Saga Sin Reglas Capítulo 35
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Capítulo 35

Gideon

Al día siguiente, tal y como me advirtió Serena, la noticia de la demanda hizo que todo saltara por los aires.

Renato se presentó en mi casa hacia la mitad de la mañana, totalmente alterado, como si no supiera por qué le estaba ocurriendo aquello si no había hecho nada.

Porque, para ser honestos, él confiaba de verdad en su inocencia.

Y eso era, en parte, uno de los motivos por los cuales ayudé a Serena.

Él jamás admitiría que robó aquella investigación.

—Esa zorra me la ha jugado —fue todo lo que dijo para romper el hielo, lanzando sobre la mesa una carpeta marrón. Estaba fuera de control—. ¡Me ha demandado! ¡Serena ha decidido llevarme ante un juez!

Dentro de mi pecho, un sentimiento oscuro, casi como si tuviera vida propia, se agitó de forma sigilosa y frívola. Aunque quisiera evitar lo que estaba por suceder, no tenía sentido mentir o esquivar mi responsabilidad.

—¿Por qué? —pregunté, quizás con la esperanza de que Renato confesara de una vez lo que había hecho.

—¿Cómo que por qué? —me miró con incredulidad.

—Algún motivo pondrá en la demanda, ¿no?

Renato resopló y se pasó una mano por el pelo.

—Me acusa de robarle la investigación en la que estoy trabajando y que el gobierno griego ha aceptado financiar. Quiere demostrar que le robé todo el material y que se ha visto perjudicada laboralmente por eso.

¿Y ya estaba? ¿No iba a confesar su parte de culpa?

La decepción se apoderó de mí por completo. Había esperado, quizás con demasiada fe, que Renato admitiera frente a mis narices lo que hizo en el pasado. Pero no, prefirió seguir manteniéndose en sus treces de que era inocente.

—Lo hiciste.

Renato frunció el ceño. Me miró desconcertado. Y luego abrió ligeramente la boca, como si entendiera, por fin, lo que estaba ocurriendo.

—¿Tú lo sabías?

—¿Qué parte de la historia? —pregunté—. ¿Que le robaste su trabajo? Sí. ¿Que planeaba vengarse de ti? También.

Y eso fue todo.

Mi relación con Renato jamás volvería a recuperarse después de ese golpe brutal.

—Nunca pensé que tú, de entre todas las personas… —empezó a decir, retrocediendo un paso—. ¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque Serena tenía derecho a vengarse de ti.

—¿Estás hablando en serio? —su cabreo era monumental—. ¡Se supone que eres mi hermano!

—Y también eras su prometido, Renato. No solo le pusiste los cuernos, sino que también le robaste su trabajo de años y años. ¿Qué esperabas?, ¿que Serena te aplaudiese? Joder, ¿cómo pudiste hacerle algo tan horrible?

—¿Y tú qué sabes lo que pasó de verdad?

—Tú nunca estabas, Renato. Nunca. Pero yo sí.

Yo la veía trabajar día y noche, entre llamadas y reuniones y libros.

Sé que esa investigación era completamente suya, porque tú, por aquel entonces, solo viajabas y hacías contactos.

Pero te aprovechaste de su vulnerabilidad para llevarte todo el mérito, dejándola sin nada.

Rojo de rabia, Renato bufó. Colocó las manos sobre sus caderas, sin saber cómo rebatirme algo que era completamente cierto.

—Serena ha sufrido burlas y miraditas de superioridad cuando ella trataba de hacerles ver que tú le habías robado todo su trabajo.

Casi no la contratan porque creen que está resentida contigo.

Fuiste un miserable al apartarla de un proyecto que ella inició y terminó sola —la defendí—.

Así que tiene derecho a vengarse de ti —repetí.

Renato entrecerró los ojos sobre mí. De pronto mostró sorpresa, como si hubiese caído en algo de pronto. Un detalle que había pasado por alto.

—Estás enamorado de ella —una afirmación, no una pregunta.

Apreté los labios, sin negarlo.

¿Para qué? Si de todos modos se iba a enterar también.

—Sí.

—¿Te has vengado de mí porque te la quieres tirar? ¿Es eso?

—Yo no me he vengado de ti, Renato. Solo la he apoyado porque considero que tiene razón.

—¡Y una mierda! Te has confabulado con ella para quitarme del medio.

—¿Quitarte del medio? —repetí—. ¿Estás escuchando lo que dices?

Renato respiraba con rapidez, cada vez más rojo. Más enfadado.

—Eres un hermano de mierda, Gideon. Si te la querías follar, no había problema. Pero no había necesidad de joderme a mí en el proceso.

—Tú le robaste su proyecto, maldita sea. Reconoce que la jodiste y que debes dar la cara, ser sincero y devolverle lo que le pertenece.

Pero él se negó a escuchar. No quería asumir que todos sabrían la verdad de sus actos. Que no volverían a confiar en él como antes.

Y aunque me daba algo de lástima, eso no me ablandó. A veces, las personas debíamos asumir las consecuencias de nuestros actos. Los buenos y los malos.

—Me habéis jodido la vida.

—No. Tú se la jodiste a ella. Es diferente. Aún estás a tiempo de pactar con ella y llegar a un acuerdo. Serena es una persona capaz de escuchar, ¿sabes? Lo sabrías si le hubieras prestado atención cuando salisteis juntos.

—¿Ahora vas a decirme cómo era? ¿También vamos a hablar de lo que le gusta en la cama? Porque seguro que ya te la has tirado.

—Renato, corta el rollo —dije con cansancio—. Si lo que quieres es desquitarte con alguien, hazlo conmigo; pero no trates de humillarla o denigrarla. Ella no ha hecho nada malo.

—Eres un hijo de puta —escupió, enfadado. Y esa rabia, ese dolor, me hirió en lo más profundo de mi ser—. Y esto no va a quedar así. Serena no se saldrá con la suya. Solo espero que os vaya bien a los dos, porque, al parecer, tenéis mucho en común. Los dos sois igual de ratas.

Renato se marchó dando un portazo, y yo me quedé allí parado, sin saber cómo gestionar todo lo ocurrido.

Me dolía perder a mi hermano, pero tampoco quería ceder a sus caprichos y alejarme de Serena. Tendría que entender que había obrado mal y que le tocaba solucionarlo de la mejor manera posible.

Y si en unos meses, cuando todo esto se enfriara, quería hablar… lo solucionaríamos como hermanos.