Saga Sin Reglas Capítulo 1
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Capítulo 1

Gia

Buda no estaba de mi parte. Eso es lo primero que me quedó claro cuando me detuve junto al arcén, con un contrato de trabajo debajo del brazo.

Cualquiera en mi situación se habría alegrado al ver que se trataba del bufete de abogados más prestigioso de Londres.

Uno de los cinco más aclamados, en realidad.

De los que salían en la prensa y todo el mundo alababa porque estaban al frente de los casos más mediáticos.

Pero no era mi caso. Y no porque no necesitara el dinero —claro que me hacía falta, demonios—, sino porque me tocaba ocupar la silla frente al titán de los juzgados: Ewan Langley.

El maldito Ewan Langley.

Él se iba a encargar de pagar mi sueldo y, ¡peor aún!, hacerme la vida imposible. Tal y como ocurrió con sus setenta y tres secretarias anteriores.

Quería morirme. Tirarme frente a algún autobús doble de color rojo, de esos que a los turistas tanto les apasionaba, y poner fin a mi patética vida de treintañera fracasada.

Pero me había prometido a mí misma que cogería cualquier trabajo que me permitiera seguir costeando el tratamiento de mi hermano y, de paso, pagar el alquiler, las facturas, la comida… y todo lo que un adulto necesitara.

Solo esperaba que me diese tiempo a cobrar un par de sueldos antes de que Ewan me despedazara y me enviase de vuelta a la cola del paro.

—Disculpe —dijo alguien a mi lado, tocándome el hombro—, creo que se ha olvidado esto en recepción.

Alcé la mirada y me encontré con un hombre vestido de guardia de seguridad.

En cualquier otro momento, hasta me habría parecido atractivo. Esa mañana, sin embargo, me provocó cierta náusea pensar que me tocaría darle los buenos días y las buenas tardes mientras me hallaba al borde de un ataque de nervios.

—Gracias —cogí mi paraguas y me lo colgué del brazo.

—Nos vemos mañana, señorita Montgomery.

Sonreí a duras penas y me subí al primer taxi que se detuvo cuando alcé la mano. Por lo menos podía permitirme llegar a casa sin empaparme por la lluvia. Últimamente no hacía más que llover. A todas horas.

Estaba harta de vivir en Londres, pasada por agua.

Pero soñar con irme al Caribe o a algún país donde brillase más el sol no me hacía sentir mucho mejor.

Llegué a casa un rato después, y lo primero que me encontré fue a mi hermano tirado en el sofá, jugando a la consola, con toda la mesa llena de envoltorios de galletas. Contuve un grito de frustración.

—Ted, ¿puedes recoger la mesa, por favor?

—Ahora no, estoy en mitad de una partida.

—Pues termínala o páusala, y limpia un poco —insistí.

Seguía sin mirarme.

—No puedo pausar nada, es online.

—Vale. ¿Cuánto te queda?

—No lo sé —encogió un hombro.

Menos mal que no planeaba ser madre en la vida, porque yo dos veces no pasaba por el infierno de cuidar, mantener y comprender a un adolescente incapaz de comportarse como una persona racional.

—Ted, por favor. Ya hemos hablado de esto —le recordé con cierta asertividad.

La psicóloga siempre me advertía sobre la importancia de empatizar con mi hermano, la situación, y decir las cosas desde el amor y no desde la ansiedad.

Por supuesto, me costaba un montón. Hasta notaba que me palpitaba un párpado de tanto contenerme.

—Te he dicho que… ¡Mierda! ¡Ya me han matado! —exclamó con fastidio—. Esto es tu culpa.

—¿Perdona?

—¡No haces más que distraerme!

—Porque necesito que seas más ordenado. ¿A ti te parece normal tener la casa comida de mierda?

—¡He perdido mi racha de victorias! ¡Ahora se van a reír de mí!

—¿Quiénes? ¿Tus amigos?

—¡Pues claro! Porque eres una pesada —rezongó, levantándose del sofá—. Y no pienso limpiar eso. Es trabajo tuyo.

Vale, ahora me palpitaba también la mano de las ganas de darle una colleja, a ver si espabilaba.

Tranquila, Gia. Recuerda lo que dijo la psicóloga: paciencia y amor. Respiré hondo y apagué el televisor.

Ted me lanzó una mirada asesina.

—Solo te he pedido que limpies lo que has desordenado tú. No soy tu chacha, Ted. Soy tu hermana.

—Y un coñazo también.

—Recógelo y luego puedes seguir jugando a la consola todo lo que quieras.

—Paso. Me voy a mi cuarto.

Lo agarré del brazo antes de que se escabullera, pero él se zafó enseguida.

—Ted, estoy harta de vivir en mitad de un estercolero. Cada vez que regreso a casa, solo veo basura y ropa sucia tirada por todos lados. Esto es insostenible. Si no vas a estudiar ni trabajar, al menos limpia lo que ensucias.

