Capítulo 36
Ada
Ante el sonido insistente del timbre, no me quedó de otra que abandonar la cama e ir a abrir. Supuse que sería Gia en uno de esos ataques de hiperactividad que le entraban después del trabajo y se alargaban hasta la noche.
No vivíamos muy lejos la una de la otra. A veces, solíamos visitarnos después de la cena si no conseguíamos dormir o tranquilizarnos. Y Gia tenía encima demasiados problemas familiares como para no desquiciarse.
Con la manta por encima y descalza, abrí con un movimiento perezoso.
Pero no era Gia quien me devolvía la mirada, sino Max.
—¿Qué haces aquí?
Soné más brusca de lo que pretendía.
Ni siquiera buscaba espantarlo, pero no me apetecía en absoluto hablar con él.
Prefería aislarme un poco más y luego mandarle un mensaje, avisándole de que ya no quería seguir viéndolo a solas.
Sin embargo, que se presentara en casa de esa manera lo cambiaba todo. Las piernas me temblaron, el corazón se me aceleró.
—Ya que has decidido pasar de mí, quería descubrir por qué —dijo con calma. Porque Max rara vez se enfadaba—. Estaba preocupado por ti.
Clavé los dientes sobre mi labio inferior, sin saber cómo decirle que se fuera sin parecer una lunática.
Todavía me dolía mucho haber descubierto que seguía viéndose con otras mujeres mientras me conocía. Aunque fuese ilógico. Aunque no tuviéramos nada de manera oficial.
—Estoy bien. De hecho, iba a dormir ya.
Los ojos de Max se desviaron por mi figura.
—¿Sigues enferma?
—No.
—¿De verdad? —sonó muy aliviado de pronto.
—Claro. Solo fue un virus estomacal —mentí. Y esas palabras quemaron sobre mi lengua—. Necesitaba unos días de reposo y…
—Ada —me cortó él, más firme—, deja de engañarme. Si el médico te ha dado un mal pronóstico, si te ocurre algo, lo que sea… déjame estar contigo.
Pestañeé un par de veces.
—¿Cómo dices?
—Si estás aislándote porque crees que nadie te apoyaremos, es mentira.
Mira, sé que igual necesitas lamerte las heridas a solas, y lo entiendo.
Pero no quiero que te aísles en un rincón, porque tienes a gente que te aprecia.
Yo te aprecio —recalcó—, y me importas, y quiero estar aquí en las malas también.
Las rodillas me temblaron.
De pronto sentí que me mareaba o que el oxígeno no llegaba con naturalidad a mis pulmones.
No podía creer que estuviéramos hablando de esto. O que Max hubiese llegado a la conclusión de que estaba enferma terminal o algo así.
Abrí y cerré la boca varias veces, intentando decir algo. Max debió preocuparse, porque entró de pronto y me tomó del mentón. Sus dedos rozándome el labio inferior con una suavidad increíble.
—Ada… ¿qué es? Por favor, dímelo.
Pero no fui capaz.
¿Cómo iba a decirle que estaba embarazada? ¿Y que no sabía si él era el padre?
Por dios, necesitaba tiempo. Organizar mis ideas.
Él estaba con otras mujeres y yo no quería ser una más en la lista. O que me tuviera lástima por el embarazo.
—No es nada. Estoy bien, de verdad —balbuceé, temblando como una hoja—. Solo fue un virus estomacal.
Max se quedó mirándome largos segundos. Intentando descifrar lo que pasaba por mi cabecita. Si le mentía o no.
Y entonces, sin venir a cuento, me besó.
Su boca aplastando la mía consiguió que todo pensamiento de mi cabeza se disolviera de golpe. Como la ceniza en el aire. Gimoteé de vuelta, sin poder evitarlo, y le dejé rodearme con sus brazos fuertes y firmes mientras devoraba mis labios con hambre.
Anhelaba su contacto más que ninguna otra cosa. Débil como era, no me resistí cuando empezó a empujarme hacia el sofá, dispuesto a deshacerse de toda la ropa que llevaba puesta.
