Saga Sin Reglas Capítulo 13
75%

Capítulo 13

Gia

Ewan era tan buen abogado que no necesitó más de dos horas y media para tumbar las pruebas de la acusación. Y sin despeinarse o perder la compostura.

Verlo en acción, frente a un juez de verdad, de los que lanzaban miradas furibundas y exigían orden en la sala, aceleró mi pulso en varias ocasiones.

Aquello no se asemejaba nada a lo que mi mente dibujaba en mis ratos libres, cuando algún cliente alababa al señor Langley, en el bufete, durante alguna reunión importante.

Que no entendiera nada sobre leyes no me dificultó comprender el juicio. Hasta me entretuvo en algún momento, cuando los testigos se desmoronaban, uno detrás de otro, ante el implacable interrogatorio de Ewan.

Además, se veía mucho más sexy bajo las luces fluorescentes de la sala donde se celebraba el juicio.

Su nariz era grande, al igual que sus manos, y su mentón salpicado de una barba perfectamente recortada lo hacía parecer más diabólico de lo que era. Se movía con elegancia y contundencia, como si supiera que todo el mundo se arrodillaría frente a él y haría exactamente lo que él ordenase.

Y ya fuese porque llevaba muchísimo tiempo sin echar un polvo, porque aún conservaba los ojos y el buen gusto en cuanto a hombres, o porque Ewan era más atractivo de lo que en un principio pensé… no dejé pasar la oportunidad de sentirme acalorada por su presencia.

Como un sol radiante de verano que subía la temperatura y me hacía vibrar desde dentro.

Miré a Ewan con asombro, porque en aquella sala nadie se atrevía ni a carraspear sin que el juez lo fulminase con la mirada.

Pero si yo hubiera tenido un cartel luminoso encima de la cabeza que dijese “me estoy mojando de lo bien que lo estás haciendo, Ewan Langley”, habría brillado con luces de neón y me habría expuesto delante de todos.

Menos mal que los superpoderes solo existían en la ficción.

Terminado el juicio, recogió sus papeles con la misma eficiencia con la que los había repartido sobre la mesa al llegar. Ni un gesto de más. Ni una palabra innecesaria. Tan limpio, tan eficaz, tan... absolutamente irritante.

Como en el bufete, en realidad. Al parecer, su personalidad no cambia demasiado dentro o fuera de su despacho.

Y, aun así, lo seguí con una expresión de puro asombro hacia el pasillo abarrotado de personas.

—¿Has tomado notas? —preguntó sin mirarme, mientras avanzaba por el pasillo del juzgado—. ¿O te has pasado todo el juicio mirando el móvil?

—Sí —mentí. Había garabateado corazones en el margen de mi agenda mientras meditaba sobre lo muchísimo que la gente respetaba a mi jefe—, las he tomado.

—¿Y?

—Y creo que ha sido una masacre jurídica. Por si lo dudas, es un halago.

Ewan se giró apenas, con una ceja arqueada y media sonrisa que no llegó a sus ojos. Parecía un villano de novela victoriana. Uno de esos que se sentaban con las piernas cruzadas y el alma podrida a ver cómo sus esposas perdían la juventud y las ganas de vivir.

—No necesito halagos.

—Perfecto, porque no tengo más —traté de bromear.

Lo cierto es que tenía. Muchos más. Algunos de índole sexual, otros de puro asombro profesional. Pero me los tragué. Tenía suficiente con lo que me costaba caminar al mismo ritmo que él sin parecer una colegiala emocionada por su primer flechazo de instituto.

Llegamos al coche sin decir mucho más. Él se metió en el asiento del conductor y yo, sin preguntar, me senté al lado. Aquella era otra de sus manías: conducir él, aunque fuera el coche del bufete. No soportaba ser copiloto. Ni en la vida, ni en la carretera.

Menos mal que este día se había dignado a venir en coche y no en moto, porque me aterraban profundamente… aunque le hubiese dicho lo contrario la otra tarde.

—¿Qué nota te pondrías? —le pregunté, abrochándome el cinturón.