—¿Para qué?

—¡Para no vivir en la inmundicia, joder! —estallé. A la mierda el buen rollo—. ¿Te crees que yo quiero limpiar todos los días? Intento que la casa esté presentable, y tú no colaboras en nada. Eso sí, los videojuegos bien que te los tomas en serio.

—Porque jugar con mis amigos es más interesante que escucharte.

—Si tanto te jode escucharme, ¡hazme caso, al menos!

—Nah —hizo un aspaviento con la mano—. Mejor me voy a tomar algo con los colegas, que estás muy pesada.

Y, sin darme opción a decirle nada, cogió su chaqueta y se fue.

Sin limpiar.

—Puta psicóloga de los cojones… —mascullé, frustrada, en tanto recogía todos los envoltorios de la mesa—. ¿Y conmigo quién tiene empatía, eh?

—¿Otra vez hablando sola?

No me asusté de escuchar la voz de Harry porque era muy habitual que apareciera en mi casa cada dos por tres. Más que nada porque mi hermano tenía la manía de largarse sin cerrar en condiciones. Menuda suerte la mía de que no me entraran a robar.

—Solo me desahogaba —encogí uno de mis hombros y, cargada de platos sucios y envoltorios de galletas, me dirigí a la cocina—. Como no puedo romper cosas…

Harry se rio, y me siguió hasta la cocina.

—Quizás deberías pedir ayuda.

—¿A quién? La psicóloga no es que esté haciendo su mejor trabajo.

—Pues cámbiala.

—Los demás son muy caros.

—¿No te han dado el nuevo puesto? —preguntó, curioso.

Harry se remangó la camisa y se dispuso a limpiar la cocina conmigo.

Era un tipo increíble. Uno de los pocos amigos que me quedaban a esas alturas, junto a Ada. Ellos jamás me dieron de lado cuando ocurrió el desastre con mi madre y me quedé cuidando a un adolescente que odiaba bañarse y comer algo decente.

En el pasado nos acostamos un par de veces, nada serio. Harry y yo funcionábamos mejor como vecinos y amigos que como amantes.

Y menos mal.

—Sí, claro que sí. Soy la nueva secretaria de Ewan Langley.

Harry silbó, alucinado.

—Te van a pagar una pasta.

—Y también van a acabar con la poca estabilidad emocional que me queda —me estremecí al decirlo.

Ambos, codo con codo, comenzamos a fregar los platos y vasos, y a recoger un poco la cocina.

—Ese tipo es duro. Siempre hablan pestes de él en internet. Dicen que no tiene novia porque seguro que es insoportable.

—Ha tenido muchísimas secretarias, Harry. Tantas… que es un milagro que le sigan enviado más candidatas. Y todas salen espantadas de su bufete.

Harry se tensó a mi lado.

—¿Y si se propasa con ellas? Gia, debes cuidarte…. ¿Quieres que te compre un spray de pimienta?

—Vale. Aunque dudo bastante que su problema sea que les mira el culo a sus secretarias —confesé, mordiéndome el labio—. Simplemente es un tirano.

—Por si acaso —insistió mi amigo, todavía con la ceja enarcada y la mandíbula algo tensa. Se preocupaba por mí igual que lo haría un hermano mayor—. Piensa en el dinero y en lo bien que te vendrá.

—A estas alturas de mi vida ya no sé hasta qué punto compensa el sufrimiento por un puñado de libras a final de mes —fue todo lo que dije.

Terminé de meter todo en la basura y cerré la bolsa, evitando así que oliese mal.

—Esto lo haces por Ted.

—Ya lo sé. Y no funciona demasiado. Pasa de mí, se tira todo el día en la calle, solo juega videojuegos y ensucia como si fuera una manada de puercos en un lodazal. —Hice una pausa para suspirar—. Esto de ser madre de un adolescente no está saliendo bien.

—Quizás ese es el problema, Gia: que estás ejerciendo de madre y no de hermana mayor. Él ya tiene una madre, y lo que necesita es una hermana.

—Harry, no puedo vivir en la inmundicia. Es… superior a mí.

Él se rio y me dio un apretó en el hombro.

—Ya lo sé, cariño. Solo digo que intentes hacerlo ver como algo beneficioso. Si él limpia y ordena sus cosas, tú le regalas algo a final de mes. Alguna skin para el Fortnite o dinero suficiente para que se compre algo que le guste.

Visto así, no era mala idea. Por lo menos sonaba más factible que los comentarios de mi psicóloga. Esa mujer no sabía lo que significaba lidiar con un adolescente de diecisiete años que acababa de perderlo todo y, además, amaba vestirse tres días consecutivos con la misma camiseta.

—Gracias, eso… suena genial.

Harry me guiñó un ojo.

—¿Vamos a celebrar lo de tu nuevo contrato? Te invito a unas cervezas.

—Vale. Pero que sean cinco o seis —gruñí.