Capítulo 1
Max
—Hay riesgo de fuga, así que no deberíamos bajar la guardia.
Mi mirada se dirigió hacia la criatura de un año que trataba, no sin cierta dificultad, cruzar toda la sala de un lado a otro con sus pequeñas y endebles piernecitas.
—Tal vez podríamos hablar con él, o con alguien cercano, y asegurarnos de que no tratará de salir del país impunemente.
Al otro lado de la sala, un grupo de tres mujeres —la madre de la criatura, mi secretaria y una de mis compañeras de trabajo, abogada también— lo esperaban con los brazos abiertos y los ojos brillando de emoción.
—¿Crees que su madre es una buena opción?
El niño dio varios pasos, y estuvo a punto de caerse en un par de ocasiones. Pero se mantuvo firme y cruzó la distancia que lo separaba de su madre sin dejar de mirarla.
—¿O quizás deberíamos dejar la responsabilidad sobre la policía?
Una sonrisa divertida e intrigada curvó mis labios cuando las tres mujeres estallaron en risas y halagos una vez el niño llegó hasta ellas. Su madre lo abrazó muy fuerte y lo llenó de besos. El bebé gorjeó e hizo pompitas de saliva.
—Max, te estoy hablando.
Todo el mundo celebraba los primeros pasos del bebé al otro lado de mi despacho, y me dieron algo de envidia. Parecían divertirse muchísimo.
—Max. Te. Estoy. Hablando.
Parpadeé, escuchando al fin la voz de mi compañero, y lo miré con cierta desgana.
—Perdona, ¿qué decías?
—Tu cliente es un dolor en el culo de todos nosotros. ¿Por qué has aceptado su caso? —preguntó Jhon, un poco molesto.
Observé la carpeta y enseguida supe de qué caso hablaba.
—Es un caso fácil.
—¿Fácil? —enarcó una ceja y me miró como si hubiese perdido un jodido tornillo—.
El tipo ha estado moviendo una cantidad indecente de dinero a países fiscales y se enfrenta a una pena de prisión de doce años.
¿Cómo va a ser un caso fácil? Para empezar, ni siquiera deberías haberlo escogido. No te beneficia en nada.
Caminé hasta la cristalera y tiré de la cuerda, permitiendo que las cortinillas taparan la escena que había al otro lado. No necesitaba distracciones.
—Ha decidido pagar todos los impuestos y declararse culpable para reducir la pena. No es nada complicado.
—Eso te hace perder el caso —Jhon no daba crédito.
—No realmente. He conseguido que, en vez de doce años, sea una pena de dos años. Y que pague el resto de su deuda haciendo trabajos para la comunidad por los próximos tres años. Esto —señalé la carpeta con toda la información— es una victoria.
Jhon sacudió la cabeza.
—No sé a qué estás jugando últimamente. Ni siquiera sé por qué Hayden te permite coger estos casos.
—Porque confía en mí. Y tú deberías hacer lo mismo —le di una palmadita en el hombro antes de volver a mi sillón y dejarme caer—. Pagará la fianza y declarará en un par de semanas. Todo va sobre ruedas.
—Tu cliente se va a fugar en cuanto lo dejen en libertad. Es lo que trataba de decirte.
—Lo dudo mucho. Si le han dado la opción de salir de la cárcel de manera temporal es porque no existe ese riesgo.
—Todos los que malversan dinero acaban cogiendo un avión directamente a Cuba —insistió mi compañero.
Jhon era un abogado muy bueno, pero también desactualizado por completo. Con cincuenta años y veintidós ejerciendo como abogado, su visión acerca de las condenas y los clientes dictaba mucho de parecerse a la mía. Él seguía jugando limpio en un mundo donde había que ser el ayudante de Satanás.
Pero no lo culpaba en absoluto. Él había ganado casos que a mí me hubieran quedado grande. Sus métodos eran limpios y ordenados, y su actitud metódica le ayudaba a sopesar todas las opciones antes de tomar la decisión correcta.
De ahí que le indignara que un veredicto de culpabilidad y una condena me pareciera bien.
Pero, a veces, una condena mínima era una victoria para un cliente que no tenía salvación.
—Entonces espero que me mande una postal, por lo menos.
Jhon apretó tanto los labios que pensé que le desaparecerían directamente de la cara.
