Capítulo 5
Max
Nada más llegar a casa, me quité la pajarita, la chaqueta y los zapatos. Dejé todo tirado a un lado. No quería ponerme a recoger el desorden que habitaba en mi salón. Ya lo haría el domingo, cuando hubiese dormido unas diez horas.
Descalzo y de mal humor, me dirigí a la cocina y me serví una copa de whisky. Últimamente lo hacía mucho. No porque tuviera problemas con el alcohol, sino porque me ayudaba a templar un poco las emociones.
Nada salía como yo quería.
Había ganado el juicio del estúpido que se dedicó a malversar fondos, y le dieron una condena casi irrisoria. Sin embargo, no me sentía contento por ello. Como si estuviera traicionando a alguien. Y eso no tenía sentido alguno.
Mientras me bebía aquel líquido del diablo a sorbos, apreté el botón del contestador.
Siempre solía tener varios mensajes cuando llegaba a casa.
Gente pidiéndome asesoría jurídica o una cita para contratar mis servicios.
No les daba el número del trabajo porque eran casos que solía llevar en privado.
Como Hayden, mi jefe, me lo permitía, no me suponía un verdadero problema. Además, me llevaba más dinero.
Escuché varios mensajes mientras apuntaba en la agenda del móvil alguna cita o número de teléfono. No todos los casos me interesaban. Pero podía trabajar con un par.
Estaba inmerso en ello hasta que escuché una de las voces femeninas más bonitas del mundo.
—¡Hola, Max! Eh… soy Ada Grace. S-Supongo que te acordarás de mí, no sé.
—Se rio de forma nerviosa—. Perdona por llamarte, pero es que…
Necesito tu ayuda, y eh… pensé que quizás…
Oye, no tienes que hacerme el favor si no quieres.
Solo es que es de vital importancia y, mh…
Bueno, llámame si puedes. A cualquier hora. ¡Gracias!
Enarqué una ceja y comprobé que no se tratase de una broma.
¿Ada Grace pidiéndome ayuda? ¿Desde cuándo ocurría algo así?
Ni siquiera cuando trabajábamos juntos me permitió tenderle la mano ni una sola vez. Era una abogada brillante, pero muy metódica. Nunca relegaba trabajo en los demás; ni siquiera en su secretaria.
¿Quizás le había pasado algo? ¿Estaría embarazada y quería contármelo, además de pedirme como favor que fuese el padrino? Bueno, técnicamente estaba el día que la fecundaron, así que no sería tan extraño recibir esa petición.
Alejé todos esos pensamientos de mi cabeza y la llamé de inmediato.
Respondió al segundo tono.
—¡Hola, Max!
Vaya, parecía feliz de responderme.
—Ada. ¿Qué pasa? Acabo de oír tu mensaje.
—Oh. Oh, sí. P-Perdona por molestarte…
—No me molestas.
Me apoyé sobre la encima, bastante intrigado con su petición.
—Vale. Genial. Eso… suena genial.
Escondí una sonrisa, porque me parecía muy rara su forma de actuar.
—¿Y bien? ¿Qué clase de favor necesitas?
—Pues… Verás, como el señor Moon no me cogió, sigo sin trabajo.
¿Había pensado en volver conmigo? ¿Ser compañeros de despacho, como antaño?
—Y algunos bufetes siguen sin contratar gente. Pero pensé que tú…
—Eres más que bienvenida, ya lo sabes.
—Oh, no. No me refería… a eso. A volver contigo —hizo una pausa—. Lo que quería pedirte es algo más personal.
—¿Una carta de recomendación?
La imaginé sonrojándose muchísimo al verse descubierta. Ada Grace era como un libro abierto. Conmigo no podía tener secretos.
—… sí. Una carta de recomendación.
Aparté el vaso de whisky y chasqueé la lengua.
—¿Por qué no prefieres volver conmigo? Éramos un tándem increíble.
—Ya te dije que tengo mis motivos. Y… bueno, si no quieres darme tu carta de recomendación, no hay problema.
—Ada —dije, quizás más firme de lo que pretendía en un primer momento—, te daré la carta de recomendación. No voy a sabotearte de esta manera. Solo intento comprender por qué no deseas volver a nuestro bufete. Te subiríamos el sueldo.
—No es lo que quiero.
Vaya, era un argumento válido… pero insulso. Como si me dejase a medias con el chisme.
Algo le ocurrió a Ada en el bufete, y estaba dispuesto a averiguarlo. Quizás no esa noche, pero ya le acribillaría a preguntas.
—Muy bien. Te redactaré la carta, entonces. ¿Te apetece quedar para comer el miércoles y te la entrego? Así podré decirte en qué bufetes te aceptarán sin hacerte una entrevista.
—Yo… —pausa—. Sí, claro. Sí. Gracias, Max.
—Nos vemos el miércoles. Te pasaré la cita a través de un mensaje.
—Hasta el miércoles.
Colgué con la sensación de que había algún tipo de información que se me escapaba.
Ada era muy inteligente y guapa. Pero, cuando pensaba en ella, me daba cuenta de que nunca le presté atención el tiempo que pasamos juntos en el bufete.
Solo la veía como una compañera más. Y ahora…
Joder, ahora me intrigaba sobremanera descubrir por qué se fue y por qué se negaba en rotundo a volver.
¿Se habría peleado con alguien? ¿Le habrían hecho algo malo?
Esperaba que no, porque no era mi idea compartir espacio con un imbécil.
Terminé mi vaso de whisky y me senté frente al portátil de mi escritorio. No tenía por qué escribir su carta de presentación esa misma noche, pero lo hice de todos modos.
Como si quisiera compensarla por algo.
Lo cual no tenía sentido.