—¿Qué?

—Como abogado —especifiqué, intrigada—. Si fueras tu propio cliente… ¿cómo te calificarías? Del uno al diez.

Ewan arrancó con una sacudida que casi me dejó el cuello descolocado. Su sonrisa apareció por fin, ladeada, como si no supiera muy bien qué hacer con ella.

—Un nueve.

—¿Y el punto que falta?

—Lo reservo para cuando alguien consiga ganarme.

La seguridad con la que lo dijo no me sorprendió. Era la misma con la que hablaba cuando te decía que habías olvidado una coma en un informe, o que su café estaba demasiado amargo. Su seguridad era como un abrigo en invierno: le cubría todo y le daba calor, incluso cuando no lo necesitaba.

—¿Nunca has perdido un caso?

—No.

—¿Nunca? —la sorpresa debió reflejarse en mi cara también.

—No en mi especialidad.

—Vaya.

Silencio. Un silencio incómodo para mí. Cómodo para él.Yo jugueteé con mi móvil, él conducía como si la carretera le perteneciese.

—¿Quieres parar a tomar algo? —preguntó de repente, sin mirarme.

Levanté la cabeza, parpadeando.

¿Era una prueba? ¿Una trampa? ¿Una broma?

—¿Ahora?

—Sí. Café. Tú tienes esa cara que pones cuando estás a punto de desmayarte.

—Es mi cara normal. No tengo otra.

—Precisamente.

Gruñí en voz baja, pero no dije que no.

Ewan giró en la siguiente esquina y aparcó frente a una cafetería que tenía pinta de no haber cambiado ni la carta desde 1996.

Entramos y él escogió la mesa más alejada de todo y de todos. Yo me dejé caer en la silla de enfrente y me estiré el cuello del blazer. Hacía calor. O eso, o mis hormonas habían decidido que era buen momento para hacer estiramientos.

—¿Lo haces a propósito? —le pregunté mientras hojeaba la carta.

—¿El qué?

—Esa forma tuya de mirar como si fueras a descuartizar a alguien con palabras.

—No sé de qué hablas.

Mentiroso.

Hasta la camarera había retrocedido medio paso cuando él le pidió el café.

—La mitad del bufete cree que eres un sociópata.

—La mitad del bufete es mediocre.

—¿Y la otra mitad?

—La otra mitad me respeta. Con eso me basta.

Le sostuve la mirada, no porque fuera valiente, sino porque me cabreaba que tuviera razón. No era justo que alguien tan insufrible fuera tan eficiente. Ni que alguien tan frío me hiciera hervir la sangre con solo decir “ponme un cortado, por favor”.

—¿Y tú? —preguntó, de repente.

—¿Yo qué?

—¿Tú en qué mitad estás?

—En la que aún no ha decidido si quiere lanzarte un café a la cara o besarte para que te calles.

No sé por qué lo dije. Me salió del alma, como buena bocazas. Se me escurrió de la lengua como una confesión absurda, empujada por el cansancio, el estrés y esa comodidad que me invadía ahora que por fin conocía mejor al hombre que tenía sentado frente a mí.

Ewan no respondió al instante. Se limitó a apoyar los codos sobre la mesa y entrelazar los dedos.

—Espero que no elijas la primera opción —dijo al fin—. El café mancha.

Sonreí. No pude evitarlo.

Él también sonrió. Un poco. Lo justo para que la sangre se me espesara de golpe y me olvidase por completo de todo. Hasta de que él pagaba mi sueldo y no era mi amigo, precisamente.

—¿Siempre eres así? —pregunté, removiendo el café con una cucharilla diminuta.

—¿Así cómo?

—Arrogante. Frío. No sé… Como si te desagradara la mayor parte de la gente que te rodea.

Ewan ladeó la cabeza, como si estuviera valorando la pregunta con la atención que uno le da a una mosca que insiste en revolotear cerca del oído a pesar de espantarla una y otra vez.

—No con todo el mundo.

—Ah. Entonces soy especial.

—Todavía no lo he decidido.

Tragué saliva. Me ardía la nuca, el pecho, el estómago.

