Saga Sin Reglas Capítulo 7
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Capítulo 7

Ada

—¿Qué pasó al final con tu embarazo? —preguntó Max nada más comprobar que su plato contenía las dos porciones que había pedido de carne a la brasa.

Un estremecimiento hizo que mi cuerpo se encogiese sobre la silla. No había esperado hablar de ese tema con él. Ni con nadie que no fuese Gia.

Doloroso como era, solía mantenerlo oculto. Además, nadie te contrataba si sabía que intentabas quedarte embarazada. Ninguna empresa quería a una mujer a punto de darse de baja por maternidad entre sus filas. Vivíamos en ese tipo de mundo, por desgracia.

Sin embargo, Max y yo ya no trabajábamos juntos, así que decidí que sincerarme con él no sería tan malo.

—Nada. Negativo. Está claro que el embrión no quiere aferrarse a mi útero.

Los ojos de Max se movieron por todo mi rostro, como si estuviera evaluando mi expresión.

Para distraerme, cogí el tenedor y pinché uno de los ñoquis de mi plato. Olían bien, pero de pronto notaba el estómago cerrado.

¿Y si se arrepentía de enchufarme en uno de los dos bufetes que había sugerido? Después de todo, él también podía llegar a la conclusión de que no valía la pena darme un empleo si en algún momento me quedaba encinta.

—Lo siento —dijo entonces, sorprendiéndome. Sonaba sincero—. Se te veía muy ilusionada aquella mañana, cuando nos cruzamos en el ascensor.

¿Él lo notó? ¿A pesar de mi ataque de nervios?

Un calor súbito se apoderó de todo mi rostro.

Volví la vista a mi plato, luchando contra mi instinto por parlotear sin sentido. A veces, mi boca me metía en muchísimos aprietos simplemente porque no conseguía cerrarla a tiempo.

—¿Lo intentarás de nuevo?

Esa pregunta, viniera de quien viniese, siempre me dolería.

—No. No tengo… dinero suficiente para un cuarto intento. He gastado todos mis ahorros en probar con la inseminación artificial, y ya ves que no ha servido de nada.

—¿Tan caro es?

—Mucho. Cada intento son mil doscientas libras. Más los gastos de gestión y todo eso. Es… simplemente abusivo.

—¿Y si se lo pides a tus padres?

—No quieren ni oír hablar de nietos que nacen a través de un padre ausente —reí, porque ya había conversado con ellos sobre el tema y siempre torcían el gesto, desaprobando mi decisión—. Para ellos, lo más lógico es que los hijos conozcan a ambos progenitores.

La pasta estaba buena, pero me supo insípida por el tema de conversación. Nunca pensé que terminaríamos hablando de hijos y bebés probeta. Como si Max no tuviera nada mejor que hacer que consolarme porque mi cuenta corriente estaba a cero y yo anhelaba ser madre a cualquier precio.

—Pero sería su nieto.

—Ya, pero ellos son muy chapados a la antigua —reconocí con desgana—. Prefieren que me centre en conseguir un buen trabajo y recolectar unos cuantos éxitos profesionales antes que someter a mi cuerpo a un embarazo.

Max comía tan despacio que me sorprendió mucho ver su plato casi entero. Como si no le interesara en absoluto la carne, sino nuestro tema de conversación.

Cuando trabajábamos en el despacho, codo con codo, solíamos compartir sándwiches de la cafetería de abajo y cafés de medio litro.

Comíamos tan rápido que a veces debíamos interrumpir nuestro trabajo para darnos un paseo por la calle y hacer la digestión en condiciones.

Eso nos permitió conocernos un poco, aunque no mucho. Solo hablábamos de trabajo.

—Al final del día, la decisión es tuya.

—Sí. O más bien del banco, que se rehúsa a darme otro préstamo —traté de bromear.

El silencio entre nosotros se extendió por varios minutos.

Y entonces Max por fin dijo algo.

—Podríamos tener un hijo juntos.

