Saga Sin Reglas Capítulo 5
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Capítulo 5

Ewan

—No sé hasta qué punto es sano que te estés martirizando así —comentó Gena de forma tranquila—. Tal vez es mejor dejarlo todo como está.

—Claro que no. Ha llegado muy lejos, y esos hijos de puta se merecen una lección —dijo Kenji, sentado a mi lado, mientras removía el café con uno de esos palos de madera que nos daban siempre en la cafetería—. Hay que golpearles donde más les duele.

—¿A costa de toda la salud mental que le queda? —refunfuñó Gena.

—No voy a detenerme —dejé claro, hablando por fin.

Acaricié la esquina de la carpeta con el dedo índice en un intento por distraerme con algo que no fuera la cantidad de información inútil que debía ser filtrada en los próximos días para comenzar a tirar del hilo—.

Pero si no queréis formar parte de esto, lo entenderé.

Gena hizo un mohín con los labios, ofendida.

—En ningún momento he dicho que vaya a darte de lado, Ewan. Solo digo que… no estás bien —suavizó el tono de su voz—. Columpiarse todo el rato sobre la cuerda floja no es la forma más digna que tiene uno de vivir.

—Es mejor que ver cómo esos cobardes de mierda se salen con la suya —dije con los dientes apretados.

De tratarse solo de mí, me daría igual y hasta delegaría en otros. Pero no estaba en juego mi ego herido, sino el dinero y las heridas de tantas familias que, como la mía, fueron engañados durante años. Y si me rendía, si tiraba la toalla como un cobarde, les estaría fallando y decepcionando.

Nada me aterraba más que eso.

Invertir mi tiempo y mi dinero en impartir justicia, cuando se trataba de este caso, no me suponía un tormento. Bastaba con ver cómo avanzábamos para que mi corazón y mi alma dejaran de estar en guerra constante con el mundo.

Y Gena y Kenji, mis dos mejores amigos y mis socios en el bufete, no me dejaban caer en el abismo de la venganza y el rencor. Gracias a ellos todavía conservaba algo de cordura y humanidad. Así que seguiría luchando.

—¿Qué te ha dicho el investigador privado? —preguntó Kenji con interés.

—Nada en especial. Todavía sigue filtrando la lista de los nombres de los afectados. Necesitamos saber quiénes fueron y cuáles estarían dispuestos a colaborar con nosotros.

—Hay que contactar con ellos, pero con tacto —dijo Gena, cogiendo su agenda y apuntando un par de cosas—. Sería prudente que me acercase yo y les contara lo sucedido.

—De acuerdo —accedí, cabeceando.

—Yo seguiré buscando la forma de conseguir la información acerca de todo el dinero que se movió dentro de esa clínica, y hacia dónde se dirigió. Es extraño que todos se quedaran en el país… y en paro —murmuró Kenji, pensativo.

—Hay miles de formas de mover dinero sin ser detectado. Siempre y cuando cuentes con un equipo competente —le recordé—. Criptomonedas. Cuentas duplicadas. Familiares en otros países…

Cuando alguien robaba tantísimo dinero, nunca lo guardaba debajo de su cama. Tampoco en su cuenta corriente. Se las ingeniaban en conseguir el dinero, pero que la policía no lo detectase.

El ingenio humano a la hora de ejercer el mal era insuperable.

En el pasado ya me enfrenté a varios estafadores frente a un juez, y a todos los humillé. Uno por uno. Hasta dejarlos en la quiebra y encerrados entre barrotes una buena temporada. Y con los responsables de la Clínica Anderson no sería más indulgente.

Con ellos sería aún peor, porque habían tocado lo que más amaba, y en mí ya no había un ápice de bondad ni perdón.

—Lo sé —dijo Kenji, cabeceando. Se acercó el vaso de café a los labios y le dio un sorbo—.

He estado estudiando al director y a todo su equipo de finanzas, y están limpios.

Nada fuera de lo normal. Uno de ellos vendió una casa y sobrevive con el dinero que generó, y los demás siguen trabajando de manera intermitente.

—Extraño —comentó Gena, subiéndose las gafas con el dedo índice—. Nadie deja su trabajo y sigue sobreviviendo con ahorros cuatro años después.

—Hay que descubrir dónde guardan el dinero o cómo consiguen que entre al país sin levantar sospechas —señalé, sin apartar la mirada de todos los papeles que teníamos esparcidos sobre la mesa—. Sin esa información, ningún juez nos tomará en serio.

—Voy a darme toda la prisa que pueda —prometió Kenji.

Y confiaba en él más que en ninguna otra persona.

A sus espaldas tenía más de diez años de experiencia en delitos cibernéticos y sabía cómo cazar a cualquier mentiroso con las manos en la masa. Por eso confié en Gena y en él desde el principio.

Aunque la venganza era un plato que se servía en frío, y casi siempre sin una red de apoyo, en esta ocasión permití que mis dos mejores amigos aportasen a la causa y me mantuvieran cuerdo.

Tres años de recopilar información se estaba haciendo demasiado largos. Tres años de buscar respuestas y justicia, y ver que no sucedía, empezaba a erosionar mi cordura y mi salud física.

Solo quería que esa gente pagara por lo que me hizo. Por lo que les hizo a tantas personas inocentes.

Y después… Dios, después simplemente respiraría de nuevo, sin sentir que el veneno me consumía por dentro, manchándolo todo de negro.

—Gracias —fue todo lo que dije.

Y pasamos el resto de la comida buscando cómo contactar con algunas personas de la lista de afectados sin levantar sospechas.