Capítulo 3
Ada
Llegaba tarde. Otra vez.
Y para nada era culpa del maldito tráfico matutino. Claro que no.
Maldita fuese. ¿Es que nadie en Londres sabía conducir en condiciones o qué? Por no hablar del taxista, el cual se lo tomaba con demasiada calma. Con la música sonando en la radio —Gloria Stefan, para más información— y él tamborileando con los dedos sobre el volante.
Lo peor de todo era que necesitaba ese trabajo. Lo necesitaba tanto que hubiese echado a correr calle abajo de no ser porque iba en tacones y en la clínica me habían exigido que guardase reposo.
Pero no iba a ser posible. Y si eso me quitaba cierto porcentaje de éxito, me pondría muy triste.
—Disculpa —le dije al taxista—, ¿nos queda mucho?
El hombre me miró a través del espejo retrovisor.
—Oh, no. Estamos llegando.
Pero no era cierto. Tardamos diez minutos más en llegar al bufete donde esperaba poder trabajar en los próximos años.
Pagué al hombre y prácticamente salí corriendo del taxi. Aunque estaba lloviznando, ni siquiera me cubrí con el paraguas o con el bolso; nada de eso me importaba demasiado.
Conseguir el trabajo, sí.
—¡Hola! —saludé a la chica de recepción. Ella me miró de la cabeza a los pies, sopesando si era uno de esos clientes extraños que insistía en recibir asistencia legal gratis o una vendedora ambulante de viajes exprés a Tailandia—. Soy Ada Grace. Tengo una entrevista de trabajo.
No parecía muy contenta con mi presencia. Y no la culpaba. Seguro que tenía el pelo algo húmedo, las mejillas sonrojadas y la mirada de una lunática. Pero es que esa mañana estaba siendo caótica.
—Un momento —me dijo. Alzó el teléfono y llamó a su jefe—. ¿Señor Moon? Sí, tengo aquí a la señora Grace. Dice que tiene una entrevista con usted.
¿Señora? Pero ¿de qué iba? Ni siquiera tenía anillo de pedida o de casada. ¿Es que no tenía ojos en la cara?
—Vale, de acuerdo. —Colgó y siguió mirándome como si fuese infinitamente mejor que yo en todo—. El señor Moon la espera en su despacho.
—Gracias.
Me dirigí hacia el ascensor con el corazón bombeándome a gran velocidad. Si este era mi día de suerte, tal y como decía el horóscopo, probablemente obtendría las dos cosas que más quería. Una de ellas ya estaba en marcha, y la otra sucedería en breves.
Pulsé el botón y esperé a que las puertas se abrieran. Cuando entré en la cabina, una mano grande y masculina impidió que las puertas se deslizaran. El hombre se acomodó a mi lado, sin siquiera mirarme.
Tampoco le presté mucha atención. Seguro que era alguno de los abogados que trabajaban en este bufete. No era tan prestigioso como en el anterior en el que estuve, pero, al menos, ganaban muchos casos y salían en la prensa.
Ya no quería conformarme con menos.
Justo cuando acabábamos de cruzar el primer piso, el ascensor se detuvo de golpe y las luces parpadearon.
El corazón se me subió a la garganta.
—¿Qué cojones…? —dijo el hombre que estaba a mi lado. Su voz me sonaba de algo—. ¿Es que en este bufete nunca funciona nada?
Dio un par de golpes al control de botones, pero nada sucedió. Ni siquiera el botón de alarma funcionaba. Ni un solo sonido salió de aquella cabina. Y lo peor es que tampoco se movía.
Santa mierda , pensé.
—Tiene que haber una forma… —balbuceé, nerviosa. O más bien histérica—. ¿Y si gritamos por ayuda?
—No hay nadie en el primer piso.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque he estado ahí hace diez minutos.
—Pero puede que hayan regresado y…
—Señorita —insistió él—, le estoy diciendo que no hay nadie.
—¡No podemos quedarnos aquí encerrados! ¡Es importante que llegue al maldito tercer piso! —exclamé, perdiendo la paciencia.
Un par de manos grandes y cálidas me cogieron por los hombros, obligándome a alzar la mirada. Y entonces todo mi mundo se sacudió por segunda vez en menos de cinco minutos.
—Max… —susurré, reconociendo al hombre que estaba encerrado conmigo al instante.
Sus ojos se abrieron de par en par. Eran de un verde oscuro precioso. Y hubo un tiempo en que una simple mirada de él me hacía sentir decenas de mariposas en el estómago.
—Ada. ¿Qué haces tú aquí?
Vaya, esa pregunta era rara. Mucho más si nos deteníamos a pensar en que estábamos atrapados en un ascensor de mierda.
—Tenía una cita con el señor Moon. Y si llego tarde…
La cabina volvió a sacudirse con fuerza, como si tratase de ponerse en marcha y fallase de nuevo. Pero eso no fue lo peor de todo, sino el hecho de que noté que algo se escurría entre mis muslos por culpa del bamboleo constante.
Un mal presentimiento se apoderó de mí y me llevé la mano al vientre de forma instintiva.
—¿Estás bien? —Max sonaba preocupado. No dejaba de tocarme con sus manos, como si buscase la forma de tranquilizarme—. ¿Te dan miedo los espacios cerrados?