¿Qué demonios?

Casi me ahogué por su culpa. Tosí el agua que acababa de beber y manché el mantel de la mesa. La garganta me ardía, al igual que las mejillas; aunque por un motivo muy diferente.

—¿¡Qué!?

—Digo que podríamos tener un hijo juntos.

Mi primera reacción fue reírme.

—Estás de coña, ¿no? ¿Por qué querrías tú tener un hijo conmigo?

Algo dentro de mí se agitó con fuerza. No entendía nada. Ni la situación, ni su petición, ni por qué me afectaba tanto.

—Llevo un tiempo queriendo ser padre, pero no tengo pareja ni planeo tenerla en un largo tiempo.

Estoy demasiado centrado en mi trabajo. Además, no es tan fácil conocer al amor de tu vida.

Y, por si no te has dado cuenta, voy camino de los cuarenta.

No me queda demasiado tiempo. —Pausa—. Y tú también deseas ser madre y ya no te quedan muchas más oportunidades.

Pero si los dos buscamos lo mismo tal v…

—Espera —lo interrumpí, mi mano alzándose para que se callara—, esto es una locura. ¿Estás escuchando lo que me estás proponiendo?

Max enarcó una ceja, muy serio.

—Esto es un trato escandaloso, Max. Lo mires por donde lo mires, no tiene sentido —agregué, entre roja como un tomate y totalmente alucinada.

—Nos conocemos y sé que podríamos funcionar bien juntos como padres.

Se me escapó una risita histérica.

¿Estaba bromeando, verdad? Tenía que estar bromeando.

—¿Me conoces? No, Max. No lo haces —sacudí la cabeza en estado de negación.

—Trabajábamos juntos.

—Y ni siquiera sabes cuál es mi color favorito, qué música pongo para bailar mientras me ducho y qué ciudad elegiría para irme tres meses a vivir allí sin remordimientos —hice hincapié en ello, agitando mucho los brazos.

Era mi tic nervioso—. Así que no, no me conoces.

Y tener un hijo es demasiado importante como para pedírselo a la primera persona que se te cruza.

Mis palabras tendrían que haber bastado a la hora de quitarle esa idea de bomberos de la cabeza. Pero Max no era como la mayoría de las personas. A él no se le pasaba todo con solo chascar los dedos. Por algo era uno de los mejores abogados del país.

—Entonces conozcámonos —sugirió él, como si esa fuera la solución más simple de todas—. Pasemos tiempo juntos, viendo si somos compatibles, y luego decidimos si queremos ser padres juntos.

Bueno, mierda, esto era demasiado para mi pobre corazón. Y también para mi cabeza.

¿Cómo cojones íbamos a conocernos con el único propósito de procrear juntos? ¿La Biblia no estaba en contra de eso?

Demonios, no conseguía pensar con claridad. Max hablaba en serio. No bromeaba cuando afirmaba que quería tener un hijo conmigo. Con mi ADN. Con mis rasgos.

—Has perdido la cabeza.

Él enarcó una ceja.

—Te lo estás tomando muy a lo personal.

—¡Porque lo es, coño! —exclamé, y enseguida bajé la voz, abochornada—. Intentas meter un bebé en mi útero.

—Tú también lo deseas.

Sí, claro que anhelaba ser madre. Y había soñado infinidad de veces con eso.

Con mirar a Max y sonreír al saber que me había dejado embarazada gracias a la cantidad de veces que follábamos en el despacho.

Pero eran fantasías. Las que usaba para tocarme en la soledad de mi casa, sin nadie que me llamase loca por desear a mi compañero de trabajo.

En ningún momento me planteé que esa fantasía se hiciera realidad. ¡Y sin sexo de por medio! Eso lo hacía aún más delirante.

—Sé que es precipitado y que probablemente prefieras no saber quién es el padre, pero, Ada, creo que es una solución factible para ambos.

Yo correría con todos los gatos, si quieres.

