Capítulo 37
Gideon
—Doctor Sinclair, hay alguien que lo busca —dijo una de las enfermeras que estaba conmigo esa noche.
—¿En serio? ¿Brady otra vez? —pregunté, burlón.
Brady siempre me llamaba cuando necesitaba confirmar un diagnóstico. Al haber estudiado neurología, por mucho que no lo practicase, también poseía conocimientos sobre su campo. Además, cuatro ojos veían más que dos.
—No, es una mujer. Dice que es su novia.
El corazón se me congeló dentro del pecho.
Prácticamente me levanté de la silla como un resorte y me dirigí a la sala de al lado, donde la enfermera señaló con el dedo. Allí me esperaba Serena, apoyada en la mesa donde solía pasar consulta uno de los médicos de digestivo.
Estaba… joder, estaba preciosa. Cada día que pasaba me gustaba más y más.
—Hola —saludó ella.
Aunque debería haberme contenido, no fui capaz, y prácticamente me acerqué a ella para abrazarla.
Serena dejó ir un suspiro de alivio.
—Te he echado mucho de menos —confesé.
—También yo. Pero ya está todo solucionado.
—¿De verdad?
No hablábamos desde que nos despedimos en casa de Frank. Ella me pidió tiempo y espacio, y yo se lo di. Y aunque teníamos mucho que decirnos, sabía que Serena solo necesitaba una cosa: que le confirmara que seguía queriendo estar con ella.
—Renato y yo no pactaremos nada. Siento decirlo, pero es un imbécil. Así que lo llevaré a juicio.
—Está bien.
—Y… bueno, como tampoco hay nada más que pueda hacer de momento, había planeado que podría quedarme un poco más en Nueva York. Si lo deseas.
La estreché aún más contra mi cuerpo. Ella posó ambas manos sobre mi pecho.
—¿Bromeas? No hay nada que me haga más feliz que saber que te quedarás.
Serena sonrió con cierta timidez.
—¿No me odias? —preguntó en voz baja.
—Jamás te odiaría.
—Y… ¿me quieres?
—Con todo mi corazón —confirmé.
El alivio se adueñó de todo su ser.
—No será fácil lidiar con todo esto —me advirtió.
Y tenía razón, no lo sería. Pero la vida rara vez era un campo de rosas. Había que luchar constantemente por lo que se quería, por mantenerlo.
Serena valía la pena, y por eso mismo me aferraría a ella y la haría feliz tanto como fuese capaz. Porque nos lo merecíamos, a fin de cuentas. Y habíamos trabajado en ser mejores personas, pero también en acercarnos y admitir de una vez lo que sentíamos el uno por el otro.
—¿Estás asustada?
—Como la mierda.
Presioné sus labios en un beso corto.
—Todo irá bien.
—Cuando lo dices tú, sé que será así. Pero… me da miedo que te arrepientas.
—Eso no ocurrirá. Quiero estar contigo, Serena. Te quiero. Y te voy a seguir queriendo.
Ella rodeó mi cintura con los brazos y ocultó el rostro en mi pecho. Su aliento me hizo cosquillas.
—¿Puedo volver a casa?
Sonreí ante su apreciación. No había dicho “tu casa”, sino “a casa”, y eso ya dejaba claro sus intenciones conmigo.
Aquel ático ya formaba parte de nosotros. Era y sería nuestro hogar.
—Nunca te fuiste realmente, así que sí, puedes volver cuando desees.
Serena alzó la cabeza y me miró con esos profundos ojos repletos de amor.
—Gracias por convertir todo este asunto en algo mucho mejor de lo que era.
Antes de besarte por primera vez, pensaba que la venganza acabaría conmigo.
Que no sería feliz al final del camino porque mis ansias de retribución se llevarían todo lo bueno.
Pero ahora sé que esto es una venganza muy dulce. Y lo es porque estás conmigo.
La acorralé contra el escritorio y la besó largo, profundo. Bebiéndome su aliento y su amor. Deleitándome con sus caricias, con su abrazo, con su calor.
Serena era mía, y no la soltaría jamás.
—¿Serás capaz de esperar a que llegue a casa?
—Lo intentaré. Pero no prometo nada. Quizás, cuando llegues, me encuentres en tu cama, desnuda, para que me hagas todo lo que te dé la gana.
Un gruñido brotó de mi garganta.
—Dios mío, eres perversa.
—Pero así me quieres.
Volví a besarla.
—Sí, así te quiero.
Y eso jamás cambiaría.