Saga Sin Reglas Capítulo 42
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Capítulo 42

Ada

—Estar tirada en el suelo no va a ayudarte en nada.

Ignoré la vocecita de Gia y su presencia mientras emitía un “mmmmmhhhhh” de manera continua. Como si eso sirviera de algo.

Las malditas influencers que hablaban constantemente de conectar con tu yo interior, con la paz que habitaba en tu entorno, se veían muy saludables y poco estresadas. Así que, si ellas podían, yo también.

¿Por qué no?

Sonaba mejor que hacer una pataleta con casi treinta y cinco años.

—Ada, va en serio.

— Mmmmmmmhhhhh…

—Ada, esto es absurdo. Espabila, coño.

— Mmmmmmmmhhhhhh…

—Buda no va a bajar a salvarte de esta situación, ¿eres consciente de ello?

— Om Shanti Shanti Shanti.

—¡Ada!

— Yo soy la existencia misma.

—Pues tu existencia ahora mismo solo consiste en hacer el imbécil.

— Acepto mis pensamientos y emociones.

—Y lo dices después de comerte tres hamburguesas, dos helados y media botella de té helado.

Abrí ligeramente un ojo y lo cerré muy rápido.

Gia estaba muy cabreada.

Pero yo lo estaba más. Por eso necesitaba relajarme. Traer la paz a mi interior. Porque el agujero negro de mi estómago solo se cerraba cuando algo o alguien me provocaba náuseas.

—Ada, eres una mujer adulta. Actúa como tal. Denuncia al bufete por despido improcedente.

— Estoy en paz.

—Estás en paro —corrigió Gia, ya sin ese filtro de asertividad que solía usar para no ofender a nadie—. Y embarazada. Y ese niño no va a vivir del aire.

Nada. Resultaba imposible encontrar la paz mientras tu mejor amiga te recordaba constantemente que en unos meses acabarías en la calle, con un bombo hasta la barbilla y sin un solo bufete que quisiera contratarme.

Finalmente decidí cortar esa conexión especial con Buda —tampoco es que me importara, dado que no me respondió—, y me senté en el suelo, mareada.

—¿Has acabado ya? —me quejé.

Gia apretó los puños y los dientes.

—¡No! Pues claro que no. Estoy tratando de ayudarte, y tú has decidido hacer el imbécil.

—Perdón por querer calmar mi ansiedad —repuse con ironía.

—Repitiendo frases absurdas no vas a conseguir una mierda. Si fuera tan fácil, los psicólogos no tendrían trabajo y los médicos dejarían de recetar pastillas.

Le tendí la mano para que me ayudase a levantarme.

Gia puso los ojos en blanco y tiró de mí.

—Vale, después de tu golpe certero en el centro de mi ser… ¿qué quieres? ¿qué hago?

—Intervenir antes de que ese despido se haga realidad, por ejemplo. ¡No te pueden echar por estar embarazada!

—Claro que sí. De hecho, lo van a hacer.

Emma ya me había mandado un email para que supiera las condiciones. Me pagarían un plus, pero no me aceptarían nunca más entre sus filas.

Con ese dinero sobreviviría unos meses más. Y luego… Bueno, luego se acabó.

Solo de recordarlo me daban náuseas.

—Pues es ilegal. Trabajo en un bufete de abogados y lo escucho cada dos por tres —insistió Gia, mucho más enfadada que yo.

Porque, como buena libra que era, no soportaba las injusticias—.

Necesitamos demandarlos y que se les caiga la cara de vergüenza.

¡Son unos impresentables! Expulsar así a una mujer embarazada…

—Es obvio que no quieren perder a una abogada de sus filas y, además, pagarle mientras está de baja. Esto es más viejo que el pan, Gia —traté de tranquilizarla—. Voy a encontrar otro sitio donde trabajar y…

—¿Crees que te van a coger en otro bufete? Seguro que esa víbora les dirá a todos que estás embarazada, y nadie te cogerá.

Un escalofrío sacudió todo mi cuerpo.

Gia tenía razón, aunque no quisiera escucharla. Si Emma hablaba con los otros bufetes, les diría la verdad: que me despidió porque iba a ser madre.

De pronto me entraron unas ganas horrorosas de llorar. A moco tendido. Como si el mundo se acabase al día siguiente.

—Ay, mierda, lo siento —se disculpó rápidamente Gia, abrazándome—. Soy una insensible.

—Solo estás diciendo las cosas que no quiero oír —hipé.

—Eso no me da derecho a ser tan mala amiga.

—No importa —volví a hipar—. Es que soy un desastre y no sé qué hacer.

—Pues demandarlos. Quejarte. Haremos ruido.

—Si tan solo Max se hubiese quedado callado…

Gia chasqueó la lengua.

—Vamos, Ada; sabes que no lo hizo a propósito. Además, se habrían enterado tarde o temprano. La panza te va a crecer, ¿sabes?

—Pero me habría dado tiempo a terminar el caso que me traía entre manos y… —sollocé más fuerte—. Y…

Gia frotó mi espalda con cariño. Nos quedamos unos minutos así, aferrada la una a la otra.

Ella era la única amiga que tenía. Mi hermana. Mi familia.

Dado que mis padres no querrían ni escucharme, porque considerarían que había fracasado en la vida —más aún—, solo me quedaba Gia y el bote de helado del congelador como soporte para no hundirme.

—¿Por qué no descansas un poco? Pedimos unas pizzas, nos ponemos unas pelis y desconectamos —sugirió Gia.

Asentí varias veces con la cabeza.

Por lo menos no tendría que volver a tirarme al suelo y fingir que me importaba conectar con mi yo interior en un intento desesperado por no volverme loca.

Namasté… Sí, los cojones.

—Vale. Date un baño con sales y todo eso, y yo iré pidiendo la cena.

Sorbí por la nariz, me limpié la cara y le hice caso.

Total, no tenía nada más que hacer. Salvo autocompadecerme de mí misma.