Epílogo
Max
—¡No vayas a saltar!
—Claro que lo voy a hacer —repuso Ada, muy contenta—. ¡Ahora vuelvo!
Tuve que contenerme para no retenerla a mi lado. Pero es que se veía tan emocionada que simplemente me quedé allí, esperando a que no se cayera o algo peor.
Con una pancita que ya sobresalía bastante, un vestido precioso de color salmón y el pelo recogido, no parecía a punto de tener un bebé. De hecho, casi todo el mundo pensaba que aún le quedaban unos cuantos meses.
Pero no era cierto.
Ada saldría de cuentas en cualquier momento. Y eso era lo que me preocupaba.
Sin embargo, Ada insistió muchísimo en que acudiéramos a la boda de Maddie y Cayden como si nada, y que disfrutáramos el momento.
Y ahora le daba por colocarse junto al resto de mujeres de la boda para ver si conseguía el ramo de la novia.
Simplemente… Ada.
—¿Listas? —preguntó mi hermana, a varios metros de donde se encontraban todas las demás mujeres.
La emoción flotaba en el aire. En el último momento, un par de hombres se acercaron también. Todos reían y aplaudían, nerviosos.
Maddie les dio la espalda y, tras una cuenta atrás, lanzó el ramo… que fue a parar a las manos de Ada.
Ella gritó, aunque no saltó. No podía. Pero empezó a agitarlo por encima de su cabeza, mientras los demás la felicitaban.
Un minuto más tarde, ella se acercaba a mí, con los ojos brillantes, y me tendió el ramo.
—El destino ha hablado.
Solté una carcajada.
La tomé de la mano y le besé en los labios.
—Eso parece.
—El ramo me ha elegido. Somos los próximos. A menos que no quieras.
Puse los ojos en blanco y la rodeé con un brazo.
Lo llevaba claro si pensaba que no quería el combo completo con ella.
En los últimos meses había sido más feliz al lado de Ada que en toda mi vida. Y no pensaba perderme todo lo que nos aguardaba en el futuro. Como pareja y como padres.
—No tengo ningún anillo encima.
—Tampoco es necesario, Max. Esto es por diversión.
Chasqueé la lengua al mismo tiempo que negaba con la cabeza.
—Es más que eso, flor de loto —susurré cerca de su oreja—. Pero te lo pediré oficialmente en unos días, tal y como te mereces.
Ada tiró de mi corbata y me acercó para darme otro beso.
Era un adicto a su boca. A su piel. A lo dulce que era. Como miel caliente resbalando por mi lengua. Solo quería abrazarla y besarla toda la maldita noche. Me daba igual lo demás.
Pero Ada soltó un jadeo, separándose de mí. Sus ojos se abrieron por la sorpresa.
—¿Qué pasa?
Ella se llevó la mano al vientre y frotó suavemente.
—Creo que ya viene —balbuceó.
—¿El bebé?
Ada asintió con la cabeza.
Volvió a jadear, más fuerte. Encorvándose un poco.
La emoción y el miedo se apoderaron de mí. La agarré de la mano con fuerza y la obligué a mirarme.
—Cariño, está bien. Te llevaré al hospital. Respira hondo, como dijo la monitora del curso de preparación al parto. Vamos, cariño. Vas a hacerlo genial.
Ada asentía una y otra vez con la cabeza, respirando profundo.
—¿Va todo bien? —preguntó Maddie, preocupada.
—Ada se ha puesto de parto.
—Oh, vaya. Eso es… ¡Max, tienes que llevarla al hospital! —exclamó mi hermana.
—A eso íbamos, Sherlock.
Ada se rio un poco. Luego gritó por la siguiente contracción.
Todo estaba yendo demasiado rápido.
La ayudé a caminar fuera del recinto, ignorando las preguntas que nos hacían, mientras Maddie y Cayden nos seguían.
—Eh, chicos. Estoy bien —aseguró Ada, roja como un tomate—. Disfrutad de la boda y… ¡ay! —gritó—. Lo siento.
—No hay nada que sentir. Solo disfruta el momento —le dijo Maddie.
—Todo irá bien —aseguró Cayden.
Ada subió al coche y yo miré a mi hermana y mi cuñado:
—No es necesario que vengáis. Os avisaré cuando todo haya pasado.
Asintieron y nos dejaron ir.
Ada no paró de retorcerse y jadear y gritar durante el trayecto. Pero no se quejó en ningún momento. Ni me golpeó.
Mi chica lo hizo muy bien.
Y seis horas más tarde, tras varios gritos más, un montón de llamadas y varias contracciones… nuestro primero llegó al mundo.
Scott Lionel Ward.
Un niño precioso, sano. Con los ojos más bonitos del mundo. Tan pequeño y frágil que despertó en mí un intenso deseo por protegerlo toda la vida.
Ada, agotada, con lágrimas en los ojos y ese gorro espantoso en la cabeza, me miró y me tendió la mano para que me acercase.
—Es tuyo —susurró.
Me costó unos segundos entender a qué se refería.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tiene el mismo lunar que tú en el hombro. La misma forma, el mismo lugar.
Observé el puntito que señalaba con el dedo y noté una sacudida en el estómago.
Nunca nos habíamos hecho la prueba de paternidad porque no hacía falta. Quería a ese bebé de todos modos. Lo iba a querer siempre.
Pero al ver ese lunar noté que algo se rompía dentro de mí.
Y entonces me incliné y besé la frente de Ada.
—Te quiero.
—Y nosotros a ti —susurró ella.