Ese tipo tenía la habilidad de encenderme las entrañas sin levantar la voz ni una sola vez.

Bastaba con su forma de mirarme: ese examen constante, como si me estuviera evaluando cada palabra, cada expresión facial, cada pestañeo.

Y quizá lo estaba haciendo. Era Ewan Langley. Vivía para juzgar.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer para caer en tu lado amable?

—¿Quieres caerme bien?

—No. Pero quiero entender por qué tienes esa obsesión con tener siempre el control. Incluso aquí, en una cafetería de barrio, pareces el dueño del edificio.

Ewan apoyó los antebrazos sobre la mesa, muy despacio. Sus manos eran grandes, fuertes, de esas que una imagina sujetándola del cuello o contra la pared sin demasiado esfuerzo.

Lo pensé, claro. Porque mi cabeza era un hervidero de fantasías absurdas desde que lo había visto abrirse paso en la sala del juzgado como si fuera la reencarnación legal del diablo. Y porque la falta de sexo era malísima.

Pero, sobre todo, porque Ewan era muy atractivo. Y existía cierto erotismo en dejarse seducir por tu propio jefe.

—El control me da paz —dijo finalmente.

Sonó a doble sentido y tuve que apretar los muslos debajo de la mesa.

—¿Y la gente?

—La gente me da dolor de cabeza.

Casi me reí.

—Gracias, ¿eh? Qué gusto trabajar contigo —traté de sonar burlona, casual, pero un poquito de rabia sí que me dio.

—Tú no eres como la mayoría, Gia.

—¿Eso es un cumplido o una amenaza?

Una comisura de su boca se curvó en lo que casi fue una sonrisa. No era amable. Era peligrosa. Una advertencia disfrazada de gesto simpático.

—Una advertencia.

—¿Y de qué tengo que protegerme, Ewan? ¿De ti?, ¿de un posible despido?

Silencio.

Un sorbo de café. Y esa maldita forma suya de observar sin pestañear.

—De ti misma —contestó al fin, sin rastro de ironía.

Me quedé quieta. Por un segundo, toda la acidez de mis pensamientos se esfumó.

¿A qué coño se refería? ¿A mis ganas constantes de llevarle la contraria? ¿A mis impulsos estúpidos de imaginarlo sin camisa en la sala de reuniones? ¿A mis ganas de sentirme más que su becaria con nombre olvidable?

Él jamás averiguaría eso, ¿verdad? Solo era bueno cazando mentiras en los juzgados, no fantasías ajenas.

Bebí un poco de café en un intento por calmar mi pulso y no decir cualquier tontería.

—¿Eso qué significa?

—Significa que eres lista. Pero también impulsiva. Y yo no soy el tipo de jefe con el que una puede permitirse actuar con el corazón.

—Menos mal. Porque si fuera por el corazón, te habría estrangulado hace días.

—Y si fuera por la cabeza, ya te habría despedido.

Chocamos las miradas. No había rabia. No había ira.

Solo ese punto exacto entre el odio funcional y la atracción prohibida.

El tipo de tensión que no se resuelve con una disculpa, sino con una mano metida bajo la camisa del otro, y el botón de un pantalón rodando por el suelo de una oficina cerrada.

Pero no estábamos ahí. Aún no. Ahora solo éramos dos personas que tomaban café, conteniéndose. Calculando. Midiendo. Jugando.

—Bueno, jefe —dije, dejando la cucharilla en el platito—, si no tienes ninguna reprimenda más por hoy, ¿puedo volver a mi escritorio sin sentir que me estás apuntando con un láser invisible en la nuca?

—Puedes. Pero no te relajes.

—Jamás.

—Bien —Ewan se limpió la comisura de los labios con la servilleta—. Recuerda que me debes una comida.

—Cuando quieras.

Me levanté sin prisa. Él también.Salimos de la cafetería sin despedirnos. Como si el mundo nos debiera otra escena mejor, más cruda, más intensa. Una que estaba por venir. Lo sabía.

Y, lo peor de todo, la deseaba.