O podemos ir a medias. Al final, es mejor saber que ese bebé cuenta con un padre que se preocupe por su bienestar, ¿no crees?

Lo peor de todo era que lo decía de la manera más tranquila posible.

Como quien explicaba por qué era importante añadir un aire acondicionado con humificador en casa, para prevenir así las alergias en primavera y el aire viciado.

No sonaba como un hombre ansioso por conseguir ser padre a cualquier precio. Era todo tan… aséptico.

—Mira, sé que eres un buen partido y cualquier mujer se estaría planteando dejarse fecundar por ti, y sin pasar por una clínica —aseguré—. Pero no es mi caso. De verdad. Ni siquiera creo que sea factible.

—¿Por qué no? ¿Tan repulsivo te parezco? —preguntó, curioso. No sonaba ofendido.

—¿Qué? No he dicho tal cosa.

—Entonces te gusta lo que ves.

Mierda, sí. Siempre me había gustado, pero no estábamos debatiendo eso.

—¿Qué intentas decirme con esto, Max?

—Que nuestra genética juega a nuestro favor.

Juntos tendríamos un hijo precioso y sano, estoy seguro.

Tú le querrías y yo también. Viviría su mejor vida, con doble regalo por su cumpleaños y en navidad.

No tendría problemas para ir a la universidad o para viajar, si quisiera, para formarse como un adulto funcional.

Lo mires como lo mires, son todo ventajas.

—Estás intentando venderme esto como si fuera el negocio del siglo.

—Tú misma has dicho antes que era un trato escandaloso, y no estoy de acuerdo —repuso como si nada. En serio, hablaba como si estuviéramos debatiendo la mejor forma de ganar un juicio—. Es un pacto entre dos personas adultas que buscan lo mismo.

—Si esto es una forma de cobrarte el favor que me estás haciendo con el trabajo…

Max arrugó la nariz. Fue la primera vez que lo veía realmente disgustado.

—No estoy intentando obtener un intercambio de favores, Ada. Es que hace una semana estaba pensando en que quería ser padre a cualquier precio… y apareciste tú. Es como si el destino me estuviera lanzando señales.

Aunque la idea sonaba muy tentadora —por mucho que me jodiera admitirlo—, no cedería mi cuerpo de esa manera. No sonaba ético. ¿Un bebé pactado? ¿Y con el hombre por el que aún sentía algo? ¡Absolutamente no!

Pero, por otro lado, sí que anhelaba responder afirmativamente. Ceder a lo que Max me proponía y vivir mi sueño hecho realidad.

—A lo mejor el destino está borracho y te está empujando hacia el camino equivocado —sugerí con los labios apretados.

Max esbozó una sonrisa lobuna.

—Supongo que estoy siendo demasiado vehemente. Es cierto que no nos conocemos, Ada. Pero mi propuesta de profundizar en nuestra relación sigue en pie.

—Ahora suena como si quisieras proponerme un plan gratuito de treinta días antes de aceptar. “Conóceme, y si no te gusto como padre, devuélveme sin gastos de gestión” —dije con voz de anuncio—. Es una locura.

—No, sueno como un hombre que confía en su instinto y se cree capaz de cerrar el mejor trato de su vida.

Vaya, lo dijo tan serio, tan sexy, que un calor súbito se apoderó de mis entrañas.

No, no, no. Aquello no estaba bien. Y no iba a ceder tan fácil.

—Pues espero que encuentres una mujer dispuesta a ello.

Mi útero, de momento, está en obras —dejé claro.

Me levanté de la mesa y dejé algunos billetes junto a mi plato—.

Gracias por la comida y por la carta de recomendación, Max.

Ahora iré a dar un paseo, porque me has puesto a sudar frío en cuestión de quince minutos. Un placer.

Abandoné el restaurante con la sensación de que algo tiraba de mí para que regresara a la mesa y gritara que sí, que claro que aceptaba. Pero lo ignoré por completo. ¡Un cuerno iba a tener un hijo con Maximus Ward!