Saga Sin Reglas Capítulo 4
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Capítulo 4

Gia

—¡Gia! —la voz de Harry resonó a mis espaldas antes de que pudiera meter la llave en la cerradura y entrar en casa, soltar el bolso y los zapatos, y empezar una nueva discusión con mi hermano—. ¡Te estaba buscando!

—¿Qué pasa?

—¿Dónde estabas? —Harry resoplaba como si hubiera estado corriendo durante horas—. Te he llamado al móvil como cincuenta veces.

—Me quedé sin batería —me disculpé.

—Joder, tenemos que irnos a la comisaría de policía ahora mismo.

Un pesado y frío nudo se instaló en mi estómago de inmediato.

—¿Por qué tenem…?

—Tu hermano ha sido detenido. Me han llamado a mí al ver que no daban contigo.

El bolso y las llaves se me cayeron de las manos.

Solo pensé en mi hermano, con diecisiete años, retenido en algún calabozo con más personas poco recomendables… y el corazón se me explota dentro del pecho.

No, no, no. No podía estar pasando esto.

Mi hermano no se merecía acabar en la cárcel a tan corta edad. Además, él no era un delincuente. No era mala persona. Solo estaba pasando por unos momentos difíciles, y necesitaba un poco de paciencia y comprensión.

—Joder…

—Vamos, te llevo en el coche —dijo Harry, pasándome una mano por la cintura—. Seguro que ha sido un malentendido.

Mi mente no procesaba absolutamente nada a medida que Harry me guiaba hasta el coche y luego se ponía en marcha, camino a la comisaría, mientras me repetía todo el rato que iría bien. Que Ted saldría de esta con el historial limpio.

Cuando llegamos, me bajé del coche cuando Harry todavía no había terminado de aparcar, y corrí hacia el mostrador.

—Hola —saludé al hombre que había al otro lado—, soy Gia Montgomery. Mi hermano ha sido detenido hace un rato y…

—Pase por allí —me indicó con un gesto de la mano el pasillo del fondo.

Un par de policías ya me esperaban en la sala contigua. No se les veía muy amigables.

—¿Señorita Montgomery? —saludó uno de ellos, sin embargo, estrechándome la mano—. Gracias por haber venido.

—¿Dónde está mi hermano?

—Le están tomando declaración —informó—. ¿Es usted su tutora legal?

Asentí varias veces con la cabeza.

—Soy su hermana. Me ocupo de él hasta que cumpla la mayoría de edad.

—Bien. ¿Tenía usted idea de a qué se dedicaba su hermano por las noches?

—¿Perdona? —un sudor frío bajó por mi espalda al escuchar su pregunta—. ¿Qué quiere decir con las cosas que hacía mi hermano por las noches? ¡Él nunca sale de casa!

—¿Está usted segura?

—Claro que sí. Vigilo muy bien dónde está y con quién —apreté los puños en un intento por mantener mi miedo y mi ansiedad bajo control—. Conozco a todos sus amigos y…

—Su hermano ha sido detenido por robar en tres joyerías diferentes.

El suelo tembló bajo mis pies un segundo antes de notar cómo mis piernas flaqueaban y mi cuerpo se venía abajo. El policía me sostuvo con fuerza y me acercó a la silla más cercana. Acto seguido, otro policía colocaba un vaso con agua frente a mí.

—Eso no es posible… Mi hermano no… Él no hace esas cosas… —una náusea me impidió seguir hablando—. Joder…

—Todavía queda por ver las grabaciones y las pruebas recabadas, pero todo apunto a que su hermano, junto a tres chicos más de su misma edad, han saqueado y vendido unas cuantas joyas por el valor de trece mil libras.

Es probable que un gritito saliera de mi garganta, porque me de pronto me dolía mucho, pero no estaba segura porque dejé de escuchar y de ver.

De pronto solo era capaz de pensar en Ted, solo y asustado, hablando frente a un policía que no sería amable con él. Que no tendría en cuenta su situación familiar ni sus recuerdos amargos. Que lo trataría como a un vulgar delincuente cuando él no era un ladrón.

Joder, ni siquiera me robaba dinero del bolso, que era algo habitual en los adolescentes. Nunca me había saqueado nada de valor en casa para comprar skins en los videojuegos que jugaba a diario.

Ted no era mala persona. No era un delincuente.

Solo… tenía problemas.

—¿Señorita Montgomery? —insistió el policía—. ¿Me está escuchando?

—Sí —balbuceé—. Sí, sí.

—Le he preguntado si tiene abogado.

—No.

—Entonces se le otorgará uno de oficio —me informó el policía.

No dije nada. ¿Para qué? Él ya había condenado a Ted, al igual que todos los que trabajaban en esa comisaría, así que me tocaba a mí mover ficha y sacarlo de ese infierno.

—¿Cuándo podré llevármelo a casa?

—Enseguida terminan.

Pero no fue así. Tardaron casi una hora en liberar a mi hermano. Harry se quedó a mi lado todo ese tiempo, sujetándome la mano y tranquilizándome.

Dentro de mi cabeza se liberó un huracán de preguntas y remordimientos que se hacían más y más grandes. Más y más dolorosas.

Todo esto era culpa mía, por no cuidarlo mejor. Por no estar más pendiente de él.

Por no ser mejor hermana.

Dios, le había fallado a Ted y él no se lo merecía.

Cuando la policía finalmente lo soltó, corrí a abrazarlo con fuerza. Y él se derrumbó en mis brazos, llorando muy fuerte.

—La he cagado —fue todo lo que dijo.

Estreché a mi hermano con todas mis fuerzas y sacudí la cabeza.

—Saldremos de esta. Te lo prometo.