Capítulo 48
Ada
Esta oficina siempre me traería recuerdos. No importaba los años que pasaran, siempre sería mi primer trabajo serio. El lugar donde fui feliz. Y donde me enamoré de Maximus Ward.
Caminé entre las mesas de los empleados y fui directa a mi antiguo despacho. La nostalgia se apoderó de mí. A veces, aunque no quisiera admitirlo, echaba de menos estar aquí. Cruzar esa puerta todos los días, con mi maletín a cuesta y un sentimiento de orgullo envolviéndome como un manto.
Pero lo bueno siempre acababa.
Llamé a la puerta y entré. Max estaba en su sillón, con las mangas arremangadas hasta los codos, sin chaqueta, sin corbata, despeinado…
Mis hormonas bailaron samba de inmediato.
Qué duro iba a ser esto.
—Hola —saludé, un poco incómoda.
No sabía qué decir. Por dónde empezar.
Max se levantó enseguida y me sirvió un vaso de agua. Ese gesto tan sencillo me hizo sentir un revoloteo en el estómago.
—Gracias.
—¿Quieres sentarte?
Negué con la cabeza.
—Estoy bien así.
Max asintió.
—Lo siento por lo de anoche. Realmente no esperaba que termináramos así la jornada.
A pesar de todo, solté una pequeña risita. Recordaría esa noche toda la vida. El policía mirando mal a Max, yo vomitando… Definitivamente no lo olvidaría jamás.
—Son cosas que pasan.
—Me hubiera gustado hablar contigo.
—Para eso estoy aquí —encogí un hombro y dejé el vaso de plástico a un lado—. Creo que deberíamos zanjar esto de una vez.
—¿A qué te refieres con zanjar?
El pánico asomó por sus ojos.
—Quiero decir… Bueno, es mejor hablar y poner las cartas sobre la mesa, ¿no?
—Ada, no sé qué sientes o piensas tú, pero yo mis sentimientos los tengo muy claros —repuso él, y se acercó más. Como si quisiera transmitirme seguridad o sinceridad; o las dos cosas al mismo tiempo—. Y es lo que intenté decirte ayer, y hace unos días…
Vale, entonces esto iba en serio.
Respiré profundo por la nariz en un intento por calmar los nervios que picoteaban mi estómago, igual que aguijones de avispa. No servía de nada alargar lo inevitable. Y, para ser sinceros, necesitaba oír lo que Max tenía que decirme.
Para ver si así me deprimía… o simplemente había algo que festejar.
—Vale —accedí—. Yo… —Pausa—. ¿Qué sientes por mí, Max?
Él se tomó su tiempo a la hora de responder. Tomó algunos mechones de pelo y me los enganchó detrás de la oreja. E incluso rozó mi mejilla con las yemas, como si quisiera tomar fuerzas de algún lado y ese simple roce se las proporcionara.
—Todo. Lo siento todo.
Parpadeé, entre sorprendida y confundida.
—¿A qué te refieres?
—A que estoy enamorado de ti. Y quiero tener todo contigo: una relación seria, una familia. El combo completo. No como un trato en el que ambas partes firmamos después de hablar de las cláusulas y las condiciones, sino porque de verdad deseamos esto.
Esperaba cualquier cosa menos esa confesión parte de Max.
¿Él me amaba? ¿A mí?
¿¡En serio!?
—Pero… Yo pensé…
—Ya sé que pensaste que jugaba a dos bandas, pero no es cierto. Y si no me crees ahora, te lo demostraré el tiempo que sea necesario —aseguró. Sus ojos brillaban como luciérnagas—. Estoy dispuesto a todo para que entiendas que mis sentimientos son sinceros, flor de loto.
Un escalofrío agitó todo mi cuerpo.
La mano de Max se deslizó desde mi hombro hasta la muñeca, tranquilizándome.
De pronto, una oleada cálida me invadió por dentro.
—¿De verdad me amas? —susurré.
—Joder, sí. Ada, te quiero muchísimo.
Eso sonaba… Sonaba tan bien. Como si fuera la contraseña para entrar al paraíso.
Max me tomó de la mandíbula y alzó un poco más mi cabeza. No me besó, sino que se quedó unos segundos así, cerca de mi boca, pero sin rozarla.
