Capítulo 6
Ada
El restaurante que eligió Max era demasiado pequeño e íntimo. Me sorprendió un poco que eligiera un lugar como ese. Como si quisiera hablar conmigo de algo que nadie más pudiera enterarse.
No me quejaba, por supuesto. Tenía algunos ahorros para ir tirando y no me quejaría a la hora de pagar la comida. Pero seguía desconcertándome que hubiéramos quedado en el típico restaurante que una pareja de enamorados elegiría antes de casarse.
—Buenos días, señorita —saludó el metre con cortesía—. ¿Una mesa para uno?
—Hola. No, no. Eh… tenía una reserva. Bueno, yo no. Mi acompañante. Maximus Ward.
El hombre reconoció ese nombre al instante.
—Sí, por supuesto. Si eres tan amable de seguirme.
Me guio por las mesas hasta una zona más reservada. Un par de biombos de flores en dorado y turquesa nos impedía ver qué ocurría alrededor de nosotros.
—Señor Ward, su acompañante ya ha llegado.
El metre se retiró cuando Max le hizo una señal con la cabeza.
Dejé mi bolso a un lado y me senté con algo de timidez. No quería que aquella comida se alargara demasiado. Estar a solas con Max seguía provocándome taquicardias.
—Me alegra de volver a verte, Ada —fue su saludo.
A mi corazón se le olvidó cómo funcionar.
Tuve que bajar la mirada, fingir indiferencia, y coger la carta como si fuera la mejor maldita cosa del mundo.
—Gracias por hacerme este favor. Sé que estás ocupado y…
—No realmente.
Eso me hizo fruncir el ceño.
—Tú siempre tienes mil casos que llevar —recordé de pronto.
—Exacto. Casos. La vida personal siempre es más importante, ¿no crees?
Bueno, esto era nuevo.
¿Maximus Ward poniendo por encima su vida privada? Vamos, eso no se lo creía nadie.
Ese tipo vivía por y para el trabajo. Por eso era uno de los mejores abogados de todo Reino Unido.
—Supongo que sí. Hace tanto que no trabajo que ya no sé cómo se siente tener la agenda llena.
Una sonrisa curvó sus labios.
El retortijón en mi estómago no ayudó en absoluto.
Max era el hombre más guapo que hubiera visto jamás.
Vestía siempre elegante, pero sin gastarse un dineral en trajes hechos a medida.
Escogía siempre tonos oscuros y una pajarita.
Como si en lugar de acudir a un juzgado, estuviera de camino a una boda para formar fila con el resto de los padrinos del novio.
Su pelo era castaño, siempre bien peinado. Su barba salpicaba su mentón cuadrado, como si quisiera ser el doble de Superman. También tenía un lunar muy coqueto justo debajo del ojo izquierdo. Sus ojos eran verde oscuro; grandes y expresivos. Su nariz hebraica le hacía parecer incluso más atractivo.
Siempre había sido todo un sex-symbol. El tipo de hombres que llamaban la atención por su magnetismo, su físico y el tono de su voz.
Alguna que otra vez había fantaseado con cómo sería en la cama. ¿Dulce y apasionado? ¿O de los que te decían un montón de guarradas y te daban palmaditas en el culo?
Cualquiera de las dos opciones me hubiese bastado en su momento.
—¿Por qué no me pediste ayuda antes?
—Porque no creí que la necesitaría —admití a regañadientes—. Pensé que cualquier bufete me querría entre sus filas, pero se ve que no es el caso.
—Nosotros te queremos de vuelta.
—¿Vosotros?
Max me devolvió la mirada con la misma intensidad.
—Yo te quiero de vuelta.
Vaya, esto era nuevo. Y gratificante.
Estuve a punto de ceder y decirle que sí, que volvería con él al bufete, pero me contuve. No iba a conseguir nada, salvo torturarme a mí misma.
—Gracias por tu oferta, pero debo rechazarla.
—Otra vez.
Sonreí con cierta incomodidad.
—Lo siento. No es que me caigas mal, de verdad; es solo que no quiero trabajar más allí.
El camarero se acercó a nosotros y nos tendió la carta de vinos.
—No, no beberemos alcohol hoy. Mejor tráenos agua. ¿O quieres algo en especial?
—No. Agua está genial. Del tiempo.
