Capítulo 4
Ada
Observé con atención la prueba de embarazo y contuve las lágrimas que llenaron mis ojos. No supe por qué, pero, en esta ocasión, había tenido algo de esperanza.
—¿Y bien? —preguntó Gia, asomando la cabeza por encima de mi hombro—. Oh —dijo al ver la raya roja—. Lo siento mucho, Ada.
Sonreí a pesar de que me sentía muy rota por dentro.
—Hemos fallado otra vez —me lamenté, apartándome de ella para dejarme caer sobre el sofá—. Es el tercer intento y ya no me queda dinero.
—Puedes pedírselo a tus padres, ¿no? Seguro que a ellos les haría muchísima ilusión tener un nieto.
Sacudí la cabeza y cerré los ojos. Mis padres nunca me darían tanto dinero. Ya no confiaban en mí, si era sincera. Pensaban que daba tumbos de un bufete a otro, sin orden ni concierto, y que le daría una vida lamentable a este hijo en caso de tenerlo.
Para ellos, era más importante que comenzara a trabajar en un bufete de prestigio que tener un bebé. Y no les culpaba. Se gastaron mucho dinero en mi educación y, justo cuando encontré un trabajo increíble, lo dejé porque me enamoré de mi compañero de despacho.
Lamentable.
—No van a ceder.
Gia apretó los labios.
—Te dejaría dinero, pero no me van tan bien las cosas…
Tomé su mano y sacudí la cabeza.
Ella no estaba en la obligación de ceder a mis caprichos, por muy buenas amigas que fuéramos. Gia era una mujer increíble, pero últimamente todo le salía mal, y no llegaba a fin de mes con soltura.
—Está bien. Puedo volver a ahorrar dinero e intentarlo más adelante.
Lo cual me llevaría, como mínimo, tres años más.
Y el tiempo se me echaba encima. Ya no tenía veinte años, sino treinta y cinco.
Nadie querría ver a una cuarentona siendo madre.
Era peligroso, y me quitaría tiempo de ver crecer a mi bebé.
Se me juntaría su adolescencia con la menopausia, y nada me aterraba más que eso.
Además, por caprichoso que sonara, quería ser madre en ese momento. No después de varios años, cuando hubiese perdido la esperanza.
Mi reloj biológico estaba gritando que le diera un bebé a mi útero de una vez por todas.
—Es una mierda que las probabilidades sean tan pequeñas. Se supone que todo está bien —dijo Gia, sentándose a mi lado—. ¿Y si pruebas con la in vitro?
—Es más caro todavía. Y existe la posibilidad de tener más de uno.
—Joder.
Sí, todo funcionaba en mi contra.
Como en el amor tampoco me había ido bien, no tenía la opción de llamar a algún ex para pedirle que me donase semen por la vía tradicional.
Hubiera cedido, aunque no fuese tan glamuroso ni romántico.
Pero me sentía cómoda teniendo sexo con personas que ya conocía.
En cambio, con un desconocido, sin conocer sus antecedentes… No, eso era una locura.
—Se me han acabado las opciones —lamenté, soltando la prueba de embarazo como si el pequeño aparatito me quemase entre los dedos—. Se acabó para mí.
—No digas eso —Gia apoyó la cabeza sobre mi hombro y me abrazó con fuerza. Su consuelo me ayudaba más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta—. Todavía podemos hacer algo. No sé. Recaudar dinero. Hay gente que sube sus problemas a una página y recibe donaciones a cambio.
—¿Y por qué iba alguien a donarme dinero para tener un hijo?
—Porque es bonito —Gia encogió uno de sus hombros.
Suspiré y negué con la cabeza.
—Creo que lo correcto sería encontrar un trabajo urgentemente y, no sé, trabajar mucho y así ganar más.
Gia se apartó de mí cuando me lancé hacia delante y cogí mi cartera de la mesa. Saqué una tarjetita que llevaba tres semanas guardando.
