Saga Sin Reglas Capítulo 9
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Capítulo 9

Ewan

Durante dos semanas, Gia se comportó de manera ejemplar. Gracias a ella, mi agenda funcionaba mejor que nunca y los clientes llegaban a su hora. Nunca más tarde de la cita acordada.

No volvió a confundir los informes, mantenía su mesa ordenada, no me molestaba si no era estrictamente necesario y siempre me recibía con una taza de mi café favorito, listo para empezar el día.

Eso me ayudó a compaginar mi vida como abogado con la investigación que me traía entre manos.

Gena y Kenji consiguieron desmontar la lista de clientes de la Clínica Anderson en tiempo récord, y nos quedamos con dieciséis familias afectadas y un puñado de empleados que formaron parte el equipo médico que trabajó por aquella época.

Tres de ellos estaban fuera de Inglaterra, así que no podríamos tener una conversación a menos que alguno de nosotros decidiera tomar un avión y presentarse en su casa. Lo cual llamaría demasiado la atención.

Los dos últimos, enfermeros, aún estaban en Londres. Y uno de ellos ya había tenido problemas en otro hospital por robar material médico y venderlo de contrabando.

Mis esperanzas estaban puestas en ellos dos: Laura Jones y Jonas Sinclair.

Con las fichas de ambos abiertas sobre mi escritorio, me dediqué parte de la mañana a buscar información adicional sobre ambos.

Pero en internet solo encontré fotos de la boda de Laura, también de ella con su perro, y las noticias de Jonas siendo un ladrón.

La policía no lo detuvo, así que ahora trabajaba en otra clínica privada de cirugía estética.

Laura no tenía pinta de ser una ladrona ni una enfermera corrupta.

Donaba mucho dinero a los refugios de animales.

Todo su Facebook estaba lleno de animales que buscaban adopción y de recaudaciones de fondos.

Mientras que Jonas Sinclair era más discreto.

No tenía redes sociales y solo había un par de fotos de él. Antiguas.

Esto iba a ser duro.

Kenji llamó a mi despacho un rato después y nos fuimos a comer juntos. Le conté todo lo que había recopilado el detective privado sobre la plantilla de la Clínica Anderson durante los años en los que ocurrió el desastre.

Como siempre, Kenji era mucho más positivo que yo. A diferencia de mí, él sí creía que conseguiríamos dar con un hilo del que tirar. Algo o alguien que nos permitiera conocer todo lo que ocurrió en esa clínica mientras decenas de familia sufrían las consecuencias.

Al volver a mi despacho, me encontré a Gia en su mesa, comiéndose en sándwich mientras tecleaba rápidamente sobre su ordenador.

—¿Escribiendo una novela erótica en horario de trabajo? —fue mi saludo.

Ni siquiera sé por qué le dije eso.

Ella alzó la cabeza y se mordió el labio inferior.

—Señor Langley, hola. ¿Necesita algo?

—No. ¿Qué hace?

—Oh —se ruborizó todavía más—, escribía un email.

—¿Por eso no has ido a comer fuera?

—Es que es urgente, señor. Pero puedo dejarlo para más tarde si necesita mi ayuda para algo —se ofreció.

Qué interesante. Ella jamás se quedaba en la oficina, y mucho menos sola. No hablaba con nadie, pero tampoco parecía necesitarlo.

Y que estuviera sonrojada me hacía pensar que no estaba haciendo algo dentro del marco legal.

—Espero que no estés amenazando a alguien desde mi bufete, señorita Montgomery.

—¿Qué? No, no, no. —Se apresuró a apartar las manos del teclado—. Es algo personal, señor Langley.

—¿Diciéndole a su marido que lo extraña?

A ella se le escapó una risita.

—No estoy casada. Ni tengo pareja.

Bien. Eso me gustó. Por extraño que fuera.

—Me prometió que aquellas fotos e invitaciones no eran suyas.

—Y no lo eran. De verdad, señor Langley, solo estoy enviando un email a un abogado para… para que me asesore.

Enarqué una ceja, bastante intrigado de pronto.

—¿Te has metido en algún lío?

—Un familiar. Y… eh… Necesito a alguien que pueda llevar su caso.

—Trabajas en un bufete de abogados.

—No quiero mezclar lo profesional con lo personal. Y tampoco pretendía pedir su ayuda y que pareciera que me aprovecho para obtener un descuento o algo así —se apresuró a explicar.

—Bien. De acuerdo. Si puedes traerme un café, se lo agradecería.

—Claro. Enseguida se lo llevo.

Me encerré en mi despacho, preguntándome qué demonios le había pasado a Gia para estar tan preocupada y volcada en ayudar a su familia. Debía tratarse de un caso delicado, o no se quedaría en horario de descanso en la oficina.

