Saga Sin Reglas Capítulo 14
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Capítulo 14

Gia

Gia

Hola, Jonas :)

¿Cómo te va la semana? ¿Mucho caos o sobrevives?

Jonas

Sobreviviendo, como siempre.

Me ha tocado comerme tres noches seguidas de guardia en la clínica.

¿Te puedes creer que anoche un paciente con psicosis me hizo bailar con él… a cambio de no clavarme el bisturí en un ojo?

¿Y tú?

Gia

¿Cómo dices? ¿Te intentaron atacar?

Necesito más detalles de eso, por favor 😭

Yo bien, mucho curro y poco café, que ya sabes que me pone de mal humor…

Jonas

Entonces el mundo está en peligro 😅

¿Sigues siendo adicta al café expresso?

Pues ya sabes… las drogas son malísimas…

Y el paciente ya tenía esquizofrenia. Así que me tocó calmarlo mientras bailábamos y le hacía efecto el sedante.

Gia

Lo sigo siendo, pero últimamente no paro.

Hablando de eso…

¿Te apetece tomarte uno conmigo esta semana?

Prometo no hablar del trabajo (mucho), y no amenazarte con ningún arma blanca.

Jonas

Jajajajaja.

No seas mala…

Venga, va. Me debes uno desde hace muchísimo.

¿Mismo sitio de siempre?

Gia

Hecho. Te aviso para cuadrar día y hora.

Y prepárate para contarme todo lo que te ocurre en las guardias. ¡Voy en serio!

Cuando bloqueé la pantalla, me rasqué los brazos, de pronto notando cierta urticaria. Y es que seguirle el juego a Jonas me provocaba cierta alergia imparable.

No estaba segura de lo que buscaba Ewan, pero si me había pedido el favor a mí, que no me conocía de nada, era porque no le quedaban más opciones y el tema le traía por la calle de la amargura.

Aparté el móvil y me dirigí al salón. Ted estaba en pijama, comiendo patatas y jugando a la consola. Otra vez.

—¿Hoy no sales? —pregunté de manera casual.

Últimamente nuestra relación se había enfriado muchísimo. Ya casi no me dirigía la palabra, como si yo fuera su enemiga número uno. Y eso me dolía tanto.

No sabía cómo enfocar el asunto para que Ted se abriese conmigo y me contase la verdad. La policía podía decir misa, pero algo dentro de mí me gritaba que mi hermano era inocente de todos los cargos, y que alguien lo amenazó para que se inculpara.

—No.

—¿De verdad? —eso me animó de pronto—. ¿Te apetece que pidamos unas pizzas y veamos alguna película de miedo?

—No.

Seguía sin mirarme, sus dedos presionando los botones del mando.

—Es un plan genial. Ya sabes… Pizza barbacoa… extra de queso… —intenté tentarlo.

—Joder, qué pesada.

—Ted, solo quiero pasar tiempo en familia.

—Pues yo no —dijo al mismo tiempo que encogía uno de sus hombros.

—¿Y si vamos al cine?

Pausó la partida y finalmente me miró.

—¿Qué te pasa? ¿No sabes lo que significa cuando alguien te dice que no? —me echó en cara, rabioso—. Todo el mundo se va a reír de mí si me ven saliendo con la tarada de mi hermana por ahí, como si fuéramos amigos.

Sus palabras me hicieron más daño de lo que él se pensaba.

—A mí me importa un pimiento lo que digan los demás, Ted.

—Genial. Porque eres una tarada —insistió—, y te encanta jugar a la familia feliz. Pero a mí no me gusta, así que déjame en paz.

—Es que somos familia, te guste o no. Y la psicóloga ya dijo que t…

—La psicóloga es otra tarada, como tú. ¿Por qué no me dejas en paz? ¿Por qué no te echas un novio que te quite esa cara de amargada?

Joder, Ted jamás me había hablado de esa forma. Como si mi existencia fuera peor que una enfermedad terminal.

En mi pecho se fue formando una bola caliente que amenazaba con hacerme explotar de la peor de las formas. Pestañeé varias veces seguidas, muy convencida de que echarme a llorar delante de mi hermano solo le daría pie a que siguiera gritándome cosas horribles.

Sobrepasada por los acontecimientos, cogí las llaves y salí de casa, sin saber qué hacer.

—¿Gia? —la voz de Harry me sobresaltó. Él apareció de la nada, quizás alertado por los gritos de mi hermano—. ¿Estás bien?

—Sí —mentí. Y un par de lágrimas resbalaron por mis mejillas—. Estoy estupendamente.

Harry chasqueó la lengua y se acercó a abrazarme.

Encerrarme entre sus brazos me ayudó a no volver a casa y decirle a Ted lo desagradecido que era conmigo, dadas las circunstancias.

Pero él era solo un niño. Un niño herido.

Y no me pareció justo echarle sobre los hombros la responsabilidad de ser amable conmigo cuando era obvio que odiaba la situación en la que nos encontrábamos.

—Ya sabes cómo son los adolescentes —me recordó Harry—, un día están felices y al siguiente odian a todo el mundo.

Sorbí por la nariz.

—Ya no se me ocurre qué más hacer. Las últimas dos semanas han sido un infierno.

—Ven, vamos a casa —Harry deslizó la mano por mi cintura y me empujó suavemente hacia su apartamento—. No necesitas más presión ahora mismo.

Como éramos vecinos, y buenos amigos, no me resistí en absoluto y caminé hacia su apartamento con el corazón latiéndome muy rápido.

Las pulsaciones en mis sienes me hicieron comprender que estaba alcanzando el límite de mis fuerzas.

Tarde o temprano, explotaría… y diría cosas de las cuales luego me darían cargos de conciencia.

Amaba a Ted, pero estaba comportándose como un tirano conmigo. Y nadie me ayudaría con él, porque solo nos teníamos el uno al otro. Tanto mis padres con mis abuelos ya no estaban. A Ted solo le quedaba yo en el mundo y aún no sabíamos cómo lidiar con ello sin sentir que nos desmoronábamos.

Si no encontraba una forma de llegar hasta él, de salvarlo, no tendríamos futuro alguno. Y eso me dolía más que todo lo demás.