Capítulo 2
Max
—Es cierto lo que dice mamá: últimamente estás raro de cojones —dijo mi hermana Maddison, entrecerrando los ojos sobre mí.
—No digas palabrotas delante del niño —le dije con más severidad de la que pretendía. Seguía moviendo la pierna mientras Pierre gorjeaba por el traqueteo, sentado sobre mi rodilla—. Luego vendrá Cayden a decir que es cosa mía.
Ella sonrió de medio lado.
—Solo tiene cinco meses. Es un bebé. No va a hablar todavía.
—Nunca se sabe.
Maddison bufó.
—¿Ahora eres experto en crianza de hijos? Porque, de ser así, no estaría mal que me dieses clases.
Su ironía punzante no me hizo ni cosquillas.
—Bastantes libros te compraste durante el embarazo. ¿Qué has hecho con ellos?
—Colocarlos detrás de la puerta de la lavandería.
—Ya veo.
Maddison era mi hermana pequeña y la persona que más quería en el mundo. Cuidarla había sido mi cometido durante años. Pero luego decidió empezar una relación con Cayden, mi mejor amigo de la infancia —y casi como mi hermano—, y ahora era tarea de él cerciorarse de que no le ocurría nada.
Además, tenían un hijo juntos. Un hijo precioso.
En el pasado, llegué a pensar que se les acabaría la pasión y el amor, pero no era el caso. Los dos se amaban con locura. Y formaban una familia increíble. En todos los sentidos de la palabra.
Jamás llegué a imaginar que mi hermana decidiría ser madre, pero ahí estábamos los dos, compartiendo una comida con un bebé que pasaba de sus brazos a los míos sin orden ni criterio, manchándonos de baba a los dos.
Y sí, me daba envidia.
—¿Estás bien? ¿Algún caso difícil? —preguntó ella.
Pierre agarró mi corbata y tiró de ella varias veces. Tuve que quitársela con cuidado. Los bebés tenían una fuerza sobrehumana en cuanto se hacían con algo que les llamase muchísimo la atención.
—No, no realmente.
—¿Entonces?
Le devolví a su hijo cuando el bebé insistió en regresar con ella. Maddison lo acurrucó contra su pecho, y esa imagen bastó para hacerme sentir de nuevo ese agujero entre las costillas. Como si nunca fuese capaz de llenarlo con algo que no fuese la idea que rondaba mi mente.
—Quiero ser padre.
La primera reacción de Maddison fue arquear una ceja. Y no la culpaba.
—¿Tú? ¿Ser padre? Espera, esto es…
—Sí, sí; ya lo sé. No te lo esperabas.
—No, la verdad. Porque casi te desmayaste cuando conociste a Pierre.
—Estaba aún cubierto de sangre y placenta —le recordé.
—Si tienes un hijo, lo verás de ese modo. E incluso cómo sale de una vagina humana, por cierto —dijo ella, tan brusca como siempre.
Pero es que esa imagen no me desagradaba. Al contrario, hacía que mi pecho se llenara de emociones cálidas y confusas.
—¿Y qué? No puede ser tan malo.
—¿No? Mira, ser madre me hace muy feliz, y no cambiaría esto por nada.
Pero no es tan fácil como nos hacen creer en las películas, ¿sabes?
Es una mierda dormir solo tres horas al día, no poder ducharte porque el bebé requiere tu atención, levantarte a cada rato a ver si sigue respirando mientras duerme, preparar biberones que ni siquiera se toma enteros, cambiar pañales, no salir nunca de casa…
Es duro, muy duro, Max. Y la vida en pareja no siempre es un camino de rosas.
—Pero tú lo has dicho: no lo cambiarías por nada. Además, tienes ayuda con esto. Cayden es un buen padre.
—Y he tenido suerte con él. La mayoría de las mujeres tienen hijos con auténticos subnormales —reconoció ella. Cubrió la cabecita de su hijo con la mano, para que pudiese descansar mejor—. Que yo haya tenido suerte no significa nada.
—Lo significa todo. Además, no es que busque casarme con nadie. Solo quiero tener un hijo.
