Capítulo 35
Max
Sabía que algo iba mal por dos razones: Ada no me respondía a las llamadas y los mensajes, y Gia, su amiga y mi secretaria, me lanzaba miradas de odio todo el rato.
Traté de preguntarle por ella, pero Gia bufó, me mandó a mi despacho y me hizo la ley de hielo durante dos días seguidos.
De pronto era el enemigo número y no lograba comprender qué demonios había hecho mal.
—¿Estás seguro de que no la has cagado de alguna manera? —preguntó Cayden mientras trotaba junto a mí.
Habíamos decidido pasar de tomarnos unas cervezas a salir a correr y liberar endorfinas mientras buscábamos una respuesta con sentido a la situación.
—Sí. Estábamos bien y de pronto ya no quiere saber nada de mí.
Ni un mensaje. Ni una respuesta.
Nada.
—Es muy raro. Piénsalo bien.
—Joder, te estoy diciendo que no es verdad. No le hice nada. Ella estaba pasándolo mal y de pronto desapareció.
Cayden se quedó en silencio unos minutos, sin dejar de mirar al frente.
El silencio que había a esas horas en el parque donde solíamos correr era de agradecer. No quería otros sonidos dentro de mi cabeza. Necesitaba mantenerla despejada para que todo funcionara.
—¿Y si le han dado una mala noticia y no sabe cómo decírtela?
—¿Qué? —paré en seco—. ¿De qué hablas?
Cayden me imitó, flexionándose un poco para coger aire.
—Estaba enferma, ¿no? A lo mejor es algo muy malo y necesita tiempo, asumirlo en soledad…
Un escalofrío bajó por mi espina dorsal.
De pronto, en mi cabeza se dibujaron decenas de escenarios, a cada cual peor que el anterior, y simplemente no lo soporté.
—Joder, no. Claro que no. Ella se ve sana y…
—Mucha gente se ve sana cuando reciben un diagnóstico delicado.
—Cayden —le advertí—, no es eso.
—¿Cómo lo sabes? —insistió mi mejor amigo—. ¿Acaso conoces su historial médico?
—No, joder. Pero ella no…
¿Y si era eso? Tenía mucho sentido, en realidad. Una semana de enfermedad, su ausencia, su silencio… ¿Y si le habían diagnosticado una enfermedad como cáncer?
Solo de imaginarlo, noté que la bilis subía por mi garganta.
Maldita fuera. No quería que le ocurriese nada malo.
—Tal vez deberías preguntárselo directamente —sugirió Cayden con cierto tacto—. Si está pasando por un mal momento, necesitará que tú la apoyes.
—Yo no sabía…
Cayden cabeceó.
—Ahora ya tienes una ligera sospecha. ¿Por qué no la visitas?
Eso sonaba razonable. Hablar con Ada directamente. Pedirle explicaciones. Apoyarla en todo lo que necesitara.
Ada me importaba muchísimo. Tan dulce y sexy al mismo tiempo. La clase de mujer que me volvía loco y a la que había subestimado cuando trabajábamos juntos. Y todo porque fui incapaz de ver que ella estaba interesada en mí.
Demasiado tiempo perdido.
Y si ahora le ocurría algo…
—Vale. Voy a su casa —solté de pronto, dando media vuelta.
Cayden, que me conocía de sobra, no trató de detenerme.
—¿Te llevo en coche?
—Vale.
Últimamente no nos veíamos demasiado por el trabajo, y por su vida familiar, pero agradecía que siempre viniese a mi encuentro cuando necesitaba una mano amiga. Como en los viejos tiempos.
—Si resulta que ella está… —Cayden carraspeó—, enferma… ¿Qué harás?
—¿A qué te refieres?
—¿Vas a decirle que te gusta?
—¿Hay algún motivo por el que no debería hacerlo?
Él resopló.
—Quiero decir que… bueno, quizás el diagnóstico no sea bueno.
—Joder, Cayden, me estás poniendo de los nervios.
—Lo siento —se disculpó rápidamente—. Solo intento entender si vas en serio con ella. A pesar de todo.
—Esa fue mi intención antes, y lo seguirá siendo. No cambia nada.
A menos que ella me echara a patadas de su vida, claro. Pero si no era el caso, la acompañaría en todo momento. Sin importar nada más.
Porque Ada me volvía loco.
Y porque se había robado mi corazón.
—Bien. Entonces vamos.
Mientras viajaba en coche con Cayden, con la música a un volumen bajo, no dejé de darle vueltas a todo lo que podría estar ocurriendo con Ada.
¿Y si se sentía sola? ¿Y si pensó que yo le daría la espalda solo porque estuviera enferma?
Solo de imaginarlo, mi humor se ensombrecía como en un día de tormenta.