Saga Sin Reglas Capítulo 2
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Capítulo 2

Ewan

Tenía nueva secretaria y no me importaba una mierda.

Probablemente fuera como las anteriores: una incompetente. Demasiado blanda para soportar el peso de la ley sobre sus hombros más allá de dos o tres meses seguidos.

La prensa hablaba de mi mala gestión con mis empleados, pero no eran más que mentiras. Por supuesto que los trataba bien, y les pagaba más de lo que debería. Pero, a cambio, exigía que fueran aptos para su puesto y que no se pusieran a lloriquear porque era demasiado.

Una persona no levantaba un bufete como el mío apiadándose de los demás. Lo hacía trabajando duro y con un equipo fuerte detrás.

Pero eso nunca lo comprendían.

Les resultaba más fácil tacharme como un tirano que asumir que llevaba razón, y que había que trabajar mucho, y muy duro, para ser alguien en la vida.

Y por eso estaba seguro de que esa secretaria tampoco duraría en el puesto.

Gia Montgomery.

Treinta y cinco años. Soltera. Sin hijos.

Había trabajado en varios bufetes más o menos prestigiosos. La recomendaba directamente Hayden Miller, mi archienemigo. Eso me tentaba muchísimo. Debía ser buena si Hayden estaba contento con ella.

Pero, por otro lado, no estaba seguro de qué me encontraría.

La entrevista la hicieron los de Recursos Humanos, y no siempre acertaban.

Apostaba a que la señorita Montgomery no aguantaría ni una semana.

Mientras que Hayden era más o menos flexible con sus empleados, yo empleaba la mano dura y el control.

La derrumbaría en cuestión de horas.

Pero no me importaba en absoluto. Ya vendría otra.

Encendí mi ordenador y eché un vistazo al correo. Enseguida me di cuenta de que tenía uno de mi investigador privado. Lo abrí antes de que la oficina comenzara a operar con normalidad.

Señor Langley,

Me complace anunciarle que he conseguido los archivos de los pacientes que fueron ingresados en el periodo de 2020-2023 en la Clínica Anderson.

Es mucho material y me llevará unos días encontrar las pistas útiles, pero ya es un paso.

Le adjunto una copia a su email.

Seguimos en contacto,

Julian Adams.

Enarqué una ceja, gratamente sorprendido. Que ese investigador por fin hubiese dado con la lista de pacientes era algo que podía celebrar. Habíamos trabajado muchísimo para conseguirla, pese a todas las negativas y todas las puertas que nos cerraron en las narices.

Abrí la lista y leí algunos nombres por encima. Eran muchísimos, y no todos nos ayudaría a obtener las pruebas que necesitábamos. La Clínica Anderson se cubrió demasiado bien las espaldas antes de cerrar sus puertas.

Pero los culpables no se librarían de la justicia. No mientras yo siguiera respirando.

Bajé una y otra vez, sin perder detalle de la cantidad de infantes que estuvieron ingresados allí en ese periodo de tiempo.

Niños de entre tres y doce años. Todos enfermos de cáncer.

Todos a punto de abandonar este mundo.

Una náusea me impidió seguir leyendo.

No podía empezar así el día, castigándome a mí mismo con aquella información repulsiva. Sería mejor leerla cuando ya estuviera en casa, tranquilo, y nadie me viese la cara.

Cerré todo y cogí la carpeta que la anterior secretaria había dejado sobre mi mesa antes de abandonar el bufete para siempre. Teníamos tres clientes importantes este mes. Tres grandes políticos en apuros.

Mientras curioseaba sus delitos y decidía quiénes llevarían el caso —yo no me mancharía las manos por ellos—, alguien llamó a la puerta.

—Adelante —ordené, fastidiado.

Una mujer asomó la cabeza, y luego entró como si nada. Algo tímida, aunque decidida.

Vestía una falda de tubo gris oscuro y una camisa blanca perfectamente planchada. Sus ojos eran grandes, muy expresivos, de un color dorado precioso. Y su pelo era oscuro, negro, y lo llevaba corto. Más o menos a la altura de los hombros.

Al principio pensé que se trataba de algún cliente que se había perdido o equivocado de despacho, hasta que vi la tarjetita que colgaba de su muñeca, pequeña y discreta, y comprendí que trabajaba para mí. Aunque nunca la había visto con anterioridad.

—Buenos días, señor Langley. Soy Gia Montgomery, su nueva secretaria. Venía a presentarme, dado que voy a trabajar para usted a partir de ahora. Y también para saber si necesitaba algo o podía ponerme a trabajar de inmediato.

Por un momento me distrajo el movimiento de sus labios —pintados de rojo— y su expresión nerviosa.

Luego parpadeé, sorprendido por su intromisión.

—¿Ha venido usted a decirme su nombre como si estuviera una audición para Factor X?

Ella se ruborizó al instante.

—No, señor Langley. Yo solo…

—Si no le he pedido expresamente que venga, entonces no entre a mi despacho. No me moleste. No se tome libertades conmigo. Que me haga la pelota no ablandará mi corazón ni me hará más indulgente con usted. ¿Acaso no le han enseñado cuál es el trabajo de una secretaria?

Ella abrió la boca, dispuesta a decir algo, pero se calló al instante. Tragó saliva y asintió con la cabeza.

—Sí, señor Langley. Lamento haberle molestado.

—Entonces lárguese y póngase a trabajar. Tiene mucho trabajo.

No se tropezó con sus propios pies, ni mucho menos, pero se la veía temblorosa mientras abandonaba mi despacho.

No me importó.

Estaba aquí para trabajar y recibir órdenes, no para tomarse la libertad de irrumpir en mi despacho siempre que le diese la gana, y por los motivos más absurdos.

Aunque debía admitir que no me la esperaba así para nada. Tan correcta, tan… atractiva.

A decir verdad, no esperaba nada; pero la señorita Montgomery acababa de dejarme totalmente aturdido con sus ojos, dorados como el sol. Y también por la forma en que la maldita falda le estilizaba las piernas.

Un motivo más por el cual no quería tenerla cerca.

Más le valía ser puntual y efectiva en su trabajo, o acabaría en la cola del paro. Como las setenta y tres que ocuparon su puesto antes que ella.