Saga Sin Reglas Capítulo 9
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Capítulo 9

Ada

—La mayoría de los hombres son extraños de por sí. A mí lo que me sorprende es que venga uno y te pida que le des un hijo. Es gracioso, ¿no? Porque la mayoría de ellos sale corriendo cuando su novia está embarazada.

Ante un comentario tan desafortunado como ese —incluso si, por estadística, era cierto—, miré a Gia con los labios apretados y unas ganas inmensas de darle un codazo en el brazo.

—¿Qué? Es cierto —se quejó ella.

—Ese no es el punto por debatir.

—A mí me parece que sí. Es un problema mundial que haya tantos niños que no sepan quién es su padre de verdad. Y no querría que el tuyo pasara por lo mismo —se excusó, apoyando la mano sobre el carrito de la compra.

Miré a un lado y otro, asegurándome de que nadie nos estaba prestando atención. En ese supermercado me conocía mucha gente y no me apetecía que supieran que intentaba quedarme embarazada.

El asunto era demasiado importante para mí, y no quería que un día alguien me preguntase “¿y el bebé?” y yo me echase a llorar porque, por alguna extraña razón que aún desconocía, ningún espermatozoide quería retozar con uno de mis óvulos.

—Creo que, en este caso, sí que sabría quién sería su padre. Max estaba muy insistente en que tuviéramos un hijo juntos. Y eso no es propio de él.

—¿Acaso odia a los niños?

Parada frente a la estantería de los cereales, me quedé mirando uno en concreto, sin saber qué responder.

¿Le gustaban? No había dado indicios de tal cosa cuando aún trabajábamos juntos, pero tampoco de lo contrario, para ser justos.

Max vivía por y para el trabajo, no salía con demasiadas mujeres y, desde luego, no iba por ahí hablando de su vida privada o sus deseos más profundos.

—Lo dudo —solté sin pensar. Cogí mis cereales favoritos y los metí en el carrito—. A lo mejor es que está viviendo la crisis de los cuarenta antes de tiempo.

—Los hombres no quieren ser padres a esa edad si no lo han deseado antes. ¿Y si es un capricho pasajero?

—Es lo que me preocupa, la verdad.

Gia enarcó una ceja.

—Así que ¿te lo has planteado? ¿De verdad?

La cara me quemó por la vergüenza. Empujé el carrito e ignoré a propósito su mirada de “estás perdiendo la caja entera de tornillos”.

—No es eso.

—Anda que no. Seguramente te has imaginado que él se enamora de ti solo porque llevas a su hijo en el vientre —bufó Gia, acompañándome a mi descenso hacia los infiernos: el pasillo de los chocolates y los dulces—. Eres demasiado romántica.

—¿Y eso es malo?

—Si permites que un hombre del que llevas enamorada dos años te convenza para que dejarte embarazada, sí; definitivamente es un problema.

—Menos mal que le dije que no —repuse con ironía.

Mientras Gia ponía esa cara de “no te lo crees ni tú”, agarré un par de bolsas de regalices y lo añadí a la lista de comida no tan sana que llenaba el carro.

Me había bajado la regla ese mismo día —para mi absoluto disgusto— y solo quería ahogar mi pena, mi dolor de ovarios y mi frustración en un montón de nubes de azúcar, cereales de chocolate y pizza precocinada.

Una chica tenía derecho a sangrar y empacharse de dulces al mismo tiempo si le apetecía.

—En serio, creo que deberías ir a un psicólogo.

—¿Qué? ¿Por qué?

—¡Porque no es normal que estés pensando en tener un hijo con un desconocido! —exclamó Gia, asombrada.

—Técnicamente, ni siquiera iba a saber quién era el padre de mi hijo, ¿recuerdas? Pagué para que me inseminaran con el esperma de un señor que vete a saber dónde está ahora.

Tan estresada como estaba, solo se me ocurrió añadir más golosinas al carro: chocolates, donas y una bolsa inmensa de galletas de limón.

—Pero este se llama Maximus Ward.

—Sí, lo sé. Creo que la última vez que lo vi seguía siendo mi ex compañero de trabajo. El cual, por cierto, me ha abierto las puertas al mundo laboral otra vez —recordé vagamente.

Gia alzó las manos a modo de rendición.

—Tener un hijo no es hacer un favor mínimo y cordial. Que te proporcione un empleo, sí. Y no es necesario que albergues a su hijo en el vientre a modo de agradecimiento. Siempre le puedes enviar unas flores o algo así.

Me estaba entrando dolor de cabeza de solo recordar cómo Max me miraba esa tarde, en el restaurante, ansioso por convencerme.

—No he dicho que acepto, ¿vale? En mi útero sigue sin haber un bebé, así que el mundo no se acabará.