—¿Adoptado?
—No lo sé. No sé si me darían un niño en adopción como padre soltero.
—Ya, está muy jodida la cosa —reconoció Maddison.
Había planteado esa opción, pero no era nada fácil. Si ya exigían miles de papeles y requisitos a una pareja formal, ¿por qué a mí me lo pondrían más fácil?
—¿Y si lo tienes con alguien de mucha confianza? Tienes algunas amigas, ¿no? Seguro que alguna quiere ser madre.
Mientras yo intentaba no reír por su sugerencia, Maddison aprovechó para seguir comiendo. No siempre tenía la opción de seguir mi ritmo, porque Pierre exigía toda su energía y atención.
—¿Por qué iba alguna de ellas aceptar ser la madre de mi hijo?
—¿Y por qué no? Si los dos estáis solteros y buscáis ser padres, ¿qué tiene de malo?
—Que eso solo sale bien en las películas —repuse con ironía.
Maddison me apuntó con el tenedor.
—Claro que no. Es una opción válida. Tú donas el esperma y ella tiene al bebé.
Y los dos lo llenáis de amor y cuidados por el resto de su vida.
No crecerá en una familia convencional, es cierto, pero…
¿en qué se diferenciaría de los demás? La mayoría de las personas crecen en familias disfuncionales o tóxicas, y se supone que sus padres están juntos.
Aunque llevaba razón en parte, seguía siendo descabellado.
—Diría que ninguna de ellas busca ser madre.
—Háblalo con ellas. Quizás es tu año de la suerte, según el horóscopo chino, y significa que por fin serás padre y dejarás de ser un capullo. Todos salimos ganando.
Le di un golpecito con el pie por debajo de la pierna, como cuando éramos pequeños.
—No tiene gracia. No te estoy contando esto para que te cachondees.
—Y no me estoy riendo. Lo digo de verdad.
Eres un buen tío, Max. Cuidas a Pierre como si fuera tuyo y lo quieres muchísimo.
¿Por qué iba a ser distinto si fuera tu hijo?
Solo necesitas a una mujer que se comprometa a cuidarlo y amarlo de la misma manera.
Y te aseguro que te saldrían voluntarias hasta de debajo de las piedras.
>>Por desgracia, vivimos en un mundo donde todo vale dinero, incluso ser padres. Y hay mujeres que no pueden permitirse ir a un banco de esperma a probar tantas veces como sea necesario antes de quedarse embarazadas. Pero si apareciera un abogado guapo y dispuesto a darles lo que quieren…
—Suena como a un reality show que echarían en la Fox.
Maddison encogió uno de sus hombros.
—Piénsatelo. No te digo que hagas una audición, solo que elijas a una mujer que conozcas y sepas que sería una madre estupenda para tu hijo. No estaréis juntos, pero compartiréis un vínculo para toda la vida.
Por culpa de Maddison, esa idea se quedó incrustada en mi cerebro como si fuera una opción viable.
El problema era que ninguna de las mujeres con las que solía compartir mi vida querían ser madres. O ya lo eran… con sus parejas. Así que no me quedaban muchas opciones.
Pero, en cierto modo, esa posibilidad me dio esperanzas.
Eché un vistazo a Pierre, dormido sobre el regazo de mi hermana mientras ella terminaba su comida, y pensé que sería genial intentarlo.
Tal vez no consiguiera nada, pero no era la clase de hombres que se rendía al primer inconveniente.
—¿Tienes alguna amiga que valga la pena conocer?
Maddison enarcó una ceja.
—No vas a usar a mis amigas para que sean las madres de tus hijos. Pero —añadió al ver que pensaba replicar— te ayudaré con esto.
—De acuerdo.
—Pero primero vamos a pedir el postre. Estoy antojada con el tiramisú de la carta.
Fue mi turno para arquear la ceja.
—No estarás embarazada de nuevo, ¿no?
—Cállate la boca, asqueroso —me dio un golpe con el pie por debajo de la mesa—. El que quiere un bebé eres tú, no yo. Con uno, de momento, es suficiente.