—Te quiero. Te lo repetiré cuantas veces sean necesarias para que lo entiendas. Te quiero por ti, no por el bebé. Porque eres maravillosa, y divertida, y jodidamente sexy. Eres brillante. Una abogada sin igual. Y encima vas a ser la mejor madre del mundo.
Tantos halagos me hicieron sentir mareada. También el hecho de que su aliento se estuviera deslizando por mi rostro sin pudor alguno.
—Quiero estar contigo e intentarlo. Que seamos felices, flor de loto.
—¿Qué pasará si el bebé…? —la pregunta se atascó en mi garganta.
Max ni siquiera se alejó.
—Me da absolutamente igual eso. No necesito esa maldita prueba de paternidad, de hecho. Porque me da igual. Solo tengo claro que quiero estar contigo.
Completamente derretida, sin terminar de creer que esto estuviese pasándome a mí, me mordí el labio inferior. Aunque no por mucho tiempo.
Max, de manera bastante gentil, presionó mi boca en un beso suave.
—Por favor —rogó—, créeme.
—Te creo. Claro que te creo.
¿Por qué no iba a hacerlo? Max me miraba con tanto amor, con tanta sinceridad, que sus sentimientos me atravesaban igual que una docena de espadas.
Le rodeé el cuello con los brazos y lo besé por fin. Un beso de verdad. Nuestras lenguas enredándose de forma frenética, nuestros cuerpos buscándose, nuestros corazones latiendo al unísono.
—Espera… Hey, flor de loto —Max se apartó un poco de mí—. ¿Significa esto que tú sientes lo mismo?
Solté una risita.
—Oh, vamos. Ya te dije que llevaba colada por ti desde hace muchísimo tiempo.
Eso jamás cambió. Fue a más —confesé, con las mejillas ardiéndome—.
Todas estas semanas, mientras te conocía mejor, me di cuenta de que simplemente no sabría vivir siendo solo una amiga o la madre de tu hijo.
Por eso yo… —Encogí un hombro—. No quería que fuéramos pareja solo por el bebé.
Porque eso solo nos haría sufrir a ambos.
—Eso no ocurrirá —me prometió.
—Lo sé. Y claro que te quiero. Parece mentira que no me lo veas en la cara, porque soy muy obvia —repuse con cierto aire burlón—. En todo momento estuve coladita por ti.
Max me acalló con un beso.
—Perdóname por no haberme dado cuenta antes.
—Dicen que es mejor tarde que nunca.
—Y que toda persona tiene derecho a una defensa justa. En mi caso, señora abogada, quiero decirle que estoy muy orgulloso de haberme cruzado con la mujer de mi vida de casualidad y que, además, vaya a ser quien me dé lo que siempre anhelé.
—¿Un hijo?
Max sacudió la cabeza.
—Un motivo para ser feliz.
Las piernas me temblaron nada más oírle. Lo estrujé entre mis brazos con tanta fuerza que Max se rio, y su risa retumbó dentro de mi ser.
Una de sus manos acabó sobre la base de mi espalda, y la otra enredada en mi pelo. Estaba envuelta por él, y la sensación era maravillosa.
Nunca imaginé que terminaríamos así. Felices. Juntos.
Formando una familia.
—Te quiero —susurré, emocionada.
—Y yo a ti, flor de loto.
Sonriendo como una idiota, me dejé besar esta vez. Porque Max besaba muy bien. Y porque quería ser besada todo lo que me quedara de vida.
Cerré los ojos y noté un cosquilleo dentro de mí, a la altura del vientre, que me hizo saber que este bebé también quería esto.
También estaba contento de que su padre estuviera con nosotros.
—Sabes que, después de esto, no podrás negarte, ¿verdad? —preguntó Max—. Acabas de firmar un contrato de por vida, en el que las cláusulas incluyen que deberemos darnos muchos besos, abrazarnos, hacer el amor todos los días, querernos hasta el fin del mundo…
—Bueno —le froté las mejillas con ambas manos, sonriendo con diversión—, creo que no es el peor trato que me has hecho. Ni el más escandaloso.
Max se rio, y yo lo abracé.
Por fin estaba todo en orden.