Maximus besaba tan bien que te hacía gimotear y suplicar casi enseguida. Un roce de su lengua y mi cuerpo se agitaba como si fuera una maraca.
—¿De verdad no te ocurre nada malo? —susurró de nuevo, sus labios rozándose con mis labios.
Observé sus ojos y noté un vuelco en el corazón.
Qué hombre tan guapo. Qué hombre tan encantador.
—Te prometo que no estoy enferma.
Eso no era mentir. Solo estaba omitiendo la verdad.
—Bien. Eso… me deja más tranquilo.
Hasta ese momento no me había fijado que Max no llevaba su traje de siempre, sino un pantalón holgado de deporte y una camiseta transpirable de color blanco. Estaba sexy como el infierno.
Ya fueran mis hormonas alborotadas o que existía una química imparable entre nosotros, reaccioné de inmediato a su voz y a sus caricias. Mi sangre espesándose y mi cuerpo bullendo como un volcán a punto de explotar.
Las manos de Max, que siempre estaban tibias y algo ásperas, retiraron la camiseta de mi pijama y me dejó expuesta a su mirada.
En sus ojos reinó todo un caos de emociones: desde la lujuria más desenfrenada al alivio más dulce.
Ese hombre no mentía al decir que me apreciaba.
Y yo me aferré a esa idea con todas mis fuerzas.
—No sabes cuánto te echaba de menos… —gruñó contra mi cuello, rozándome esa zona sensible con su aliento—. Eres una completa delicia. Me vuelves jodidamente loco, flor de loto.
Bizqueé por el cosquilleo que sentía por toda la piel. El escalofrío que bajó por mi espina dorsal.
Ese hombre era mi perdición.
Pero no quería que me acariciara por todos lados, lento y comedido. Lo necesitaba con una urgencia que no era de este mundo.
Tiré de su camiseta y se la quité, dejando a la vista su torso perfecto; salpicado por el vello oscuro y rizado que caía en cascada hasta su entrepierna. Nunca podría escapar de mi destino: llenar la piel de ese hombre de besos y mordiscos.
Me incliné hacia adelante, hambrienta como nunca, y le arañé el pecho, lento, mientras capturaba su boca de nuevo. Él soltó un gemido ronco, de esos que te hacen perder el maldito juicio.
—Sigue —gruñó, con los ojos encendidos y las pupilas dilatadas; como si estuviera a punto de devorarme entero. Y joder, yo quería que lo hiciera. Quería que me destrozara.
Me agarró de la cintura con sus manos enormes, y me empujó contra la pared con tanta fuerza que se me escapó el aliento de los pulmones.
—¿Esto quieres, flor de loto? —jadeó, mordiéndome el cuello hasta arrancarme un gemido.
No contesté. No hacía falta. Mi cuerpo ya se ofrecía en bandeja. Estaba desesperada, rogando que me tomara de una puta vez.
—No sabes las veces que me he corrido pensando en ti en los últimos días —susurró contra mi oído, bajando la mano por mi vientre, hasta el calor que habitaba entre mis piernas—.
Pero ninguna se sintió como esto. Eres… Joder, Ada.
Eres lo más sexy que he tenido entre mis manos.
Solo te he besado y ya tienes el coño empapado.
Gemí con fuerza cuando su mano bajó y me tocó justo ahí, sin avisar. Sin piedad. Abriéndome para sus dedos invasores.
—Te deseo tanto…
Y yo a él, joder.
Lo deseaba como a nadie.
Su voz me perforó como una corriente eléctrica. Cada palabra se me clavó en la piel como un tatuaje invisible.
Mis manos acabaron apoyadas contra la pared. Acorralada como estaba, Max hizo conmigo lo que le dio la gana.
Me sostuvo con una sola mano, presionando mis caderas, atrapándome sin darme tregua. Con la otra, bajó mis pantalones sin miramientos, con una urgencia animal.
—Mira cómo tiemblas —gruñó, besándome el cuello, mordiéndome la clavícula. Sus dedos acariciando de forma perezosa mi coño—. Estás hecha para esto. Para mí. Para que te folle muy duro, flor de loto.
