitaba.

—Claro —repuso ella, como si nada. Bajó la tapa de su portátil—. Pensaba salir a comer hoy, de todos modos. Me he dejado el almuerzo en casa.

Problemas que yo nunca sufría al no cocinar la mayor parte del tiempo.

Menudo milagro que a mis cuarenta años no tuviera problemas de colesterol o diabetes a consecuencia de mi mala alimentación.

—Bien.

Gia cogió su abrigo y su bolso, y me siguió al ascensor. Cuando le dije que iríamos en moto, se puso algo pálida.

—¿Me mentiste el otro día?

—¿Cómo dice?

—No te gustan las motos —aprecié—, pero fingiste que sí.

Vi la verdad reflejándose en sus ojos dorados. Qué tierna.

—B-Bueno… es que… Tuve un novio que siempre iba en moto y casi se mata una vez.

—¿No usaba casco?

—Sí, pero corría en carreras ilegales —dijo como si nada.

—Espero que ya haya dejado de hacerlo.

—Eso pasó cuando teníamos diecisiete años.

Una de las comisuras de sus labios se elevó, esbozando una sonrisa divertida.

Eso no me ablandó en absoluto, y usamos mi moto para llegar a uno de los restaurantes londinenses que más me gustaban. Discreto, con comida casera de la India. Toda una explosión de sabores en la lengua que me encantaba disfrutar cada vez que se me presentaba la oportunidad.

Gia se quitó el casco con torpeza, soltando un suspiro de alivio cuando sus pies pisaron suelo firme.

—Voy a necesitar terapia después de esto.

—Dame las gracias por no ir a más de noventa.

—¿Por qué alguien iría voluntariamente a más de noventa en un vehículo sin puertas?

—Porque puede.

Ella bufó, y su naricita se arrugó de forma muy sexy.

—¿Vienes aquí a menudo? —preguntó, mientras examinaba las mesas de madera gastada y los cojines en el suelo.

—Siempre que puedo. El chef me conoce.

—¿Y qué le dices? ¿“Tráeme lo de siempre”… mientras firmas contratos millonarios en una servilleta? —trató de bromear ella.

Si esa broma me la hubiera hecho otra persona, me habría sentado fatal. Pero viniendo de Gia me hacía hasta gracia.

—Hoy solo firmaré la cuenta.

—Podemos pagar a medias —sugirió ella.

—Te dije que te invitaría a comer, y eso haré.

Nos sentamos en una mesa junto a la ventana. El menú era escueto y sin florituras. Pedí por los dos, sabiendo que a Gia le gustaba la comida con especias, pero no muy picante. Ya la había visto pedir platos tailandeses en el bufete. No me pasaban desapercibidas esas cosas.

Ella me observaba con una mezcla de desconfianza y diversión, como si no terminara de creer que la había invitado a comer sin doble intención.

Qué poco me conocía.

Cuando quería sonsacar información, no invitaba a la gente a comer; allí se distraían demasiado. Los llamaba a mi despacho y los hacía cantar mediante la presión.

—¿Por qué lo dejaste con Jonas? —pregunté, cuando el camarero se retiró.

Gia arqueó una ceja.

—¿En serio? ¿Ese va a ser el tema de conversación?

—Es mejor que hablar del caso Dorian. Bastante sale ya en la televisión.

Y es que Dorian Max, un juez acusado de corrupción, apareció una mañana en mi bufete y contrató nuestros servicios. Por su culpa, la prensa no dejaba de acosarnos. Acorralándonos a la salida del despacho, intentando colarse en el bufete… En fin, un caso que prefería olvidar.

—Tienes razón. El curry es más digestivo que esa basura. Los periodistas ni siquiera disimulan que ya lo han condenado.

No se lo pensó demasiado antes de contestar. Solo hizo una pausa para beber agua.

—Supongo que lo dejé porque… me cansé de fingir que todo estaba bien entre nosotros.

—¿Y él fingía contigo?

—No. Él estaba convencido de que todo estaba bien. Pero ese era parte del problema, ¿no? Yo me deshacía por dentro y él ni se enteraba.

—¿Era malo en la cama? —se me escapó.

—¡Ewan!

Fue la primera vez que me llamaba por mi nombre, y sonó tan sexy que un cosquilleo se extendió por mi bajo vientre.

—Es una pregunta perfectamente razonable.