Ella volvió a los quince minutos con un vaso de cartón de café. A estas alturas ya conocía a la perfección cómo lo tomaba. Se acercó a mi mesa y, tras fijarse en las carpetas abiertas sobre mi mesa —se me olvidó cerrarlas antes—, pegó un grito y se le cayó el vaso de las manos.

Todo el café terminó sobre mi escritorio y el suelo. Solté una maldición. Tendría que llamar al servicio de limpieza para que sacara la maldita mancha de mi moqueta esa misma tarde.

—Ay, lo siento —se disculpó ella rápidamente—. Lo siento, lo siento…

—¿Qué diablos te ocurre? —gruñí, levantándome para ir a buscar pañuelos de papel—. Siempre que vienes a mi despacho, ocurre algo.

—Lo lamento, señor Langley. Es que no esperaba… Ver… Verle a él… —Parpadeó varias veces seguidas, como si saliera de un trance—. Ahora mismo lo limpio.

Aun y con todo, sus ojos seguían sobre las fotos que había sobre mi escritorio. Parecía desubicada y asustada a partes iguales.

—¿Le conoces?

Gia dirigió sus ojos dorados hacia mí y me miró con tal intensidad que parecía el mismísimo sol.

—Es mi ex —murmuró—. Por eso… Yo… Lo siento, señor Langley. Me asusté al ver su foto.

Sus disculpas me importaban un comino.

—¿Qué has dicho?

—Que lo sient…

—No, lo otro. ¿Jonas Sinclair es tu ex? —la vi asentir con la cabeza—. ¿Hace mucho que rompisteis?

—Un par de años, más o menos. ¿Se ha metido en un lío?

Ignoré su pregunta.

—¿Salías con él cuando trabajaba en la Clínica Anderson?

—Ah, sí. Fue cuando nos conocimos, más o menos. Le hacían trabajar muchísimo. Luego lo despidieron sin explicarle por qué.

—En su currículum pone que se fue por propia voluntad.

Me había leído esos malditos papeles hasta la saciedad y sabía perfectamente que Jonas renunció el cargo justo dos meses antes de que la clínica cerrase sus puertas.

—Oh —Gia bizqueó, un poco desorientada—. Supongo que me mintió.

Algo se encendió dentro de mi cabeza; una luz muy brillante que parpadeaba, indicándome la salida a aquella encrucijada en la que llevaba toda la mañana atrapado.

Si Gia era la exnovia de Jonas Sinclair, tal vez ella sería capaz de conseguir información valiosa para mi investigación. Un hombre nunca desconfiaría de su expareja.

Con las manos temblándome y totalmente excitado ante la idea de conseguir respuestas por parte de aquel imbécil, cogí la carpeta, olvidándome por completo de las manchas de café que ya se enfriaban sobre mi mesa, y se la entregué a Gia.

—¿Aún tienes contacto con él?

—No —sacudió la cabeza—. Dejamos de hablar hace mucho.

—Si volvieras a retomar el contacto con él… ¿conseguirías que te respondiera a algunas preguntas?

—Depende, señor —frunció el ceño de pronto—. ¿Qué ha hecho?

De pronto me vi a mí mismo en mitad del camino, observando las dos posibles opciones que tenía por delante.

Si elegía no contarle nada a Gia, ella no me ayudaría con mi investigación.

Y estaría privándome de mucha información valiosa.

Pero, si le contaba lo que pasó en la Clínica Anderson, no solo la haría cómplice, sino parte de mi equipo.

Y ella era mi secretaria.

Una desconocida.

Y yo no confiaba en los desconocidos.

Pero si no aprovechaba la oportunidad, tal vez nunca obtendría las respuestas necesarias, y Jonas, al igual que todos los que trabajaron en la clínica, seguirían sin pagar las consecuencias de sus malas decisiones.

—Voy a hacerte una propuesta indecente, Gia —la tuteé como si fuéramos colegas o vecinos—. Así que siéntate y escúchame bien, porque esto es importante.

Gia no obedeció de inmediato. Se quedó mirándome, a la espera de que me echase a reír o la mandase al infierno, pero como eso no ocurrió, finalmente se movió y se sentó en el pequeño sofá.

—Necesito que retomes el contacto con tu ex.

Es importante que confíe en ti, porque él tiene información muy valiosa para un caso en el que estoy trabajando y tú debes obtenerla a como dé lugar.

—Hice una pausa para comprobar que me prestaba toda su atención—.

Cuando trabajaba en la Clínica Anderson, él fue cómplice de varias…

irregularidades que se llevaron a cabo. Estafas que el dueño y sus socios orquestaron con la intención de aprovecharse de familias desesperadas que pagaron por un tratamiento experimental que nunca existió.

—Pero eso es… imposible. Jonas no…

—Todo el personal estaba al tanto. Pero no todos participaron. Necesito averiguar qué sabe Jonas Sinclair y si estaría dispuesto a colaborar con nosotros.

