Capítulo 7
Ewan
Cuando llegó la hora de cerrar el bufete, abandoné mi despacho y salí con la chaqueta a medio abrochar, el maletín y un dolor de cabeza horroroso.
Como siempre era el último en irme, no esperaba encontrarme con nadie, pero Gia seguía allí: sentada en su mesa, con las gafas puestas y el pelo un poco revuelto.
—¿Qué haces todavía aquí? —gruñí.
Ella se sobresaltó y se puso muy roja.
—Hola, señor Langley. Estoy despejando su agenda para mañana.
—Nadie te ha pedido que te quedes. Si estás pensando en hacer horas extras sin mi permiso, no pienso pagártelas.
No era la primera ni la segunda secretaria que usaba ese viejo truco conmigo. Alargando el trabajo para verse en la obligación de quedarse un poco más y así recibir mucho más dinero a final de mes.
—No lo he pedido, señor. Solo quería adelantar trabajo porque mañana es el juicio del señor Standford y no pasará usted por la oficina.
Una de mis cejas se arqueó a medida que ella señalaba lo obvio, como si no supiera que al día siguiente me tocaba presentarme en los juzgados para conseguir la absolución de uno de mis mejores clientes.
—Vete a casa, Gia. No necesito que despejes nada.
—De acuerdo, señor. Solo quería ayudar.
La vi recoger sus cosas y apagar el ordenador.
Gia era muy, muy atractiva. Cinturita de avispa, largas piernas. Mucho más alta que la media. El tipo de mujer que antes me hacía perder la cabeza, para ser honestos.
Pero antes me cortaba un brazo que salir con una de mis secretarias. Y menos con una tan poco profesional como Gia.
Planeaba despedirla en cuestión de un mes. O cuando Recursos Humanos consiguieran una sustituta.
Gia caminó hacia el ascensor, tratando de no mirarme, pero uno de sus tobillos se torció… y se escuchó el crujido de su tacón al romperse.
—¡Mierda! —siseó, deteniéndose en seco—. Joder…
—Al parecer, siempre estás metiéndote en líos.
Ella ni siquiera me miró cuando se quitó los zapatos, quedando descalza, y sorbió por la nariz.
No necesitaba tener la vista de un águila para ver que estaba sollozando.
—Son unos malditos zapatos. Puedes comprarte otros.
Gia se secó el rostro con varios manotazos de la mano.
—No lloro por los zapatos.
—Ya, claro.
Me importaba una mierda los dramas de sus empleados, pero Gia lloraba tanto, y tan fuerte, que algo dentro de mí me hizo sentir culpable. Como si fuera culpa mía que ella estuviera derramando lágrimas sobre mi alfombra.
—¿Qué tienes?
—No es nada. Lo siento. No volverá a suceder.
Ni lo de esta mañana. Esas fotos e invitaciones ni siquiera eran mías, ¿vale?
Alguien decidió gastar la tinta de sus queridas impresoras —hipó— en imprimir sus chats calientes, y se olvidó de recoger las fotos antes de que alguien las viera.
Tendría que haber sido más avispada y asegurarme de que se trataba de los informes que me pidió, pero es que llevo tres días sin dormir y…
Lo siento. De verdad que lo siento. No soy una inútil.
Soy muy buena en lo que hago y, si me da la oportunidad, se lo demostraré.
Sus ojos de cervatillo asustado se clavaron en los míos, repletos de lágrimas, y mi corazón se encogió como si de pronto volviese a latir.
—Me da igual de quién fuera la culpa. Una más como esta, y vas fuera del bufete, ¿te ha quedado claro?
—Clarísimo, señor Langley.
Lo mejor era mantener las distancias con ella, no ablandarme solo por unos ojos bonitos y un par de lágrimas.
—Vete a casa —ordené de nuevo—, y descansa. Mañana quiero que estés al máximo rendimiento. Y pasado mañana. Si vas a demostrarme que eres tan buena, más te vale no seguir cometiendo errores absurdos.
Gia asintió, repasando sus mejillas con el dorso de la mano en un intento por limpiarse las lágrimas.
Me sorprendió descubrir que tenía un montón de pecas sobre el rostro. Estaba… deslumbrante. Guapísima.
Pasó por mi lado, totalmente descalza, y llamó al ascensor. Los dos subimos al mismo tiempo. Cuando estábamos en la recepción, se detuvo de golpe.
—No puedo ir hasta la parada de taxi más cercana sin zapatos.
Mis ojos se deslizaron por todo su cuerpo —a pesar de que quería reprimir mi deseo— y se detuvieron en sus pies. Pequeños, cubiertos solo por las medias.
Si la dejaba ir descalza, me sentiría como una mierda de persona. Y si llamaba a un taxi hasta el bufete, le saldría el doble de caro.
—¿Quieres que te lleve a casa? ¿Vives muy lejos?
Hasta yo me sorprendí por mi sugerencia. No acompañaba a una mujer hasta su apartamento desde hacía más de un año. Y mucho menos si era empleada mía.
Jamás cruzaba la línea de lo profesional con ellas.
—No, no. No será necesario. Eh… me las apañaré.
—¿Tienes miedo a las motos?
—¿Cómo dices?
—Las motos —repetí, un poco hastiado—, ¿te dan miedo?
Ella negó con la cabeza.
Bien, por lo menos no haría la vuelta a casa más difícil e incómoda.
—Bien. Vamos.
Como si fuera un patito, me siguió dando pasitos cortos hasta la puerta que daba al parquin. La única moto que había allí me pertenecía. Grande, potente. Uno de los pocos caprichos que me daba últimamente y que me permitía despejarme cuando abandonaba la oficina o llegaba el fin de semana.
