Capítulo 36
Serena
Respiré profundo antes de entrar en la oficina de Frank y cruzarme, por primera vez en mucho tiempo, con Renato. Al menos, cara a cara. Sin distancia de por medio.
Estaba acompañado de su abogado, un hombre mayor, con gafas y el pelo cano. Pero parecía de esos letrados que llevaban años formándose en demandas de todo tipo.
Aunque ya no me daba miedo.
—Buenos días, señorita Star —dijo el abogado, estrechándome la mano.
Frank hizo un gesto para que nos sentáramos todos. Habíamos elegido su despacho como sitio neutral por obvias razones. Aquí estábamos en terreno amigo.
—El abogado del señor Sinclair quiere hacer un trato, como ya te comenté —empezó a decir Frank.
Sí, lo sabía. Pero no pensaba claudicar mucho más. A menos que me dieran una buena razón para no seguir adelante con la demanda.
—Soy toda oídos.
El abogado se aclaró la garganta y le tendió a Frank una carpeta.
—Mi representado quiere llegar a un acuerdo con la señorita Star. Ahí están todos los detalles. En lugar de ir a juicio y alargar esto durante meses, paralizando el proyecto y la vida laboral de mi cliente, podríamos solucionarlo en privado.
—¿Y qué solución plantea su cliente? —preguntó Frank.
—La señorita Star retira la denuncia y el señor Sinclair aceptará que colabore en el proyecto.
—¿Colaborar? —me burlé—. Estáis de coña, ¿no?
Frank me lanzó una mirada de advertencia que ignoré por completo.
—No voy a ser la segunda de nadie, y menos si este señor —le dirigí una mirada de rabia a Renato— no acepta públicamente que me robó el trabajo.
—Bueno, señorita Star, creo que no hay necesidad de humillar a nadie en público. Si accediera, sería beneficioso para ambos. Conservaríais vuestro trabajo y usted sería beneficiaria de…
—No —le corté, aunque fuera poco profesional—. No es por dinero por lo que hago esto, sino porque me robaron mi investigación y acabé en la ruina. Así que no me da la gana.
—¿Crees que esto es un juego? —intervino Renato—. Hay mucho dinero y prestigio en juego.
—Exacto. Y tú no vas a disfrutarlo porque eres un ladrón y un miserable —repuse como si nada.
Renato se puso rojo.
—Aunque estés resentida, podrías pensar en el proyecto. Es importante. Y puede que el gobierno griego se eche para atrás.
—Entonces ya me las apañaré para buscar inversores privados. Pero ese descubrimiento lo hice yo, Renato. No tú. Tú no te mereces nada de reconocimiento. Ningún historiador o arqueólogo debería sentirse feliz de robar el trabajo ajeno.
Le había golpeado donde más le dolía, aunque no me importó demasiado. Me había cansado de ser la tonta del cuento.
—Por favor, esto es una conversación entre adultos y… —trató de decir el abogado de Renato, aunque no lo dejamos acabar.
—¡Deberías estar contenta por todo lo que he conseguido! ¡Tú no habrías logrado engatusar al gobierno griego ni en veinte años! —exclamó entonces, perdiendo los papeles—. Soy quien ha apostado fuerte por eso. Que tú recabaras información no te hace vital en el proyecto.
Me eché a reír porque lo que acababa de decir no tenía sentido alguno.
—Este proyecto existe porque yo confié en mi criterio y encontré el lugar exacto sin ayuda de nadie.
Te puedes meter el dinero y el reconocimiento por donde te quepan —escupí—.
En cuanto la demanda trascienda a los medios, tu reputación va a caer en picado.
¿Y sabes qué? Tengo pruebas suficientes para demostrar que me robaste.
—Es tu palabra contra la mía.
—No —solté una carcajada envenenada—. En mi ordenador está todo, y resulta que un perito las ha aceptado como válidas. No tienes escapatoria.
Renato se quedó blanco de la impresión.
—¿Cómo te hiciste con…? Gideon —susurró.
—Será mejor que no arremetas contra él. Lo obligué a conseguirlo para mí —le defendí—. Él no buscaba hacerte año, pero necesitaba esas pruebas y se las pedí.
—Sois un par de trozos de basura los dos. ¿Me echabas tanto de menos que necesitabas follarte a mi hermano? ¿Es un sustituto ahora?
—No, porque Gideon es mejor persona que tú. Es infinitamente mejor que tú en todo —le dejé claro—. Y te quiere tanto que es capaz de sufrir tu ira en silencio a decirte a la cara que eres un miserable y un embustero.
Renato se levantó de golpe, como si no quisiera estar más tiempo allí, conmigo, en la misma habitación.
—Esto no quedará así, pelearé hasta el final.
—Buena suerte.
—Y Gideon y tú os podéis olvidar de mí de una vez por todas. Me habéis engañado, mentido y manipulado. Y ahora queréis quitármelo todo —me acusó.
—Habértelo pensado antes de joderme, Renato.
El abogado lo acompañó hasta la puerta y se despidió de nosotros con cortesía.
Frank y yo nos miramos un momento.
—Creo que será una batalla legal dura —dijo mi amigo.
—No me importa. ¿Sabes qué? Estoy cansada de elegir siempre el camino con menos piedras, así que voy a ir a por todas.
Él sonrió.
—Le ganaremos —prometió.
Le devolví la sonrisa.
—Confío en ti.
Durase el tiempo que durase aquel juicio, estaba segura de que era lo correcto y que la victoria sería mía. Porque había puesto tanto amor en ese proyecto, tantos años y tanta pasión… que simplemente volvería a mí y me daría lo que siempre quise.
Una vida ensueño.