El camarero asintió y se marchó.
La mirada de Max se deslizó por mi cuerpo y se detuvo en mi abdomen.
—Es agradable oír que no soy parte del problema.
En realidad, sí que lo era, pero no se lo dije. Eso me hubiese hecho sentir totalmente abochornada.
¿Confesarle a Max que me sentía atraída por él y me había enamorado con el paso de los meses? Por favor. Antes prefería que me arrancasen la uña del dedo gordo del pie con unos alicates.
—Hay un par de bufetes que podrían acogerte sin problemas.
Quizás no de manera indefinida, porque son bastante exigentes y cambian de plantilla cada pocos años, pero no creo que te suponga un problema —expresó Max, sacando una carpeta de debajo de su abrigo—.
Esta es la carta de presentación que he redactado para ti.
Adjunté también la resolución de los casos que llevaste y un ejemplo de cómo sueles trabajar.
Mis ojos se abrieron más de lo normal. Cogí la carpeta con dedos temblorosos, sintiéndome muy mareada de pronto.
—G-Gracias. No tenías que molestarte tanto…
—Considero que eres buena profesional. Si creyera que no vales un duro, no estaría aquí sentado.
Por lo menos era sincero, y, para qué mentir, me ayudó mucho conocer su impresión acerca de mi trabajo. Llevaba tanto tiempo sin llevar un caso decente o emocionante que mi vanidad femenina comenzaba a sufrir por ello.
Estaba hambrienta de halagos.
—¿Qué bufetes crees que me aceptarían?
El camarero llegó en ese momento y nos dejó una botella de agua sobre la mesa para cada uno. Max me sirvió una copa, aunque no era necesario.
Su amabilidad me desconcertaba.
—Philip Lancaster está buscando un nuevo abogado que se una a su plantilla —explicó Max, apoyando los codos sobre la mesa—. Es un buen tipo. Es legal, por lo menos. Y su bufete tiene buenas referencias.
—Sí, lo sé. Hice las prácticas con su actual socio. Me enseñó mucho de lo que sé hoy día.
Bebí un sorbito de agua, sintiéndome algo mejor.
—No tenía esa información —dijo Max, con una de sus cejas arqueadas.
—Nunca me lo preguntaste.
Lo solté sin pensar, no a modo de reproche… pero es como sonó y ambos nos dimos cuenta de eso enseguida.
—Tienes razón, Ada. Debería haberte prestado más atención cuando compartíamos despacho.
Si hubiera pasado, tal vez me habría enamorado antes. ¿Quién sabe? El convivir con él una media de diez horas al día fue suficiente para que mi corazón quedase colgando de sus manos.
—Descuida, no trabajábamos en los mismos casos. Tú eres especialista en clientes delicados y yo en divorcios imposibles —traté de restarle importancia.
Max asintió.
—El otro bufete que te recomiendo es el de Emma Hale. Es una abogada muy prestigiosa y lleva un montón de casos de divorcios de políticos y figuras públicas. Tú eres un perfil que encajaría perfectamente entre sus filas.
—Vaya. Ella es… increíble. No sé si estaría a la altura.
—Claro que sí. Conseguiste ganar la demanda de divorcio al político más temido del país. Y con una victoria aplastante.
—La gente nunca te recuerda por un solo caso.
—Pero yo sí. Y lo he añadido —señaló la carpeta con un gesto de la barbilla—. ¿Y bien? ¿Cuál te interesa?
—Aún no lo sé —admití, dubitativa—. Tendría que pensármelo bien.
—Si alguno de los dos se lo plantea mucho, diles que me llamen. Estaré encantado de convencerlos.
Una sonrisa sincera se abrió paso en mi rostro.
—Gracias, Max.
El revoloteo en mis entrañas se hizo más intenso, mas intenté no darle demasiada importancia. No merecía la pena hacerse ilusiones con un hombre que nunca me correspondería. Guardar lo que sentía por Max debajo de la alfombra no era un acto de cobardía, sino de necesidad.
Cuanto menos me implicase con él, mejor. Así se me pasaría la tontería.
—¿Quieres que pidamos ya?
—Oh, sí —cogí la carta y eché un vistazo—. ¿Qué me recomiendas?
Max, con una sonrisa ladina, señaló uno de los platos de la carta con el índice.