—No —dijo, frunciendo los labios, algo disgustada—. Es la clase de preguntas que me haces porque eres un chafardero, no porque sea de vital importancia —apostilló—. Jonas no era malo. Solo… predecible. En todos los sentidos.

Asentí, fingiendo comprensión.

—Y tú no soportas lo predecible.

—Digamos que necesito que me sorprendan de vez en cuando. La vida es muy aburrida si siempre haces las mismas cuatro cosas, una y otra vez.

—Anotado. La próxima vez te haré partícipe de un interrogatorio con un cliente acusado de asesinato. Suelen ser… interesantes.

Gia se estremeció.

—¿Me estás tomando nota mental?

—Mental no. Tengo una libreta.

Soltó una carcajada bajita, esa risa que había aprendido a contener en el despacho para no parecer demasiado humana. Pero aquí, fuera del radar del bufete, era otra Gia. Más cálida. Más real. Y jodidamente más peligrosa para mis sentidos.

—¿Y tú? —dijo, girando la copa de agua entre sus dedos—. ¿Siempre investigas a tus empleados?

—No es personal, es que necesito saber a quién estoy manteniendo.

—Me resulta difícil creerte.

—¿Por qué?

—Porque tienes esa manía de mirarme como si estuvieras resolviendo un puzle de mil piezas.

—Solo quinientas. No eres tan complicada.

—¿Eso es un cumplido o una amenaza?

—Un dato. Los hechos no se halagan.

El camarero trajo la comida. El arroz con cúrcuma olía como un orgasmo para el paladar. Gia le dio un bocado a su pollo tikka masala y cerró los ojos unos segundos. Casi me hace soltar el tenedor.

—Madre mía… —murmuró—. Esto está mejor que muchos tíos con los que he salido.

—Y más caliente.

—¿Siempre tienes que convertirlo todo en una frase con doble sentido?

—Solo cuando funciona.

¿Por qué estaba relajándome con ella… y coqueteándole? Gia no era mi tipo. O sí. Físicamente lo era, por supuesto. Menuda preciosidad. Pero su personalidad era lo opuesto a lo que solía atraerme.

Comimos en silencio durante unos minutos. Me permití observarla sin disimulo. Tenía restos de salsa en la comisura izquierda de la boca, pero no se lo dije. Quería ver cuánto tardaba en darse cuenta. No por maldad. Por puro entretenimiento.

Cuando alzó la vista de nuevo, me miró con seriedad.

—¿Puedo hacerte yo una pregunta ahora?

—Depende.

—¿Por qué me estás investigando?

Ahí estaba: el momento clave. Su mirada era directa, sin rodeos. No había rastro de coquetería o broma.

—Es demasiado pronto para hablar de eso.

—¿Demasiado pronto para qué? ¿Para tratarme como a una adulta?

—Para que confíes en lo que voy a decirte.

—Entonces invéntate una excusa buena.

—Lo haré. Pero no hoy.

Ella resopló. Estaba frustrada. Y eso, en Gia, era como dejar una cerilla encendida cerca de una gasolinera. Pero en lugar de incendiar la mesa, bajó la vista al plato y retomó la comida como si le diera igual. Como si no le importase. Y esa fue su forma de castigarme.

—Voy a quedar con Jonas —soltó de pronto—. Mañana.

—¿Tan rápido ha caído?

—Ya ves, soy muy buena convenciendo a la gente —dijo, pagada de sí misma.

—Eres una pésima mentirosa, Gia.

—Y tú un pésimo jefe, pero mira qué bien nos llevamos.

Quise reírme. No lo hice. En cambio, terminé mi arroz y le dediqué una mirada larga.

—Ten cuidado.

—¿Eso es una amenaza?

—Una advertencia. Jonas no es quien crees que es.

—¿Porque crees que me va a hacer daño? ¿O porque crees que voy a descubrir algo que no debo? Además, esa frase es súper cliché. Lo dicen los villanos de buen corazón en las películas cuando se enamoran de la protagonista.

La dejé sin respuesta, a propósito. A veces, el silencio hacía más daño que mil palabras. Lo aprendí en la abogacía y lo aplicaba a todo en la vida.

Gia terminó de comer sin mirarme. Pagamos, salimos a la calle, y cuando le ofrecí el casco para volver al bufete, me lo arrebató sin decir palabra.

Durante el trayecto, noté sus brazos rodeándome la cintura. No era un abrazo. Era un recordatorio: “aún estoy aquí, aunque no te fíes de mí”.

Y joder, cómo me gustaba que me conociera tan bien.