Saga Sin Reglas Capítulo 12
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Capítulo 12

Ewan

Una maldición salió de mi boca al comprobar que me había dejado todos los informes sobre la defensa del caso de esa mañana en mi despacho.

Y es que el día anterior salí a toda prisa del bufete porque el detective tenía información valiosa que darme acerca del director de la Clínica Anderson, y no había nada más en mi cabeza que averiguar de qué se trataba.

Todavía quedaba una hora para que el juicio comenzara, pero no me daba tiempo a ir y volver a la oficina.

Me pasé al menos diez minutos intentando decidir si aplazar el juicio en el último momento —el juez me debía un par de favores— o arriesgarme a llegar tarde.

No seas imbécil. Llama a alguien para que te los traiga, pensé, deteniéndome frente a la enorme cristalera que daba al patio interior de los juzgados. Diminutas piedras cubrían el suelo, y flores de plásticos se mecían por la suave brisa que conseguía filtrarse.

Sin perder ni un minuto, llamé a Gia.

Ella era la única que podía ausentarse del bufete sin causar problemas.

—¿Señor Langley?

—Gia, tengo un problema. Me he dejado los informes de la defensa sobre el escritorio. Es importante que me los traigas ya.

—Pero, señor…

—Ya —repetí—. Te pagaré un extra a final de mes —prometí con los dientes apretados—, pero tienes que traerlos a los juzgados de inmediato.

Guardó silencio unos segundos, y enseguida escuché cómo deslizaba la silla y el sonido de sus tacones sobre la moqueta repiqueteaban al otro lado de la línea.

—De acuerdo. No tardaré, señor Langley.

Ni siquiera me despedí de ella.

Nada más colgar, apoyé el antebrazo sobre la cristalera, maldiciéndome una y otra vez.

Kenji y Gena llevaban razón en una cosa: la venganza contra la Clínica Anderson me estaba consumiendo de tal manera que empezaba a descuidar todo lo que me importaba. Hasta mi trabajo.

Casi cuarenta minutos después, Gia todavía no había aparecido por los juzgados.

Mis ojos se desviaban una y otra vez hacia el reloj de mi muñeca, sin paciencia alguna. Si no llegaba en cinco minutos, el juicio sería un desastre. Y mi cliente me había pagado una cantidad indecente de dinero con tal de conseguir una absolución.

Acusado por negligencia médica, se enfrentaba a seis años de prisión y una multa de cien mil libras si perdíamos. Si lo declaraban inocente, solo tendría que pagar las costas a la acusación.

En los últimos meses me había preparado muy bien la defensa de mi cliente. Estaba casi seguro de que conseguiríamos que el juez lo declarase inocente. Él no había hecho nada malo, y las pruebas lo demostrarían. Pero sin los informes, toda mi estrategia no serviría de nada.

Estaba a punto de llamar a Gia de nuevo… cuando la vi aparecer en los juzgados con las mejillas arreboladas, el pelo revuelto y el bolso colgando de su codo derecho. Cuando nuestras miradas conectaron, sonrió e hizo el símbolo de la victoria con dos dedos.

—¡Siento haber tardado tanto! El taxi que me trajo hasta aquí pinchó a mitad de camino y tuvo que llamar a un compañero para que me recogiese, pero había mucho tráfico y… —cogió aire—. Lo siento. ¿Aún no ha empezado el juicio?

—En diez minutos —le quité la carpeta de las manos. Ella continuó mirándome, intrigada—. Gracias, Gia.

Su sonrisa se hizo más amplia… y también más cercana.

—De nada. Si necesitas algo más…

Enviarla de vuelta al bufete después de la carrera que se había pegado me pareció de lo más frívolo y desagradecido. Gia no se merecía que la despachara sin más.

—Quédate. El juicio terminará a la hora de la comida. Te invitaré a comer.

—Oh, no es necesario. Yo… puedo volver… Ya sabes, tengo mucho trabajo.

—Despejaste la semana entera. Y todo lo demás puede esperar.

Gia aún parecía dudar.

—De acuerdo. Le esperaré aquí.

—Te permiten entrar. Al juicio —aclaré rápidamente—. Si es que quieres verlo.

—Oh, sí. Claro nunca he estado en uno, y… Tal vez me venga bien saber lo que espera.

Su mirada se ensombreció por completo. Pensaba en su hermano y en la situación tan delicada en la que se hallaba envuelto. Tendría que preguntarle más al respecto durante la comida.

La invité a pasar conmigo y mi cliente, y señalé uno de los bancos de la defensa. Casi no había nadie allí sentado. Mi cliente era un hombre bastante solitario.

—¿Lista? —pregunté.

Gia encogió un hombro y se sentó en el primer banquillo.

—Supongo que esto es mejor que Ally McBeal —su broma vino acompañada de una risita por su parte—. Buena suerte, señor Langley.

—Llámame Ewan —fue todo lo que dije.

No supe por qué le exigí algo así, y tampoco me molesté en averiguarlo, pero me sentía incómodo ante su insistencia por tratarme como si fuera una eminencia.

Dado que nos tocaba trabajar codo con codo en mi investigación de la Clínica Anderson, estrechar lazos no sonaba tan demencial. Eso nos facilitaría mucho las cosas.

Agarré con fuerza el informe y me senté en la mesa de la defensa, junto a mi cliente.

Mientras defendía al cirujano de todas las acusaciones que se vertían sobre él, no dejé de sentir los ojos de Gia, cálidos como un sol de verano, fijos en mí.

Y por alguna extraña razón, eso me hizo sentir más tranquilo y enérgico que de costumbre.

Como si su presencia allí fuera un amuleto de la suerte.