Saga Sin Reglas Capítulo 34
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Capítulo 34

Serena

—Tengo muchas cosas, lo siento. Puedo alquilar un almacén donde dejarlas, si lo prefieres.

—¿Muchas cosas? —se burló Frank—. Solo son dos maletas y una caja, por dios. Hay sitio de sobra en mi casa.

—Tu apartamento es diminuto.

—Gracias por apreciarlo —enarcó una ceja, divertido—. Pero he vivido muy bien aquí desde que me lo compré.

—Y no lo dudo. Es perfecto para alguien que no desea formar una familia y todo eso.

Frank me dio un codazo a modo de protesta.

Los dos deseábamos las mismas cosas, al final: una relación normal, con una persona normal, sin hijos. Nada de niños correteando por ahí y demandando atención y cuidados constantemente. Respetaba a quien le gustase esa clase de vida, pero no era lo que a mí me llenaba.

—Si lo deseas, le puedo decir a Russ que te acoja en uno de sus hoteles.

—No, no será necesario que llames a tu mejor amigo para que tenga algo de caridad con una sintecho —bufé.

—A él no le importaría y lo sabes.

—Ya, pero a mí sí.

Frank se apiadó de mí y me dio un súper abrazo.

—¿De verdad que estarás bien?

—He sobrevivido a cosas peores. Como cuando me picó una cobra, ¿recuerdas? Se me puso el tobillo negro. Y tuvieron que sacarme el veneno y todo. Esto no es nada.

Aunque sí lo era, porque la mordida de una serpiente se podía curar, pero que te traicionara alguien que amabas… no.

—Vale. —Se alejó de mí y cogió su chaqueta del perchero—. Iré a presentar la demanda ya. Le llegará mañana mismo.

Noté una sacudida a la altura del estómago, como si me estuvieran golpeando con una bola de demolición.

—Genial.

—¿Segura?

—Claro que sí. Vete ya. Necesito poner orden en mi vida, si no te importa.

Frank resopló, se puso la chaqueta y cogió su maletín.

—Volveré a la noche.

Hice una señal con el pulgar para que supiera que estaba todo bien. No iba a lanzarme por la ventana ni a beberme todos los productos químicos que encontrase en la cocina. Era una mujer madura y racional, y saldría adelante porque me lo merecía.

Durante todo el día, solo me dediqué a ver programas de la televisión. Uno detrás de otra. Pedí comida china, comí hasta hartarme, dormí un rato y luego seguí allí, simplemente mirando a la gente hacer cosas estúpidas.

Vaciar mi mente de cualquier pensamiento intrusivo evitó que colapsara de forma inevitable.

Hacia media tarde, escuché un par de golpes en la puerta. Di por hecho que Frank se habría olvidado las llaves, pero cuando abrí, no fue él quien esperaba al otro lado, sino…

—Gideon —balbuceé—. ¿Qué cojones haces aquí?

—Puesto que no me das la opción de explicarme, tendré que buscar alternativas, ¿no?

—Puedes meterte tus excusas por el culo, embustero —gruñí.

No me dio tiempo a cerrarle las puertas en las narices; él se coló como si nada.

—¡Nadie te ha invitado!

—¿Y crees que me importa? —soltó una carcajada desganada—. Llevo días llamándote y escribiéndote y buscándote… y ya me da igual todo. Si quieres odiarme, ódiame; pero al menos dame la oportunidad de explicarme. Es lo mínimo que merezco.

—No, no mereces una mierda. Escondiste las pruebas que necesitaba y…

—¡No escondí nada! —alzó la voz. Era la primera vez que veía a Gideon hablar en ese tono—. Jamás te ocultaría algo tan importante, maldita sea.

—¿Y por qué estaba en el armario de las conservas? —le acusé.

—Porque al principio sí que dudé. En si quisieras tus cosas de vuelta y en si era lo correcto joder a Renato.

Tengo derecho a la duda, ¿no? Después de todo, es mi hermano.

Aunque sea un cabrón de mierda, le quiero y me importa.

Y si te daba algo tan importante, estaría condenando mi relación con él para toda la vida.

—Pero no era tu elección.

—Sí, tienes razón. No lo era. Por eso mismo planeaba decírtelo en estos días.