—¿Estás pensando en aceptar su oferta? —mi amiga enarcó una ceja.
Sacudí la cabeza.
—No, no. Pero igual él me puede recomendar a un buen bufete —sugerí, mordiéndome el labio inferior—. Max no es un mal profesional.
—Está ciego total, es cierto, pero es un buen abogado.
No pude evitar reír ante sus palabras. Gia jamás perdonaría que Max me hubiese dejado escapar, como si él me debiera algo.
La que se enamoró hasta el tuétano de los huesos del demonio de los juzgados fui yo. Nunca le dejé ver mis emociones, y tampoco traté de seducirlo. Era obvio que a Max le gustaba otro tipo de mujeres y, sobre todo, otro tipo de vida.
Con él jamás hubiera sido feliz ni hubiese conseguido la familia que deseaba.
—¿Y si se lo pido?
Gia encogió uno de sus hombros.
—El no ya lo tienes. Y creo que él es un tipo influyente en los bufetes de esta ciudad. Si alguien es capaz de conseguirte un buen trabajo, es Maximus Ward.
Miré la tarjetita durante unos minutos, sin decidirme todavía.
A lo mejor le molestaba que lo usara para algo tan frívolo como conseguir un trabajo.
Pero, por otro lado, nos conocíamos bien y él me había visto trabajar.
Consideraba que era buena abogada. Y, sinceramente, me había cansado de ser buena y actuar de manera legal.
Por primera vez en mi vida, no arrugaría la nariz ante la posibilidad de entrar en una empresa por enchufe. Si la carta de recomendación de Max me ayudaba a conseguir un buen trabajo, le estaría eternamente agradecida.
—Con el señor Moon ya no tengo nada que hacer, y era uno de los mejores bufetes de todo Londres. Pero hay algunos más.
—Oye, Ada, a mí no tienes que convencerme —aseguró ella, alzando las manos—. Simplemente llámalo y dile que necesitas su ayuda. Quedáis, tomáis un café y que él te redacte la carta de recomendación. Con tu currículum y su empujón, dudo mucho que no te cojan de inmediato en cualquier otro sitio.
Asentí y cogí mi teléfono. Las manos me temblaban.
Nunca había hecho algo semejante. Se me daba tan mal pedir favores.
Pero Max era un buen tipo, ¿no? Siempre actuó de manera cordial y respetuosa conmigo.
Incluso el día que nos cruzamos, me invitó a un té caliente para que me tranquilizara después de lo ocurrido en el bufete del señor Moon.
No estaba haciendo nada malo; solo aseguraba mi futuro.
Marqué su número y esperé a que respondiera. Pero, al quinto tono, saltó su buzón de voz. Me puse muy nerviosa. Así que balbuceé lo primero que se me pasó por la cabeza y colgué.
—¿Y bien? —preguntó Gia, con sus grandes ojos dorados fijos en mí—. ¿Te ha colgado?
—Le he dejado un mensaje en el contestador. Espero que me responda cuando lo escuche.
—Vale. Escucha, no te pongas histérica. Piensa que esto lo haces por el pistachín, ¿vale?
Solté una carcajada.
—¿El pistachín?
—Sí, claro. Como no sé todavía si tendré una sobrina o un sobrino, le llamaremos pistachito o pistachín de manera cariñosa —explicó Gia, totalmente emocionada.
Gracias a ella, el nudo en mi estómago se aflojó considerablemente.
—Te debo la vida entera, de verdad —murmuré, mucho más emocional de lo que quería.
Gia me abrazó con fuerza y yo suspiré al devolverle el gesto.
—No seas boba, anda. Las amigas estamos para lo bueno, lo malo, lo muy malo y lo vergonzoso. Y nunca juzgamos. O sí, pero lo hacemos con cariño. —Hizo una pausa—. ¿Pedimos sushi y vino para cenar?
—Eso suena genial.
Gia se apartó y llamó a nuestro restaurante favorito mientras yo buscaba una película para ver.
Quizás no todo era tan malo.