Cerré los ojos con fuerza, ahogada por el deseo. Su mano bajó, me envolvió, y casi me desplomé. Ese toque no era suave. No era dulce.
Max no quería suavidad y yo tampoco.
—Estás tan jodidamente mojada —susurró mientras pasaba los dedos por mi centro, abriendo, tocando, provocando—. Te corre el deseo por las piernas, flor de loto. Por eso tiemblas, ¿verdad?
—Sí… Max, por favor…
Me arqueé hacia él, suplicando, maldiciendo, perdiendo todo orgullo.
Besó mi nuca tras apartarme un poco el pelo. Retiró la mano de mi coño y me bajó también las bragas. Estaba completamente desnuda. El aire fresco de la noche erizaba mi piel.
Max no me dejó desatendida mucho tiempo, en realidad. Aprovechó ese momento para bajarse un poco el pantalón de deporte y ponerse un condón rápidamente.
No quise pensar en el motivo por el cual iba bien equipado a cualquier lado.
Cerré los ojos y gemí bajito cuando me cubrió con su cuerpo de nuevo.
El calor de su piel mezclándose con el mío era demasiado íntimo.
Las manos de Max se aferraron a mis caderas, mientras que separaba mis piernas con un movimiento rápido de su rodilla. De pronto no era más que una criatura temblorosa y ansiosa por ser follada.
—Dime que me deseas.
—Te deseo. Por completo —gimoteé.
Subió una mano por mi costado, hasta mi pecho, y lo apretó con fuerza.
Un relámpago de placer me azotó justo entre las piernas.
—Dime que quieres que te folle.
—Quiero que me folles, Max.
Mi voz sonaba patética.
Estaba hecha un desastre.
Y cuando me penetró, de golpe, de lleno, lo vi todo blanco. Me folló de una sola estocada, brutal. Acometidas que empujaban mis caderas hacia delante y me presionaban más contra la pared.
Solo podía gemir, lloriquear. Suplicar.
El placer era demasiado intenso. Indescriptible.
—¡Joder! Flor de loto… —rugió detrás de mí, embistiéndome como si fuera la última cosa que haría en la vida—. Vas a correrte por mí, ¿verdad?
—Sí… —gimoteé—. Sí, sí…
Cada embestida era más profunda e intensa que la anterior. El sudor que me resbalaba por la espalda. El sonido sucio de nuestros cuerpos chocando, húmedos, violentos, me hacían jadear con más fuerza.
Lo quería así solo para mí.
No quería compartirlo, joder.
Lo sentía hasta el fondo. Y, aun así, lo quería más profundo. Más duro. Más fuerte.
—¡Más! —le grité, sin aire. Aferrada a la pared—. Más, por favor… Max…
Y me obedeció.
Sus manos pasaron de estar en mis caderas a mis pechos, agarrándome de ellos mientras me llenaba de besos por los hombros y la nuca. Yo solo lograba jadear, soportando el peso de sus embestidas.
Entraba y salía de mí sin piedad.
Como si los dos nos hubiéramos echado mucho de menos.
Como si encajáramos tan bien que nuestros cuerpos respondían el uno al otro.
Mi orgasmo llegó sin aviso. Intenso.
Me sacudió entero, derramándome mientras él seguía dentro, follándome sin piedad, buscando el suyo.
—Max… dentro… Yo…
Él mordisqueó mi oreja, sosteniéndome con fuerza, para que mis piernas no cedieran.
—Te tengo, preciosa —susurró, al borde del abismo—. Te tengo.
Y entonces lo sentí. Su gruñido grave, salvaje. Su cuerpo tensándose. El calor ardiente que explotó dentro de mí. No paraba de gemir mi nombre, una y otra vez, como una plegaria sucia.
Solo se detuvo cuando su cuerpo dejó de convulsionar sobre el mío.
Nos desplomamos juntos, jadeando, temblando. Él me sostuvo entre sus brazos y me llevó hasta el sofá, donde caímos de golpe. Agotados.
Lo miré como si quisiera atesorar ese momento toda la vida.
Tendría que haberle dicho que estaba embarazada entonces, pero no tuve el valor. Porque no era tan valiente.