Capítulo 46
Max
Una vez en el coche, coloqué la primera emisora de radio que sonaba, y bajé un poco las luces.
—¿Cómo has estado estos días?
—Bien.
—¿Al final no has podido convencer a Emma para que te devuelva el puesto?
Ada resopló, cansada.
—Pues no. Me ha sacado del caso en el que estaba trabajando.
Lo dijo con tanta tristeza que me ardió la rabia en las venas.
Algún día me vengaría de Emma.
—Lo que te he dicho antes sigue en pie. Y no, no es por lástima. Es por sentido común.
—¿Tú y yo trabajando juntos de nuevo? —Ada alzó una ceja—. No digas tonterías. Paso de ver cómo sigues quedando con mujeres descomunales mientras a mí la barriga me llega por la barbilla.
Casi me eché a reír.
—¿Crees que eso es lo que hago, flor de loto? ¿Quedar con otras?
—Sobre lo de esa mujer…
—Ya te dije que solo era una ex a la que le eché un cable. No está en mi casa. Nunca debí pedirle que se quedara allí, conmigo. Y menos sin consultarlo antes contigo.
—Tampoco tienes que pedirme explicaciones. Nunca hemos sido nada —rezongó.
Apreté el volante con algo más de fuerza, intentando mantener la calma. Porque era injusto que Ada pensara así de mí.
No jugaba con las mujeres.
No era esa clase de miserable.
—Reconozco que no he sido el hombre más romántico del mundo, y que, desde luego, se me han olvidado unos cuantos aniversarios por estar demasiado pendiente del trabajo.
Tal vez ni siquiera tenga una ex con la que me lleve cordialmente, porque todas viven lejos, o simplemente no teníamos esa confianza a la hora de contarnos nuestros problemas.
Pero no he sido infiel jamás. Si sentía que mi relación no iba a ningún lado, cortaba por lo sano.
Me quedaba con lo bueno, y evitaba hacer daño a gente inocente.
Siempre he ido con la verdad por delante.
Ada se mordió el labio inferior con fuerza.
—¿Por qué me cuentas esto?
—Porque es hora de que borres esa imagen que tienes de mí, donde me ves como un impresentable. Ni siquiera invitaba a mis parejas, fueran sexuales o románticas, al despacho. Jamás. Para mí, ellas estaban fuera de ese mundo.
—Ya lo sé.
—¿Entonces por qué das por hecho que estoy jugando a dos bandas?
—Porque tendría todo el sentido del mundo —repuso como si nada—.
Eres el hombre más atractivo que he conocido jamás.
Sexy como el infierno. Y ahora sé que, además, follas genial.
Lo lógico sería dar por hecho que te encanta revolcarte con las mujeres y disfrutar al máximo. Sobre todo, si no tienes nada serio.
—Para mí, tú nunca has sido un pasatiempo.
Como no quería seguir perdiéndome su reacción ante mi discurso, decidí aparcar en una de las calles más tranquilas de la ciudad, donde nadie nos molestara, y la miré por fin.
—Cuando dije que quería conocerte a fondo, lo dije de verdad.
—Solo querías una cosa de mí.
—Para ser honestos, lo quiero todo. Incluso a ese bebé —dije por fin.
Ella abrió muchos los ojos, sorprendida.
—Ni siquiera sabes si es tuyo —balbuceó.
—¿Y qué? ¿Crees que eso me importa?
—Debería.
Chasqueé la lengua, me quité el cinturón y la tomé de las mejillas. Obligándola a mirarme por fin.
—Algo me dice que esa criatura es mía. Pero incluso si no lo fuese, me da igual. Tú lo vas a traer al mundo y es lo único que me importa.
—Max…
—¿Qué problema hay? ¿Es que no quieres que me haga cargo?
—Si es porque sientes que es tu obligación, no.
Casi me eché a reír.
Dios, era tan cabezota.
Apreté más las manos sobre sus mejillas y le besé la comisura de sus labios.
—Lo estoy diciendo porque me gustas, Ada. Muchísimo. Porque eres maravillosa. Y porque tener una familia contigo es lo que más ilusión me hace.
Ada continuaba sin estar segura. Se le notaba en la tensión de sus hombros, en la duda que asomaba sobre sus ojos.
No la culpaba, en realidad.
Pero también me dolía.
—Es que no sé si quiero esto.
—¿Es por mí?
—Me propusiste un trato escandaloso y yo me negué por algo, Max —suspiró—. No quiero ser una incubadora con patas.
—Y no lo eres.
—¿Sientes algo por mí?
Nos quedamos mirándonos en la lejanía, el uno al otro, con tanta intensidad que el aire empezó a consumirse más rápido dentro del coche.
Dios, sentía tantas cosas por ella. Y todas únicas, intensas. Como si fuera la primera vez.
Abrí la boca para responder… pero entonces un par de luces rojas y azules iluminaron el callejón, y alguien tocó la ventanilla.
—Joder —grazné, alejándome de ella y bajando la ventanilla—. ¿Pasa algo, agente?
El policía se nos quedó mirándonos, y luego chasqueó la lengua.
—Tener sexo en público está prohibido.
—No estábamos haciendo nada.
El policía nos alumbró con la linterna.
—¿Se encuentra bien, señorita?
—Sí —respondió Ada.
—¿Está aquí por propia voluntad?
—¿Qué cojones? —espeté.
El policía me dedicó una mira desdeñosa.
Ada suspiró.
—Claro que sí.
—Bien. Pues largo de aquí, entonces. Ya tenemos una edad para estar haciendo estas cosas.
Casi me bajé del coche en ese momento. ¿Qué se creía? Joder, la policía de esta ciudad nunca hacía nada, y cuando estaba a punto de culminar mi conversación con Ada, aparecían para jodernos todo.
Cabreado hasta lo indecible, subí la ventanilla y me puse en marcha.
—Lo siento, Ada —me disculpé.
Ella no respondió.
—Para, para —gruñó, soltándose del agarre del cinturón.
—¿Qué pasa?
Ni siquiera respondió.
Abrió la puerta del coche y salió corriendo… justo a tiempo para vomitar sobre la acera.
Vi cómo el agente volvía a acercarse a nosotros.
—¿Está conduciendo ebrio? —me preguntó.
—No —gruñí—. Es que está embarazada.
No se lo creyó.
Al final acabé fuera del coche, soplando en el alcoholímetro, mientras Ada me miraba con carita de cachorrito apenado.
Definitivamente el destino no quería que le dijese de una vez por todas que la amaba con todo mi ser.