Capítulo 8
Max
—A veces no puedo creer que seas uno de los abogados más brillantes del país —soltó Cayden, con la mandíbula desencajada.
—¿Por qué no? —pregunté mientras limpiaba una de mis deportivas con un trapo húmedo. Me daba tanta rabia que se me mancharan de barro.
—¿Lo preguntas en serio? Tío, le has propuesto a una mujer que no conoces de nada que sea la madre de tu hijo.
—Técnicamente, Ada y yo fuimos compañeros de trabajo. La conozco.
—Y una mierda —bufó Cayden, totalmente alucinado—. Ella tiene razón al decir que no sabes nada de su vida, sus preferencias… ¿Qué pasa si es una fanática religiosa y pretende vivir con la Biblia debajo del brazo?
Me rasqué la barba distraídamente.
—Ninguna católica se prestaría a ser inseminada en una clínica. Eso va en contra de los mandatos de Dios. ¿O ya se ha olvidado? La mujer debe yacer con el hombre y hacer crecer su semilla en el vientre… —hice un aspaviento con la mano, restándole importancia.
Que Maddison y yo pasáramos los primeros años de nuestra vida en un colegio privado católico no nos enseñó demasiado sobre el catolicismo, pero sí a repudiarlo con todas las de la ley.
Cayden, junto a mí, volvió a bufar.
—¿Y si le gusta cosas extrañas? Como practicar nudismo, afiliarse al partido ultraderechista alemán o…
—Para —una carcajada brotó de mis labios sin poder contenerla—, por dios. Cállate un poco. Ada no es nada de eso.
—¿Y cómo lo sabes?
Tiré el trapo dentro del maletero del coche una vez mis zapatillas quedaron limpias y lo miré de frente.
Cayden seguía rojo y sudoroso de la larga caminata que nos habíamos dado por los alrededores de la ciudad. Todo estaba embarrado, así que no presentábamos nuestro mejor aspecto. Pero, al menos, liberábamos endorfinas.
—Porque un nazi siempre será un nazi, y dirá cosas de nazis. Y Ada jamás ha dicho nada malo. Palabrotas sí, claro; como todos nosotros. Pero ella no es extremista.
—Vale —accedió Cayden—. Eso no quita que no sepas nada de ella, más allá de que es buena profesional y de que te gustaba su culo.
—¿Qué? —me quedé a cuadros ante su última afirmación.
Una sonrisita curvó los labios de Cayden.
—Recuerdo que lo comentaste una vez de pasada.
Ah, por eso no me acordaba.
—Probablemente fue una apreciación puntual. Ada es guapa, sí —encogí un hombro al decirlo. ¿Para qué iba a mentir? Tenía ojos en la cara y sabía apreciar la belleza femenina, viniera de donde viniese—. Y eso es un factor más a la hora de que tenga a mi hijo. Saldría guapo.
Cayden se apoyó en el capó del coche, con los brazos cruzados y una ceja enarcada.
—Sé sincero conmigo, Max. ¿Por qué lo has hecho?
Tendría que haber adivinado que Cayden querría meter las narices en este asunto igual que lo haría un hermano mayor.
Tal vez ahora fuéramos familia de manera oficial —él estaba casado con mi hermana—, pero nuestra dinámica siempre sería la misma.
Y nuestra forma de preocuparnos por el otro, también.
Y no lo culpaba en absoluto.
Tampoco buscaba que eso cambiase.
—Estoy desesperado. Creo que lo resume bastante bien.
Quiero ser padre y no sé cómo hacerlo sin sentir que debo pasar los próximos tres años conociendo al amor de vida, casándome con ella, o simplemente formando una familia a largo plazo.
Podría, claro que sí, pero no me apetece ser padre con cuarenta años y comerme la adolescencia de mi hijo cuando tenga casi sesenta, ¿entiendes?
>>He tardado mucho en darme cuenta de esto y es culpa mía. No pasa nada. Pero ahora sé y siento que lo haría bien. Bien de verdad. Y que sería muy feliz.
—Entonces… no es un capricho.
—Joder, no.
—Vale —Cayden cabeceó en señal de asentimiento—. Es bueno saberlo. Me preocupaba un poco que solo tuvieras la euforia de ser padre porque ves que Mad y yo tenemos un bebé.
Mierda, eso sonaba razonable. Y no los culpaba por pensarlo.
—Hace más de un año que vivo desesperado por ser padre —admití a regañadientes—. Y cuando Ada me contó que ella también buscaba ser madre, fue como si el destino me estuviera hablando y diciendo que ella era la indicada. Por eso se lo pedí.
—Tal vez deberías replantearte mejor tus jugadas. Está claro que ella no está pensando en lo mismo.
—No me rechazó porque fuese yo, sino porque no la conocía de nada. Y eso tiene solución.
—¿Y cuál es tu plan? ¿Conquistarla? —preguntó Cayden, un poco desconcertado.
Nadie entendería mi actitud, porque no la comprendía ni yo.
Era mucho más fácil si aceptaba que Ada no quería compartir esto conmigo, pasar página y seguir con la vida. Pero algo dentro de mí, y no sabía todavía de qué se trataba, me decía que había una posibilidad. Que Ada era la indicada para ser la madre de mi hijo.
Y mi intuición rara vez fallaba.
—Eso sería reducirla a ser un objeto, y no es mi plan engañarla —sacudí la cabeza—.
Pero dos padres pueden ser buenos amigos, ¿no?
Llevarse bien y compartir momentos juntos sin fingir que se aman.
Vamos, eso es mucho mejor que quedarte toda la vida anclada a un matrimonio que hace aguas por todos lados, solo porque te da miedo causarle traumas a tu primogénito —gruñí.
Esto último lo añadí al ver la cara de mi mejor amigo.
Él estaba completamente seguro de que me faltaba un puto tornillo.
—Empiezo a entender por qué ganas casi todos tus juicios.
—¿Eso es un insulto?
—Joder, no. Es un halago. Tus palabras logran convencer a cualquiera. Ahora bien —añadió rápidamente—, te toca hacerle creer a Ada de que te necesita para ser madre. Y eso, amigo mío, va a ser tu peor juicio.
Una sonrisa ladina curvó mis labios.
¿Estaba desafiándome? Porque nunca decía que no a un reto. Y menos si mi felicidad y lo que más deseaba estaba en juego.
—Dame unas semanas.
Cayden hizo una mueca, no muy seguro de si mi decisión era la correcta o no.
—¿Y si no lo consigues?
—Entonces me conformaré con ser el tío Max por el resto de mis días.
Antes de subir al coche para volver a casa, Cayden me dedicó una profunda, insondable mirada. Como si estuviera decidiendo si darme un consejo como amigo, como hermano o como padre de un niño que no paraba de tener cólicos.
Finalmente ganó su parte más prudente, porque asintió con la cabeza, dándome cancha para hacer lo que me diera la gana, y cerró la puerta.
Dejándome esa sensación extraña en el pecho que llevaba días acompañándome.
¿Miedo?