La expresión de Gia se suavizó lo suficiente como para empezar a empatizar conmigo en lugar de castigarme por mis deseos más ocultos.

Vale, sí, soñaba con tener una familia con Max. Pero eso llevaba pasando… no sé, ¿años? Mucho antes de que él quisiera aparcar sus espermatozoides en mi útero.

¿Quién era capaz de culparme por eso? ¡Como si no lo hiciera todo el maldito mundo!

—Pero quieres —insistió Gia, y ya no sonaba enfadada, sino resignada—. Quieres aceptar su propuesta.

Como mentir a una amiga era pecado capital en ochenta países como mínimo, no fui capaz de mirarle a la cara y negarlo.

—Es un buen trato.

—Es un trato escandaloso.

Sonreí al recordar que pensé lo mismo cuando me lo dijo.

Bueno, Gia y yo éramos amigos. Pensábamos de la misma manera porque la mayoría de las veces compartíamos la misma neurona.

—Factible, si lo pensamos desde un punto de vista económico. Él pagaría el tratamiento.

—A menos que esté buscando hacértelo de forma natural.

Un escalofrío se deslizó por mi espina dorsal en un silencioso recordatorio de que eso me parecería incluso mejor que abrirme de piernas sobre la camilla de una consulta. Pero no se lo dije a Gia porque bastante lástima me tenía ya.

—Claro que no —me aparté del pasillo de los dulces en un intento súper urgente de no engordar seis kilos de golpe y fui en busca de agua embotellada—. Max no me ve de esa forma. Además, ¿por qué sería tan raro?

—Porque no lo conoces a fondo. ¿Y si es un tío de mierda?

—Lo dudo. Solo siembra miedo dentro de los juzgados, pero luego es un buen tipo.

—No es suficiente.

—Él propuso que nos conociéramos a fondo, ¿sabes? Para descubrir si somos compatibles como futuros padres.

Gia se detuvo de golpe, así que le di en los tobillos con el carro.

—Uy, lo siento.

Mi amiga enarcó una de sus maravillosas y sexy ceja pelirroja, frunció los labios y me miró como si de pronto tuviera delante la cura para una enfermedad terminal.

—¿Maximus Ward desea conocerte a fondo?

—Solo para ver si somos buenas personas y buenos padres —aclaré con calma—. ¿Qué pasa?

—Un hombre no se toma tantas molestias si lo que desea es algo temporal o superficial —me hizo saber.

—¿Y?

—¡Ada, por favor! —exclamó como si fuera lela—. Esto lo cambia todo.

—No para mí. Y hasta hace dos minutos estabas afirmando que era una idea pésima.

Mi amiga me dedicó una mirada asesina.

—No me habías dado todos los datos.

—Ahora ya los tienes —me puse en marcha de nuevo, pero ella me lo impidió.

—¿Y si el tipo realmente quiere un hijo?

—Entonces que lo adopte. No puedo ser un vientre de alquiler; eso va en contra de mis principios.

Por fin nos detuvimos en el pasillo del agua embotellada y pude coger algunas. Pero Gia continuaba taladrándome con la mirada.

—Ese hombre siempre ha sido muy desconcertante.

—¿Por qué lo dices?

—Porque es cierto. La forma en que te trataba y te hablaba, para luego olvidarse de ti. Y cuando descubre que quieres ser madre, se le enciende la bombilla y te pide que le des un hijo. Suena… perturbador.

—Por desgracia para él, esto no es una comedia romántica de Hollywood.

Gia suspiró y me ayudó a meter un par de latas de cerveza en el carrito. Al menos, durante esa noche, las dos nos daríamos un festín y olvidaríamos los problemas por un rato.

—De todos modos, y solo porque soy tu amiga y te adoro, es mi deber decir que no está mal si aceptas su trato.

Escandaloso o no, sigue siendo factible porque los dos criaríais a ese niño con todo el amor y respeto del mundo.

Tal vez el universo te está hablando y no sea justo que no lo escuches solo porque yo te digo que suena muy extraño este asunto.

Sonreí y me acerqué a darle un abrazo.

—Ya lo sé. Después de todo, he hecho muchas tonterías a lo largo de mi vida.

Y esta sería la peor de todas, en realidad.

¿Quién en su sano juicio aceptaría tener un hijo con el hombre del que estaba enamorada? ¡Nadie! Nunca salía bien.

—En fin, ¿por qué no me cuentas cómo te fue la entrevista de hoy?

Bueno, el cambio de tema fue agradable. Pero cuando me coloqué en la fila de la caja para pagar, un hombre pasó por mi lado y su perfume flotó hasta mi nariz. Olía igual que Max. Y eso me agitó demasiado.

¿Por qué no conseguía sacármelo de la cabeza?