Gena y Kenji hacían hincapié constantemente en que cambiara la moto por relacionarme de nuevo con personas que no pertenecieran a mi círculo íntimo, y por más razón que tuvieran, o más preocupados que estuvieran, no les hacía ni caso.
Miré por encima del hombro y vi que Gia se quedaba sobre los escalones que daba hacia la recepción del bufete. Seguía descalza y el suelo estaba manchado de gasolina y pequeños charos de la lluvia que conseguía colarse hasta allí.
No debería haberme preocupado tanto por una mujer que solo trabajaba para mí, a la que hubiese despedido con mucho gusto tres horas antes y que me había plantado una docena de fotos de mujeres desnudas como quien no quería la cosa…
pero ni yo era tan cruel. La cogí en volandas, pese a sus protestas, y me la llevé hacia la moto.
Ella se aferró muy fuerte a mí, rodeándome el cuello con el brazo libre, como si de verdad pensara que la iba a dejar caer al suelo. Olisqueé la fragancia de su pelo sin querer… y me quedé totalmente paralizado por un segundo.
Olía tan bien. Tan dulce. Tan… única.
No reconocía el perfume en absoluto, y di por hecho que le pertenecía solo a ella. Que Gia era de esas mujeres que se adueñaban de algo y lo convertían en su firma personal.
La solté junto a la moto, y saqué los dos castos que siempre llevaba, por si acaso Gena o Kenji querían acompañarme. Aunque no solía ser habitual.
—Gracias —murmuró ella, ruborizada, mientras se lo colocaba.
No respondí. No me gustaba hablar con las personas. El silencio se me antojaba más apetecible que llenar el vacío con palabras vacías.
Subí a la moto y comprobé por el espejo retrovisor cómo Gia guardaba todo en su bolso, se subía un poco la falda y finalmente se acoplaba detrás de mí. El haberle visto las piernas en su totalidad me dejó fuera de juego durante unos largos segundos.
Tenía unos muslos llenos y torneados, y yo siempre había sentido debilidad por las piernas femeninas. Me parecían tan sexis.
Apreté con rabia el manillar de la moto y esperé a que ella me rodeara la cintura con los brazos. Gia lo hizo, pero con cuidado. Como si tuviera miedo a tocarme y terminar carbonizada.
No la culpaba por ello. Había ciertas líneas que un jefe y una empleada no debían cruzar jamás.
Abandoné el aparcamiento y me incorporé al tráfico como siempre.
Fue entonces cuando le pregunté dónde vivía.
Gia pegó un grito cuando tomé una curva demasiado inclinada, y prácticamente me clavó los codos a los costados.
A través del traje pude notar dos cosas: la presión de sus pechos sobre la espalda y el calor que emanaba de ella.
Eso me distrajo los segundos suficientes como para olvidar de quién se trataba y regodearme en tenerla tan, tan cerca.
Luego volví al mundo real.
—Gia, necesito tu dirección.
Ella me lo dijo muy cerca del oído. A pesar de que ambos llevábamos cascos, la escuché a la perfección. Como si todo mi cuerpo estuviera reaccionando a cualquier estímulo de su parte.
El viaje en moto no fue demasiado largo, pero se convirtió en una pesadilla para mí. Tener a Gia pegada a mi espalda, con sus manos descansando sobre mi pecho, me empujaba una y otra vez lejos de mi autocontrol.
No había espacio en mi vida para tentaciones de ningún tipo. Y ella no era una opción. Nunca lo sería.
Mis secretarias siempre estuvieron prohibidas para mí. Fueran atractivas o no, eran mujeres que merecían respeto y no ser la amante casual del hombre que pagaba su sueldo.
Esa línea estaba perfectamente dibujada en el suelo y nos separaban a ambos. Pero con Gia me sentía extrañamente cómodo. Y eso bastó para que todas mis alarmas se disparasen a la vez.
Cuando me detuve frente al edificio donde vivía, que no estaba nada mal, ella tardó un minuto entero en aflojar el agarre. La noté temblar por el frío. Seguía lloviendo —no demasiado— y nos habíamos empapado un poco.
—Gracias por traerme —dijo ella tras bajarse y quitarse el casco—. Y lamento las molestias.
—No es nada.
Cogí el casco y me lo colgué del brazo.
—Nos vemos mañana, señor Langley.
Asentí con la cabeza.
Ella se mordió el labio, me miró una última vez y se marchó. Pero no había dado ni cinco pasos cuando soltó un gritito nada más ver al joven que salía del edificio.
—¡Ted, no puedes salir!
El adolescente hizo una mueca de fastidio.
—Claro que sí. Es más, me voy ya. No me esperes despierta.
—¿Cómo que…? ¡Ted, estás castigado! Y la gente que está castigada no sale —insistió Gia, con el rostro enrojecido.
—Tarde, mamá —repuso el chico con burla—. Hasta luegooooo.
La vi apretar los puños y entrar en casa.
¿Mamá? ¿Gia tenía un hijo adolescente?
Primera noticia que recibía respecto a su situación familiar. En Recursos Humanos me dijeron que era soltera y no estaba comprometida, y que esperaba poder trabajar mucho tiempo en el bufete porque amaba su trabajo. ¿Pero un hijo? No. Nada de eso aparecía en su historial.
Tampoco entendí por qué me sentó tan mal descubrir que tenía una familia, aunque fuera monoparental, y que eso me obligaba a ser más paciente con ella.
No quería ablandarme con nadie. Y menos con mis empleados.
Puse en marcha la moto y me alejé de allí.