—No, no. Es que… por culpa de esto… —presioné más la mano contra mi vientre—. No, no, no. Esto está saliendo muy mal.
Max desvió sus ojos hacia mi abdomen y abrió ligeramente la boca.
—¿Estás embarazada? —sonó con voz estrangulada.
—Ojalá. Pero no. No después de esto.
—¿Qué dices? ¿Te encuentras mal? —de pronto me obligó a mirarlo, como si buscase la verdad en mi rostro.
—¡No! —las mejillas me ardieron. No quería ni necesitaba esa intensidad de su parte—. Es que… estoy buscando quedarme embarazada y esta mañana tenía cita en la clínica de fertilidad. Me hicieron una inseminación, y se supone que tenía que guardar reposo.
—¿Y qué coño haces aquí, entonces?
Vaya, por fin sonaba como el Max que conocía.
—Porque debía venir sí o sí —me aparté de él con cierta brusquedad—. Joder, todo está saliendo mal.
Max chasqueó la lengua.
—No sabía que querías ser madre.
—Ni yo que ahora visitabas los bufetes de tus adversarios.
Una sonrisa ladina curvó sus labios.
—Estoy intentando convencer a uno de los abogados del señor Moon para que me ceda un caso. Le queda grande y a mí me viene perfecto.
—Por supuesto —sonreí, irónica—. Maximus Ward siempre juega sucio.
Todo mi cuerpo temblaba de la ansiedad. No quería perder la oportunidad de ser madre solo porque no se me permitía posponer una entrevista de trabajo. Y tampoco sonaba justo que me quedase sin este puesto por culpa de un ascensor que funcionaba mal.
No supe por qué, pero me entraron ganas de llorar de pronto.
Mi día perfecto estaba arruinándose por completo. Y por si no fuera suficiente todo eso, el destino me ponía delante al único hombre del que me había enamorado… sin que él me correspondiera.
¿Qué más podía salir mal ese día?
El teléfono sonó justo en ese instante. Era el señor Moon. Lo descolgué al instante.
—Buenos días, señorita Grace. Llevo esperándola diez minutos y, dado que no se ha presentado, doy por sentado que ha decidido echarse atrás y no presentarse para el puesto. Le llamaba para informarle que ha sido usted descartada de mi lista. Gracias por interés.
—¿Qué…? ¡No! ¡No es lo que piensa! ¡Es que el ascensor se ha qued…! ¿Hola? —insistí, pero la línea comunicaba—. ¡Joder!
—¿Qué ocurre?
—Tenía una estúpida entrevista de trabajo con el señor Moon y me ha descartado porque cree que me he echado atrás. ¡Y todo por diez minutos de mierda! —enfadada y totalmente afectada por los acontecimientos, le pegué una patada al ascensor.
Y entonces se puso en marcha.
—No te creo —gruñí—. ¿En serio?
—Sube y explícale lo que ha pasado —dijo Max.
Asentí y salí del ascensor con un ataque de nervios. Nada más abrirse las puertas, me encontré cara a cara con el señor Moon. Un hombre alto y con una enorme panza que ocultaba detrás de una chaqueta enorme, y un bigote que había visto mejores épocas.
—¡Señor Moon! Lamento la tardanza, es que el ascensor se había qued…
—Señorita Grace, veo que, además de impuntual, fraterniza usted con la competencia —fue su saludo, pasando la mirada de Max a mí.
—Eso no es cierto —balbuceé a modo de defensa—. El señor Ward se cruzó conmigo de casualidad y…
—No hace falta que me dé explicaciones. Como ya le he dicho por teléfono, no es usted bienvenida en el bufete. Espero que encuentre un puesto en otro lado, más acorde a su nivel.
Las mejillas me ardieron y el corazón se me encogió dentro del pecho.
¿Acababa de humillarme y despreciarme al mismo tiempo? ¿Este saco de estiércol se atrevía a insinuar que no estaba a la altura de un buen bufete?
—Hombre, señor Moon, espero que no le parezca mal mi intervención.
Pero he trabajado con la señorita Grace cuatro años y te puedo asegurar que es una de las mejores abogadas especializadas en divorcio que va a conocer.
Aun así, gracias por no contratarla. Me hubiese dado mucha lástima ver cómo perdía caché al trabajar bajo tu mano.
Señorita Grace —me llamó con una sonrisa envenenada, aunque no iba dirigida a mí—, vámonos.
Estoy seguro de que el señor Moon encontrará a otro abogado de su nivel.
Hay un montón de novatos recién salidos del colegio de abogados, podría pasarse por allí y pillar al primero que salga.
Fue el turno del señor Moon para sonrojarse.
Ni siquiera sabía muy bien qué estaba ocurriendo, solo que Max pasó un brazo sobre mis hombros y me llevó de regreso al ascensor.
—No necesitas a ese bastardo como jefe, Ada —dijo Max como si nada—. Si quieres, puedes trabajar conmigo de nuevo.
¿Qué?
Lo miré como si se hubiese vuelto loco.
—No, gracias. Me fui por una razón. No se me ha perdido nada en tu bufete.
—Si cambias de idea, llámame —dijo, tendiéndome una tarjeta.
Pero no lo haría.
Porque nadie en su sano juicio querría trabajar junto al hombre del que estaba enamorado y que no podría tener jamás.