—¿Y cómo voy a sonsacarle esa información? Suena muy raro si de pronto le hablo y mi primer tema de conversación es lo que pasó en esa clínica.

—Tendrás que ser lista, entonces. Y no dudo en que lo conseguirás. Él ya te conoce. Si finges que eres su amiga, o que aún sientes algo por él, te lo dirá.

Los hombres éramos predecibles en muchos aspectos. Y apostaba todo mi dinero a que Jonas Sinclair se sentiría poderoso al ver que una ex llamaba a su puerta con la idea de conquistarlo nuevamente.

Si Gia conseguía ganarse su confianza, no dudaría en contarle todo lo que sabía sobre la Clínica Anderson y lo que allí se cocinó durante unos años. Jonas tenía pinta de ser un presumido de los cojones.

—¿Y por qué me pides todo esto a mí? —preguntó Gia—. Solo soy tu secretaria.

—Porque tú le conoces. Si alguien de mi equipo va a preguntarle, se hará el loco o hará saltar las alarmas.

Escucha, Gia —le pedí, y me acerqué a ella—: esta investigación es muy importante.

Si algo sale mal, los malos ganarán. Y necesito que se haga justicia.

Te… necesito —dije al fin, y soné tan desesperado que me di rabia—.

Necesito tu ayuda. No es casualidad que seas mi secretaria y la ex novia de ese impresentable. Pareces la llave que abre este caso.

—¿Y si sospecha de mí? Sabrá que trabajo para ti.

—Nadie sabe que estoy trabajando en esta investigación. Solo mi equipo… y tú.

Gia frunció el ceño.

—Estás poniendo sobre mis hombros todo el peso sobre algo que no he pedido, y de lo que no sé nada.

—¿Qué quieres a cambio? —sugerí. Ni de broma iba a perder la oportunidad de usarla, por feo que sonara—. ¿Qué puedo ofrecerte a cambio de que hagas esto por mí?

Pensé que me exigiría una cantidad indecente de dinero. Todo el mundo soñaba con nadar en billetes. Pero Gia no dijo nada al principio. Sus ojos dorados se deslizaron mi rostro hasta mi corbata, y luego suspiró.

—¿Defenderías a alguien que ha sido acusado de robar en tres joyerías diferentes? Es menor edad aún.

Joder. Esperaba cualquier cosa menos eso.

Entonces recordé aquella tarde en la que Gia discutía con un adolescente frente a la puerta de su casa, y até todos los cabos.

—Tu hijo necesita ayuda.

—¿Mi… qué? —se le escapó una carcajada que reprimió casi al instante—.

Oh, no. Ted no es mi hijo. Es mi hermano.

Soy… su tutora legal. Él ha sido acusado de robar unas joyerías por las noches, pero tengo la impresión de que es inocente y se está echando las culpas por algo.

Pinta muy feo, y… No quiero que entre en un centro de menores y luego en prisión por algo que no ha hecho.

—¿Cómo estás tan segura de que es inocente?

—Porque es mi hermano —dijo, como si eso lo explicara todo.

La tristeza y la desesperación salían de ella a raudales, y no solo a través de sus ojos de cervatillo, sino también en el tono de su voz. En la postura que mantenía.

Jamás defendía a clientes que no me reportasen prestigio y dinero. Por algo mi bufete era tan conocido, así como aclamado por la prensa. Pero si el precio de Gia era defender a un adolescente por un delito de hurto, lo pagaría con gusto.

Eso no era nada comparado con lo que yo le estaba exigiendo a ella.

—De acuerdo. Defenderé a tu hermano.

Tanto su barbilla como sus manos temblaron al mismo tiempo. Gia parecía a punto de echarse a llorar. Agradecí que no lo hiciera, pues nunca supe cómo consolar a los demás.

—¿Lo dices… en serio?

—Sí. Si tú me ayudas, yo te ayudaré.

Gia se levantó del sofá y me ofreció su mano.

—Entonces acepto. Conseguiré que Jonas me cuente todo lo que sepa. Pero deberás ponerme un poco al día. No sé… qué tengo que preguntarle.

—Gánate su confianza primero, y si consigues que crea en ti y se relaje, te hablaré del caso.

No podía arriesgarme a que se fuera de la lengua o, peor aún, que no consiguiera nada con su ex y se quedara la información escondida en un cajón. Eso le daría ventaja en mi empresa.

—Vale.

Cuando apreté su mano, me sorprendió lo pequeña, suave y cálida que era. Un escalofrío se deslizó por mi espina dorsal. Gia tembló un poco.

Acabábamos de cerrar un trato que nos unía como aliados. Y estaba total y absolutamente seguro de que no saldríamos bien parados de esto.