Saga Sin Reglas Capítulo 6
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Capítulo 6

Gia

Estaba tan distraída que hasta mi jefe lo notó.

—Señorita Montgomery, se ha equivocado. Estos no son los informes que le he pedido —espetó de malos modos.

Enseguida me dispuse a cambiarlos, pero él no soltó la carpeta, sino que la mantuvo prisionera entre sus largos dedos mientras me lanzaba una mirada furibunda.

—¿Es capaz de hacer lo que le digo o se ve usted incapacitada para el puesto?

¿Incapacitada? ¿Por qué sonaba tan mal que me llamara de esa forma?

Estuve a punto de mandarlo a la mierda, a él y al mundo entero, pero me contuve lo suficiente como para respirar profundo y sacudir la cabeza.

—Lo lamento, señor Langley. Enseguida le traigo los informes que me pidió.

—Que no se repita.

Asentí y abandoné su despacho tan rápido que fue una suerte que no tropezara con mis propios o con la moqueta.

El corazón me iba a mil revoluciones por segundo. No quería ni escuchar más su voz, ni ver esos ojos que se clavaban en mí como dagas cubiertas de veneno.

Ewan Langley encarnaba el mal sobre la Tierra.

Con su metro noventa de puro músculo, con sus trajeras caros hechos a medida, sus ojos marrón oscuros y su pelo rubio no hacía más que provocar terror en quienes le miraba por demasiado tiempo.

Ese atractivo solo deja entrever que Lucifer a su lado era un pringado.

Y ya no estaba segura de si sería capaz de soportar ser su secretaria o me iría mejor pidiendo en el metro.

Pasé junto a las mesas de los demás abogados que trabajaban en esa planta, cogí los informes correctos de la fotocopiadora y volví al despacho de Ewan Langley con un nudo en la garganta.

No era mi culpa que la vida no parase de golpearme a la mínima oportunidad.

Desde que detuvieron a mi hermano, una semana atrás, todo mi mundo se derrumbó y ahora no quedaban más que escombros. Un montón de ladrillos con los que ya no me veía capaz de reconstruir nada.

Dormía fatal, vigilando que Ted no se escapara por las noches o cometiera una locura.

Le suplicaba a Harry que lo vigilase durante el día, durante mis horas de trabajo, y luego me hacía cargo de él y le suplicaba que me contara por qué lo había hecho.

Por qué había robado tantísimas joyas si no necesitábamos ese estúpido dinero.

Pero solo recibía silencio.

Ted pasaba sus días y sus noches jugando videojuegos, ignorándonos a todos —incluso a la psicóloga—, y ya no sabía qué más hacer.

Toda esta situación me quedaba grande.

Y lo peor de todo era que empezaba a perjudicarme en el terreno laboral. Al no dormir ni pensar en otra cosa, se me pasaban pequeños detalles debido al cansancio mental: olvidaba fechas y recados, lo que Ewan Langley me exigía o incluso a qué hora debía abandonar el bufete por la tarde.

Tarde o temprano me vería obligada a abandonar mi puesto de trabajo. No quería que Ewan batiese un récord conmigo al despedirme antes de quince días. Eso sería humillante. Un golpe brutal para mi ego y para la profesional que habitaba en mí.

Di un par de golpecitos en la puerta antes de entrar —por si acaso— y dejé el montón de papeles sobre el escritorio de mi jefe.

—Puede marcharse —dijo él, sin mirarme.

Menos mal, no me echaría más la bronca.

Giré sobre mis talones, dispuesta a salir de allí, cuando escuché que Ewan soltaba una maldición.

—¿Qué cojones esto, Gia?

Guau, aquella era la primera vez que se dignaba a llamarme por mi nombre de pila y no “señorita Montgomery”. Y no sonaba tan mal.

—¿Perdón?

Ewan, rojo de furia, lanzó los papeles sobre la mesa con una mueca de asco.

—¿Te estás burlando de mí? ¿Es una especie de broma?

Traté de procesar lo que me decía, entender cuál era el problema, pero solo conseguí parecer más estúpida a ojos de mi jefe.

—Lo siento, no entiendo…

—En esta oficina solo trabajamos gente respetable, e imprimir un montón de fotos cachondas y las invitaciones para una fiesta de máscaras donde la gente solo va a follar no es algo que pienso tolerar.

¿Qué clase de basura es esta? ¿Por eso estás tan distraída?

¿Tu cabeza ya está pensando en lo bien que se lo va a pasar esta noche?

Nada de lo que decía Ewan tenía sentido para mí. Yo no había impreso nada de eso. Ni siquiera conocía la existencia de dichas fiestas.

—Señor Langley, no… Yo no…

—Recoge esto y lárgate. No necesito ver un montón de tetas esparcidas por mi bufete. Y espero que aprendas lo que es el decoro antes de mañana, Gia; o te enviaré directa a la cola del paro y te cerraré las puertas a cualquier otro bufete de este maldito país. ¿Ha quedado claro?

Las piernas me temblaban tanto que fue un milagro el dar un simple paso hacia su mesa.

Con manos igual de temblorosas, agarré los papeles y me fijé en que eran fotos en blanco y negro de mujeres desnudas, en ropa interior…

Todas con el rostro cubierto con una máscara.

También había un par de invitaciones a un club llamado Nyx.

Un pesado nudo se enroscó alrededor de mi garganta al ser consciente de que acababa de quedar como una lunática sexual que se pasaba las horas de oficina pensando con el coño y no con la cabeza.

¿Mi vida no podía ir a peor? ¡Ja! El destino pensaba otra cosa.

Los ojos se me llenaron de lágrimas y la garganta me ardió de contener los sollozos.

No era justo que me echaran la bronca por algo que no había hecho.

Y lo más sensato hubiera sido disculparse y explicar el malentendido, pero Ewan me miraba como si quisiera hacerme desaparecer con solo un chasquido de sus dedos, como si fuera estúpida e incompetente, y simplemente me sentí incapaz de decir una palabra.

—Lo lamento, señor Langley —fue lo único que dije, y salí de su despacho con la sensación de que me echaría a cajas destempladas de su bufete esa misma tarde.

Ya no sabía qué más podía ir mal en mi vida.