Saga Sin Reglas Capítulo 47
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Capítulo 47

Ada

—Todo sea dicho: mala suerte has tenido siempre.

—Así no me ayudas, Gia —rezongué, haciendo girar la cuchara para que el café se enfriase antes—. No te haces una idea de la vergüenza que pasé.

—Pero… ¿al final os pusieron la multa?

—Sí. Creo que debería decirle algo a Max, pero no se me ocurre nada.

—Con una disculpa sería suficiente.

Entrecerré los ojos mientras bufaba.

Gia encogió uno de sus hombros.

—Solo digo que se lo merece después de que le hayas dado calabazas varias veces.

—Pensaba que no lo soportabas y que lo querías lejos de mí.

—Está claro que luchar contra el destino es tarea imposible —ella apoyó la barbilla sobre sus manos y sonrió igual que en los dibujos animados—. Max te gusta y, por lo que deja entrever, tú le gustas a él. Y vais a tener un bebé juntos.

—Tal vez no sea suyo.

—Te dijo que no le importaba.

Solté un bufido más sonoro y profundo que el anterior.

Desde la noche anterior, notaba un nudo en el estómago que no me dejaba dormir, ni comer, ni hacer vida normal. Y todo por culpa de Max.

Sus palabras seguían incrustadas en mi cerebro. Quería creerle, de verdad que quería, pero no a cualquier precio.

No porque pensara que era la única opción que le quedaba.

Necesitaba… que me quisiera. Que tuviera sentimientos reales por mí.

—¿Y qué? ¿Solo por eso ya debo conformarme?

—No —resopló Gia—, pero, al menos, escúchale.

Tomé un sorbo de café… y lo aparté de inmediato.

Sabía a rayos.

Todo me sabía fatal en los últimos días.

—Vale. Le escucho y… ¿luego qué?

—Confía en tu corazón. El corazón nunca falla.

Vaya, qué romántica se había vuelto de pronto. Y eso que Gia rechazaba el amor siempre que alguien aparecía en su vida. Como si ella fuera el agua y las relaciones románticas el aceite: incompatibles.

Claro que, por otro lado, estaba actuando de forma muy injusta con Max al no escucharle.

Lo admitiera en voz alta o no, lo cierto era que me aterraba oír de sus labios que no me quería. Que solo hacía esto por un estúpido trato, o por saldar su honor.

Si iba a quedarse a mi lado, tendría que ser por amor.

No iba a conformarme con menos de eso.

—Estoy asustada.

—Eso ya lo sé —Gia me dio un toquecito en el brazo, con cariño—. Y solo por eso ya merece la pena que te lances. Dicen que, cuando algo te asusta mucho, es porque no se cumplirá.

—Qué tontería.

—Pon a prueba la teoría —guiñó un ojo—, y luego me cuentas.

Cedí por completo.

Alargar esta situación no tenía ningún sentido.

Escribí un mensaje rápido a Max, preguntándole si aún estaba en la oficina y si podía pasarme en un rato.

No tardó ni un minuto en responder que sí.

Ese era el primer paso.

Y el segundo… escucharle.

Aunque me asustara muchísimo su respuesta.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Gia.

Sacudí la cabeza, negando.

—Esta es mi guerra. Pero si me rechaza, espero que luego me invites a sushi.

—No puedes comer sushi.

Solté una maldición.

La señora que había sentada en la mesa de al lado arrugó el ceño y la boca, y me miró de malos modos.

—Creo que estos meses se me harán muy largos.

Gia se rio.

—Es por una buena causa. ¡El cacahuete está en camino!

A pesar de los nervios y el miedo, me reí con ella.

Era cierto: mi pequeño cacahuete estaba aquí, por fin, y sería el niño más amado de todos.

Solo esperaba que Max lo quisiera con la misma intensidad.