Saga Sin Reglas Capítulo 10
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Capítulo 10

Gia

—¿Por qué has aceptado? Eso huele a locura total.

Con la cadera apoyada sobre la encimera, me quedé mirando el tazón de fruta que pensaba cenar esa noche y medité sobre la pregunta que me hacía Ada.

¿Por qué había aceptado la propuesta indecente de Ewan? Fácil: me sentía arrinconada, pero también vi luz al final del túnel. Si él ayudaba a mi hermano, existían muchísimas posibilidades de que la verdad saliera a la luz y fuera absuelto de todos los cargos.

Me había pasado días y días buscando abogados decentes —incluso si me llevaban a la bancarrota con sus honorarios— con la esperanza de salvar el futuro de Ted, y, cuando Ewan me preguntó qué quería a cambio de ejercer un papel de agente infiltrado con mi ex, no lo dudé y se lo pedí.

Porque Ewan Langley era uno de los mejores abogados del mundo.

Y no es que Max Ward, el marido de mi mejor amiga, no lo fuese.

Pero ellos estaban en Nueva York, disfrutando de la luna de miel que no se pudieron permitir debido al nacimiento de su bebé, y no quería molestarlos.

Me sentiría muy culpable. Aunque me habría aferrado a Max de ser mi última esperanza.

Pero Ewan estaba junto a mí. Trabajaba para él. Y encima estábamos haciéndonos un favor mutuo.

—Él se ofreció y acepté. Ewan lo tiene muy fácil para sacar a mi hermano de este lío —fue lo que respondí, y robé un arándano del bol para llevármelo a la boca—. Me necesita.

—Es muy raro todo. ¿Y si es una excusa para aprovecharse de ti?

—¿Por qué querría hacer eso? —fruncí el ceño.

Ewan jamás se fijaría en mí.

—Porque está aprovechándose de su posición para empujarte a hacer algo malo. Manipular y mentir a tu expareja no es lo habitual. Jonas no se merece que lo usen de esta manera.

—¿Hace falta que te recuerde cómo se comportó conmigo?

Ada resopló al otro lado de la línea.

—Si te quieres vengar de él, genial. Te apoyo con eso. Pero considero que deberías mentirle y sonsacarle información porque tú quieres y no porque te lo exige tu jefe.

—Una venganza es una venganza.

—Eso dice siempre Serena, la novia del mejor amigo Cayden —se rio Ada—. Quizás el problema lo tengo yo, que no me gusta cómo suena todo esto.

—Me estás aconsejando porque me quieres.

—Sí. Y porque Ewan Langley me da mala espina.

No la culpaba en absoluto. Su historial no era demasiado bueno, si nos referíamos a las personas que trabajaban para él. No conocía a nadie que hubiese despedido a setenta y tres secretarias en un lapso de diez años. Estaba segura de que Ewan batió un récord mundial.

Mordisqueé un trozo de fresa y torcí el gesto.

No había pensado con claridad nada de esto antes de aceptar. Cualquiera en mi situación se lo habría pensado dos veces. Pero mi desesperación abarcaba tanto espacio dentro de mi pecho que cualquier precio que me exigieran pagar a cambio de salvar a Ted de la cárcel me parecía asequible.

Además, Jonas fue un cretino. No me provocaría tanta pena mentirle.

—Tranquila, Ada. Sé cuidarme.

Siempre lo había hecho, y eso no cambiaría.

Ewan Langley no conseguiría poner patas arriba mi vida solo porque buscaba respuestas en una persona que formaba parte de mi pasado.

—¿Y cómo planeas acertarte a Jonas?

Buena pregunta.

Terminamos tan mal que sería un milagro si se detenía más de un minuto a mirarme a la cara. Pero, por otro lado, Jonas pecaba de ser un presumido y no dudaría en rendirse si pensaba que yo lo echaba de menos o quería volver con él.

—Escribiéndole —cogí un trozo de piña y mastiqué despacio. La ansiedad llevaba toda la tarde consumiéndome, y la fruta me ayudaba a pegarme el atracón sin sentirme culpable luego—, y rezando para que no me bloquee.

—Esto es una locura —suspiró Ada—. Si sale mal…

—No tiene por qué saber que es una trampa. Jonas tampoco era muy listo.

La carcajada de Ada me hizo sentir mejor. Con más energía.

—Touché. ¿Está Harry de acuerdo con lo que vas a hacer?

—No.

—Lo suponía.

—Estoy volviéndome loca, ¿verdad?

—Un poquito —dijo Ada—. Nada fuera de lo normal.

—Estoy cansada de ser una fracasada con treinta y cinco años —admití en voz baja—. Por una vez, me gustaría que todo fuera bien. Que la suerte estuviera de mi lado.

De pronto se me pasó el hambre. Pensar en mi situación personal, sentimental y laboral me deprimía muchísimo. La psicóloga ni siquiera conseguía hacerme sentir mejor. Porque… ¿cómo le decías a alguien de mi edad que todo mejoraría, si llevaba más de siete años seguidos estancada en el mismo lugar?

A la gente le ocurrían cosas geniales: se casaban, encontraban el amor de su vida, formaban una familia, trabajaban en una empresa genial, gozaban de una vida social buenísima o simplemente se amaban tanto que todo lo demás les daba igual. ¿En mi caso? Solo problemas y quebraderos de cabeza.

—No eres una fracasada. Es que hay gente a la que la vida se lo pone más difícil.

—Pues estaría bien que la vida cambie de objetivo. Ya estoy cansada de ser la guerrera de Dios —resoplé, y me senté finalmente en el taburete junto a la mesa donde solíamos comer Ted y yo—. ¿Qué tal si me toca la lotería? ¿O si aparece mi príncipe azul?

—Estoy segura de que alguien sabrá amarte sin condicionarte. Solo tienes que buscar en el sitio adecuado.

—A estas alturas de la vida, creo que me vendría mejor el dinero —dije muy seria, pero Ada se rio al otro lado de la línea—. ¿Echas de menos a tu bebé?

—Muchísimo. Pero pronto estaremos en Londres de nuevo. Solo son dos semanas.

—Apuesto a que te pasas el día haciéndole videollamada a tu cuñada, para saber si está bien.

—La verdad es que está a punto de bloquearme.

Sonreí al imaginar la situación. La cuñada de Ada, Maddison, era un amor de persona. Muy divertida, leal y fuerte. La clase de mujer que peleaba con uñas y dientes por conseguir lo que quería sin temer las consecuencias.

A veces la admiraba muchísimo.

—Ya queda menos.

—Pues sí. ¿Vas a estar bien?

—Seguro que sí. Ahora soy un agente secreto con una misión —repuse con algo de burla—, y mi jefe es 007. Con licencia para despedir.

Ada y yo nos reímos, y la ansiedad me dio algo de cuartel.

A veces solo necesitaba tomarme la vida con algo de humor y seguir adelante. Y eso es justo lo que hice esa tarde.