Saga Sin Reglas Capítulo 34
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Capítulo 34

Ada

Estaba embarazada.

Después de muchos meses peleando por conseguirlo, por fin había una criatura creciendo en mi interior.

Me lo confirmaron cinco pruebas de embarazo. Cinco. Todas positivas.

Aunque Gia me abrazó y festejó conmigo, no terminaba de sentirme cómoda respecto a la situación. Y no porque no quisiera ser madre —¡claro que quería! ¡Era la ilusión de mi vida!—, sino porque no sabía cuándo ocurrió.

¿Sería el padre Max?, ¿o el donante anónimo?

La situación era jodidamente complicada.

Toda la noche en vela me permitió darle muchísimas vueltas al tema. Cómo decírselo a Max y cómo enfrentarme a la situación de la manera más sensata posible.

Aunque me había divertido muchísimo con Max, no era justo que lo empujase a este lado del barco solo por eso. Sí, el sexo fue bonito, la química era real, y el interés mutuo no se podía fingir…; pero, si al final del todo, él no quería ser padre… no lo obligaría.

No me parecía justo.

Y menos sin saber si sería de él o del donante anónimo.

Con un dolor de cabeza insoportable y unas ojeras que me llegaban al piso, fui a trabajar y traté de centrarme en lo que hacía.

No funcionó.

Vi en la cara de mi jefa que empezaba a cansarse de mí. Y la entendía. ¡Claro que lo hacía! Ella necesitaba a un equipo competente, y yo solo estaba perjudicándola.

Al final de la jornada, había conseguido terminar con el informe para la fiscalía. Ya solo me quedaba volver a casa, ducharme y hablar con Max.

Pero cuando salí del trabajo, no me dirigí rápidamente a mi apartamento. En realidad, pillé un taxi hasta la casa de Max.

Para mí, no tenía mucho sentido alargar lo que estaba ocurrido.

Y prefería llevarme la decepción cuanto antes.

Siempre había sido así, en realidad: de arrancar la tirita con fuerza y no con miedo. Para que el dolor pasara antes.

Di un par de golpecitos en la puerta y esperé.

Pero quien me recibió al otro lado no fue Max, sino una mujer alta, guapísima. Estaba en ropa interior y con una bata abierta cubriéndole los hombros.

Me quedé atónita ante su presencia.

—¿Quién eres? No hemos pedido comida a domicilio —se quejó ella, con una ceja alzada.

Tendría que haber dicho algo, lo que fuese. Algo elocuente. O simplemente mi nombre. Ada Grace.

Pero noté un pellizco en el estómago y un nudo en la garganta. Todo a la vez. Como si me hubieran traicionado de la peor manera.

De todos modos, ¿qué esperaba? Claro que Max seguía viendo a otras mujeres. ¿Por qué no iba a hacerlo? Entre nosotros no existía ningún vínculo real ni duradero. Nos habíamos acostado juntos un par de veces y nada más.

Él nunca mostró interés real en estar conmigo.

Me había hecho ilusiones, y eso era culpa mía.

Sonreí con tirantez, con la sensación de que iba a vomitar allí mismo, y sacudí la cabeza para no sonar como una lunática.

—Perdón, me he equivocado.

La chica torció la boca y bufó.

—Muy bien, pues hasta luego. Tengo asuntos que atender.

Y me cerró la puerta en las narices.

—¿Tú estás segura de que era una de sus amantes? —preguntó Gia cuando ya estaba más tranquila.

Después de la decepción que acababa de llevarme con Maximus, no quería volver a casa. Sola y vacía. Sin nadie que me hiciera sentir menos tonta.

—Me abre una mujer medio desnuda… ¿tú qué crees?

—Que voy a partirle la boca en cuanto lo ve.

A pesar de los nervios y el llanto, solté una carcajada.

—No es necesario que termines detenida por mi culpa.

—Claro que sí —Gia me acarició el pelo con cariño—. Eres mi amiga, y soy capaz de todo por protegerte.

—Necesitas ese trabajo, así que no te metas en líos.

Gia bufó.

—Puedo buscar otro.

—Claro que no. Además, Max ya no importa. Él es libre de hacer lo que quiera y yo también.

—¿Y qué ocurre con el bebé?

Mis dedos se deslizaron por mi abdomen todavía plano y suspiré. Aquel tema era más delicado. Ese bebé había aparecido en el peor momento y, a su vez, me hacía sentir una felicidad inmensa.

—Nada. Es mío y lo tendré sola, tal y como planeaba.

—Existe una posibilidad de que sea de Max.

Sí, pero eso tampoco era relevante. Si se daba el caso de que el padre era él, no dudaría en contárselo y en permitir que ejerciera su papel. Total, eso era lo que siempre buscó de mí: un bebé. En cuanto se lo diera, Max dejaría de fingir que yo le importaba.

—Por ahora solo hay una cosa clara: la madre soy yo. Y mientras yo sea la madre, decidiré todo acerca de él.

Gia hizo una mueca, en desacuerdo con mi decisión.

No me culpó, sin embargo. Se lo agradecí.

—¿Y qué pasará con Max?

—Nada. Él por su lado y yo por el mío.

Mi amiga me abrazó fuerte y yo contuve las lágrimas.

Había llorado casi una hora por la decepción, pero ya no lo haría más. Estaba cansa de eso.

Debía ser fuerte. Por mí, por mi bebé. Por nuestro futuro.

Lo demás, de momento, no importaba.

Ni siquiera que me doliese el corazón como si lo hubieran aplastado contra el suelo.