Capítulo 43
Max
—Eres experto en joderla, eso está claro —dijo Cayden junto a mí.
Mandaba cojones que lo dijera él, después de todo. Porque su relación con mi hermana no es que fuese un camino de rosas al principio. Por no hablar de cómo afrontaron lo que ocurrió entre ellos antes de confesármelo… y solo porque los descubrí por error.
—Si vas a seguir insultándome, me voy. Y te aseguro que comprar un anillo de compromiso es la peor tortura a la que te vas a enfrentar en la vida.
—Claro que no. Es para la mujer que adoro, así que todo irá bien.
Estuve a un segundo de pegarle una colleja.
No soportaba esa aura alegre y de color rosado que se encendía a su alrededor cada vez que hablaba de Maddison. Me recordaba dos cosas: que se tiraba a mi hermana y que era un cursi de narices.
—Vete al infierno.
Cayden soltó una carcajada por lo bajini.
—No pagues tu mal humor conmigo. No es culpa mía que hayas metido la pata con Ada.
Aún sentía ese dolor intenso, casi infernal, taladrándome la cabeza cada vez que recordaba lo que pasó en el despacho de Ada.
Nunca pensé que Emma la echaría a cajas destempladas de su bufete, como si estar embarazada fuese el octavo pecado capital o una enfermedad muy peligrosa.
Durante un par de días, tuve la necesidad de ir a su bufete y exigirle que readmitiera a Ada. Pero ella me había pedido que no hiciera nada, y pensaba cumplir mi promesa.
—¿Has hablado con ella?
—No —gruñí.
Seguimos paseándonos por la joyería, viendo vitrina tras vitrina: Cayden con mucho interés, y yo con aburrimiento.
—¿Y cuándo vais a aclarar lo del bebé?
—Cuando quiera verme.
Cayden se rascó el mentón, pensativo.
—¿Crees que a Maddison le gustan las esmeraldas?
—Zafiros. Prefiere los zafiros.
Mi amigo asintió y se dirigió a la zona donde brillaban aquellas piedras preciosas que, en realidad, no significaban nada.
—Invítala a la noche de pedida. Va a venir bastante gente, así que no se sentirá tan vulnerable.
—¿Por qué piensas que va a venir?
—Porque le enviarás un regalo que no se resistirá a querer usar.
—¿Joyas?
—Un ramo de flores, un desayuno y una invitación formal.
—Eso es una chorrada —rezongué.
—Parece mentira que no conozcas a las mujeres a estas alturas, Max.
—Lo que me sorprende es que mi hermana se vaya a casar contigo sabiendo que piensas así de simple. A las mujeres no se las compra con regalos, Cayden —dije—. Hay que hacerles ver que tienes interés real en ellas.
—Entonces… ¿cómo lo vas a conseguir?
Nos detuvimos junto a la última vitrina. No había mucho donde elegir. Pero mi mirada captó un anillo con zafiros precioso. Caro, aunque bonito.
—Maddison se volverá loca si le regalas ese —señalé.
Cayden resopló al ver el precio.
—¿No acabas de decir que a las mujeres no se las compra con regalos?
—Una mujer como Mad no se conformará con llevar un sencillo anillo de bodas —enarqué una ceja y sonreí, burlón—. En cuanto a Ada, creo que sé lo que debo hacer.
—¿Te vas a presentar en su casa con un cartel en la mano que diga “soy un idiota, perdóname”?
—No. Haré algo mucho mejor.
Cayden frunció el ceño.
—¿Cuál es tu idea?
—Mientras te la cuento, vamos a pedirle a la dependienta que nos enseñe el anillo. Una pedida sin anillo solo es una fiesta entre amigos.
Cayden apretó los labios, hasta formar una línea con ellos.
La mujer que había detrás del mostrador, cuya mirada no apartaba de nosotros, sonrió coqueta en dirección a Cayden. Pero se le borró nada más oír que él quería ese anillo para su prometida.
Mientras aguantaba la risa por la situación, saqué mi teléfono móvil e hice un par de llamadas.
Tenía que conseguir que Ada comprendiera que la quería y que de verdad deseaba estar a su lado. Y solo lo conseguiría si jugaba muy bien mis cartas.