No estaba nada contento con mi actitud.
—Hablaré con Hayden sobre esto —dijo a modo de advertencia—. Estoy seguro de que no deberías apelar para que lo saquen de la cárcel bajo fianza.
—Me parece genial, Jhon.
Sé que esperaba otra respuesta más agresiva de mi parte, o que me enfadara con él, pero no le di el gusto porque, en el fondo, me era totalmente indiferente el caso.
El acusado no se largaría a otro país. Era demasiado inútil para vivir escondido en países que no tenían extradición con Reino Unido.
Si lo habían pillado malversando dinero a los tres años de empezar, ¿cómo no iban a pillarlo antes de poner un pie en Cuba?
Por favor. Había que conocer muy bien a las personas a las que defendías, sí, pero también ser consciente de la inteligencia que tenía cada uno.
Vi que Jhon se llevaba la carpeta y abandonaba mi despacho. Seguramente iría directo a hablar con nuestro jefe, Hayden, para decirle que no me tomaba en serio mi trabajo.
Menos mal que Hayden conocía mis métodos y nunca me echaba la bronca. Tal vez fuese la última incorporación a su bufete, pero ese hombre confiaba en mí casi tanto como en su socio, Ezra Miller.
Terminé de responder un par de correos electrónicos y dejé mi despacho para ver qué se cocía al otro lado.
Tanto mi secretaria como mi compañera continuaban festejando la llegada del bebé al bufete. No solíamos traer niños a este lugar, pero Nadia, la novia de mi jefe, había sido madre solo un año antes y a veces nos visitaba con aquella criatura regordeta entre los brazos.
—¡Jefe! —mi secretaria se levantó de golpe y corrió hacia su mesa, muy apurada—. ¿Necesita algo? Perdona, me he distraído y…
—Tranquila, está todo en orden. ¿Ha llamado alguien?
—No, no. Todo está en orden, jefe.
—Genial. —Miré en dirección a Nadia y su hijo—. ¿Qué celebráis?
—Milo ha dado sus primeros pasos —dijo de lo más emocionada. Y es que ese bebé ya pertenecía a todos los miembros del bufete, como si fuéramos sus tíos o algo así—. Ha sido tan emocionante.
—Sí que crecen rápido. Hasta hace pocas semanas, teníamos que evitar que cogiera los lápices y las grapadoras de todas las mesas.
Mi secretaria soltó una carcajada.
—Estoy segura de que Hayden debe estar muy orgulloso de su hijo.
—Seguro que sí.
Y le tenía algo de envidia por eso. Porque él gozaba de una vida que yo no podía ni soñar.
Las últimas veces que traté de conocer a una mujer a fondo, enamorarme de ella, salí escaldado.
Ninguna quería algo serio. O simplemente no buscaban ser madres.
Y yo respetaba sus peticiones, porque no tenía mucho sentido iniciar una relación a largo plazo con otra persona que no esperaba lo mismo que tú.
Pero sí que me gustaban los niños. La idea de tener uno propio y ver cómo crecía, cómo aprendía a caminar y a hablar, a coger todos los objetos que tuviera a su alcance me golpeaba cada vez más duro. Y mi cabeza no era capaz de borrar esas imágenes, porque ese deseo nunca se esfumaba.
—¿Hiciste la reserva para el restaurante que te pedí?
—Sí, jefe. A la una —dijo mi secretaria.
—Gracias.
Volví a mi despacho para no tener que seguir dándole vueltas a ese sueño que me invadía noche y día. Quería ser padre, de verdad que quería. Y ya contaba con una edad importante. Treinta y seis años eran suficientes para saber lo que quería.
Pero… ¿cómo iba a ser padre, si estaba completamente solo?
No existía posibilidad alguna de conseguir un bebé que me alegrase los días y me llenara de amor por los próximos años.
Un bebé no se compraba. No era como un coche o un viaje a Japón.
No era un capricho. Así que tendría que joderme y aceptar que solo fuese el tío de los hijos que mi hermana decidiera tener.
Y ya había traído al mundo uno. Un niño maravilloso que me daba la vida.
Aun así, continué pensando en la idea de ser padre. Esa imagen jamás se borraba de mi cabeza.
Y jamás se borraría.