Capítulo 45
Max
No hablar con Ada estaba afectando negativamente a mi trabajo.
No lograba concentrarme en nada. Ni siquiera en los clientes, en mis compañeros, o en las entrevistas que nos hacían cada semana para salir luego en una revista de derecho que solo compraban unos pocos.
En los juzgados me sentía fuera de lugar. Como si mi cabeza se negara a cooperar a la hora de exponer el caso y defender a mi cliente.
Casi me costó una derrota, y eso me tuvo de mal humor casi toda la semana.
Necesitaba que Ada supiera lo que sentía por ella y por qué no me importaba todo lo demás. Cuanto antes cerrara ese capítulo, antes volvería a mi vida de siempre.
Pero no fue hasta el viernes que por fin abrí los ojos y me sentía en paz conmigo mismo.
Había conseguido una invitación doble para la firma de libros de Elisa Moore a última hora.
Nada que nos metiera en problemas. Una de las abogadas con las que salí en el pasado dejó caer esa información delante de mí y, nada más unir los cabos sueltos, decidí que a Ada le encantaría participar. Si es que no tenía invitación ya.
Por suerte para mí, no fue el caso.
La parte negativa es que tampoco me llamó ni me dio pie a hablar con ella por teléfono.
Seguíamos en esa línea donde no nos estábamos alejando, pero tampoco permanecíamos cerca el uno del otro.
Y la incertidumbre estaba acabando conmigo.
Salí antes del trabajo y me dirigí directamente a la librería donde se celebraba la firma. Era una especie de fiesta literaria donde algunas personas aparecieron disfrazadas de personajes creados por Elisa Moore.
Tardé como diez minutos en ubicar a Ada, pero finalmente la vi, con un vestido precioso de color negro y margaritas amarillas, y el pelo recogido de manera informal.
Sin darme ni cuenta, los primeros segundos me quedé mirando su vientre, como si de pronto le hubiese crecido y su estado fuera notable. Lo cual no era el caso. Seguía plano, y con el vestido lo disimulaba aún más.
Sin pensármelo dos veces, caminé hasta ella y me coloqué a su lado.
Ada tardó muy poco en alzar la barbilla y observarme como si estuviera viendo al presidente de Estados Unidos.
—Sabía que aparecerías.
—¿Y eso es bueno o malo? —pregunté, intrigado.
—Depende. ¿A qué has venido?
—A pasar un rato contigo.
Por el rabillo del ojo vi cómo se le coloreaban las mejillas.
Primera victoria.
—No molestes demasiado.
—No lo haré.
Hicimos cola durante media hora y entramos a la librería junto a una veintena más de personas. Dentro no cabía un alma. Éramos un montón. Al fondo, Elisa Moore ya los esperaba sentada en su mesa, junto a la dueña del local y su editora.
Me había informado de todo.
Ada, emocionada, tomó asiento en la segunda fila. La acompañé pese a las protestas generales de otras mujeres que pretendían disfrutar de la charla de su escritora favorita. Pero no me iba a alejar de ella.
Nunca más.
—¿Te has traído algún libro para que te lo firme?
—Seis.
—En el cartel pone que solo firma tres por persona —dije, señalando con la barbilla el letrero junto a la mesa.
Ada alzó una ceja y sonrió de forma lobuna.
—Los otros tres son para ti. Si ibas a venir, por lo menos que sirviera de algo.
Oculté las ganas de reír que sentía y me crucé de brazos.
Victoria para Ada.
Mi chica era muy inteligente, desde luego.
Una hora y media más tarde, todo el mundo formó una fila frente a la mesa para que Elisa Moore les firmaba los libros.
Aprovechando el revuelo general, me coloqué detrás de Ada y le acaricié un mechón de pelo, despreocupado.
—Tenemos que hablar.
—No lo creo.
—Claro que sí.
—Por tu culpa me han despedido —siseó ella.
—Si Emma quería echarte, lo iba a hacer de todas formas.
Una arruguita apareció en su nariz respingona.
—Aún tienes un puesto de trabajo junto a mi mesa.
Ella ahogó un jadeo.
—No necesito tu compasión.
—Eres una persona importante para mí, Ada. No se trata de compasión, sino de…
Llegó nuestro turno, y Elisa Moore nos sonrió con calidez.
Ada enseguida se lanzó a decirle cuánto la admiraba, cuáles eran sus novelas favoritas y lo mucho que anhelaba el último tomo de una saga ubicada en un hotel.
Estaba… radiante.
Se la veía brillar de la emoción.
Le hice un par de fotos con el móvil y me lo guardé.
Ada agarró sus libros y yo coloqué los míos sobre la mesa.
—Son para ella, pero fijamos que no —le dije a la autora, guiñándole un ojo.
Elisa Moore se rio y me los firmó. No se quejó en ningún momento.
A veces, las escritoras eran geniales. Como esa.
Una vez me aparté de la fila, le entregué a Ada sus libros. Ella los abrazó con mucha fuerza.
—Esto ha sido como un sueño —admitió.
—Me alegra verte feliz.
Ella se mordió el labio inferior.
—¿Cómo conseguiste las invitaciones? Estaban agotadas.
—Un mago nunca cuenta sus secretos.
Ada puso los ojos en blanco.
—Gracias por permitirme vivir esta experiencia, Max.
A pesar de que siempre me había considerado un hombre bastante frívolo a la hora de mostrar cariño, en ese momento noté cómo me derretía por dentro y, sin pensármelo dos veces, la tomé de las mejillas y la besé con suavidad.
—Haría cualquier cosa por ti —admití—. Aunque no quieras escucharme.
Los ojos de Ada se movieron con nerviosismo por mi rostro. Había duda y anhelo en sus pupilas. Un mar de dudas en el que se ahogaba. Un miedo atroz a equivocarse.
—¿Me llevas a casa? Mañana tengo que ir a recoger mi finiquito.
Suspiré y asentí.
Ada no daría su brazo a torcer… a menos que volviera a hacer algo al respecto.