EPÍLOGO
Serena
Unos meses más tarde
—Gideoooooon —me quejé—. Vas a hacerme llegar tarde a la reunión.
Él sacó la cabeza de las sábanas y me sonrió con picardía.
—¿Y qué tiene de malo? Solo estoy besándote.
—Eso no es verdad. Estás provocándome.
Porque así era Gideon desde que vivíamos juntos como una pareja oficial: impredecible, juguetón y mimoso. Y a mí me encantaba.
Pero aquella reunión era importante, porque una nueva empresa quería contratarme y eso me hacía muchísima ilusión. Era el primer trabajo que obtenía en meses.
Gracias a que la demanda que le puse a Renato trascendió a los medios, y todo el mundo se enteró de la verdad, ya no eran muchos los compañeros del gremio que me miraban por encima del hombro. Finalmente había limpiado mi nombre. Un poco, al menos.
—¿Algún problema con eso? —preguntó antes de depositar un beso entre mis pechos, desconcentrándome.
—No quiero ir hecha un desastre.
—Y no será el caso. Solo tienes que dejarme trabajar.
Para él, el sinónimo de “trabajar” era arrancarme, como mínimo, un orgasmo. Y no es que me quejara, pero necesitaba que mi cabeza funcionara durante la reunión.
Sin embargo, cualquier pensamiento racional se borró de mi mente cuando la boca de Gideon capturó uno de mis pezones y tiró con fuerza. Ahogué un gemido, escuchando cómo él se reía maliciosamente debajo de las sábanas.
No había nada que hacer.
Gideon ganó esta batalla, por lo que dejé que jugara con mis pechos mientras sus manos ahuecaban mi culo desnudo. No es que folláramos a diario, pero caso. En las últimas semanas los dos nos habíamos vuelto insaciables. Siempre necesitados del contacto del otro.
Y eso me hacía muy feliz.
Gideon no me dejaba sola, pero me daba mi espacio. Confiaba en mí. Me llevaba a infinidad de planes increíble. No se molestaba si pasaba todo un día encerrada en el despacho, trabajando en algún proyecto o en la demanda con Frank. Y me mimaba y me quería de una forma tan sana.
Todo con él era vivir un cuento de hadas constante.
Con sus cosas buenas y sus cosas malas.
Cerré los ojos cuando se deslizó por mi cuerpo, distrayéndome, y cubrió mi coño con su boca. Una simple pasada de su lengua hizo que todo mi ser temblara hasta el núcleo de mis huesos.
Gideon era tan bueno en esto. Solo necesitó unos minutos acariciándome con la lengua y los dedos para que me corriera en su boca. Y no contento con eso, siguió besándome y lamiéndome hasta que me retorcí, grité y le tiré del pelo.
Cuando se quedó conforme con su obra, salió de debajo de las sábanas, totalmente sonrojado y feliz.
—Así que tomarás más en serio la reunión. Ya no estarás tan tensa —bromeó.
Le di con una de las almohadas, riéndome.
Pero tenía razón: ya no estaba nerviosa.
—Eres insoportable.
—¿Tú crees? —preguntó, acercándose a darme un beso.
Me deshice bajo el peso de su lengua una tercera vez. No de manera sexual, sino por el cariño y el amor que me transmitía Gideon.
—A veces.
—Mh… Tendré que trabajar más en eso —bromeó.
Le acaricié el pelo y la cara con las yemas de los dedos. Ese hombre me hacía tan feliz.
—¿A qué hora terminas la reunión?
—A la una.
—¿Te gustaría comer y celebramos? —sugirió.
Fruncí el ceño.
—¿A celebrar qué?
—Lo primero de todo, y más importante, que te amo. Y lo segundo… que te darán ese proyecto.
El corazón me latió más rápido que de costumbre.
—Joder, sabes cómo hacer feliz a una chica.
—Solo quiero hacer feliz a mi chica.
—Buena respuesta —lo halagué—. Ahora llévame a la ducha, compórtate y salgamos de casa antes de que nos comamos un atasco.
—Sí, mi diosa.
Me reí cuando me tomó en brazos y me llevó a la ducha.
—¿Sabes? Deberíamos celebrar una tercera cosa —dije de pronto.
—¿Cómo qué?
—Que empezamos una vida maravillosa en Grecia a partir de ahora.
Gideon sonrió y me abrazó con fuerza, llenándome de besos.
Por supuesto, no nos quitamos las manos de encima. Gideon acabó haciéndome el amor. Y nos comimos un atasco igualmente.
Pero en ningún momento me importó. La vida con él era simplemente el paraíso.