Quería un poco de tiempo para concienciarme y así despedirme de Renato.

Un día normal con él, para que recordase que, pese a todo, me importa y lo aprecio.

Porque es mi hermano. Pero eso no significa que no fuese a darte el maldito portátil.

Me mordí el interior de la mejilla con tanta fuerza que enseguida noté el regusto metálico de la sangre.

Quería creerle, pero mi corazón aún se negaba en rotundo a ceder.

—¿Y por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me contaste cuáles eran tus dudas? Te habría dado esos malditos días, joder.

Gideon se veía tan cansado, con ojeras y los labios llenos de pielecitas. Se notaba que no lo estaba pasando nada bien.

—Intenté hacerlo. La noche que desvelaste, ¿recuerdas? No conseguía dormir porque no sabía cómo decírtelo y estaba buscando las palabras adecuadas.

Maldita fuese.

No esperaba esa respuesta.

Aquella noche fue confusa para ambos. Los dos con nuestra propia cabeza embotada de pensamientos intrusivos. Si hubiera sabido lo que le preocupaba, tal vez… No, no hubiese cambiado nada.

—¿Crees que busco hacerte daño con esto? El día que fui a casa de Renato, tuve la posibilidad de dejar el portátil allí. Ninguno de los dos os habríais dado cuenta. Lo cogí porque no quería defraudarte. Y lo escondí porque mi corazón estaba dividido.

De pronto me sentí terriblemente culpable. Había metido la pata hasta el fondo. Aunque él tampoco es que hubiese escogido la forma más adecuada de lidiar con ese asunto.

Éramos un par de idiotas aferrándose a su orgullo y a sus emociones. Un combo letal.

—Piensa lo que quieras, Serena. De verdad. Después de que hablemos, eres libre de elegir si creerme o no. Pero al menos déjame hacerte llegar cómo me sentía. Por favor.

Un par de lágrimas cayeron por mis mejillas, traicionándome. Ni siquiera me había dado cuenta de que tenía un nudo en la garganta. Demasiadas emociones juntas en muy poco espacio de tiempo.

Gideon se acercó a mí y, en un gesto vacilante, ahuecó mi rostro con sus manos y secó mis lágrimas con los pulgares.

—No llores. Puedo irme si quieres.

—Es que no quiero. Pero tampoco sé cómo tomarme esto —admití entre sollozos—. Te abrí mi corazón y… pensé que tú… Que me habías traicionado.

—Lo sé —murmuró él, comprensivo como siempre.

—¿Cómo puedes estar aquí parado, limpiándome las lágrimas, a sabiendas de que voy a joderle el trabajo y la reputación a tu hermano? Si lo elegiste a él, deberías ir a advertirle.

—Renato debe lidiar sus propias batallas. Y ya elegí hace tiempo, Serena. Te escogí a ti y con eso me quedo. No vas a joderle la vida, tampoco. Solo estás defendiendo algo que te pertenece. Él sabrá salir adelante.

Sollocé con más fuerza, como si alguien hubiera abierto las compuertas de mis lágrimas por completo.

Gideon me abrazó con tanta fuerza que simplemente no tuvo fuerzas ni valor suficientes como para apartarlo.

Quería su contacto, de todos modos.

—La demanda ya está puesta —balbuceé—. Si todavía hay una parte de ti que está en contra de esto, es hora de que te largues, Gideon. Porque no hay forma de detener lo que se viene.

Él exhaló un suspiro, aunque no se movió del sitio.

—Mentiría si dijese que no me duele por Renato, pero sé que es lo correcto. Has hecho lo que tenías que hacer. Que él sea mi hermano no te quita razón. Ya está. No quiero pensar demasiado en ello —admitió.

—¿Y no… me odias?

—¿Debería?

Lo alejé un poco y lo miré a los ojos.

—En tu lugar, me sentiría terriblemente mal por ambos.

—He estado una semana lejos de ti, pensando que me odiabas, y eso me ha hecho sentir peor que ninguna otra cosa, Serena.

Un escalofrío me golpeó con fuerza.

—No lo entiendo.

—Te quiero. Te dije que llevaba años enamorado de ti. No mentí con eso, Serena. No he mentido con nada. Te quiero y me importas, y voy a apoyarte con este asunto, si me lo permites.

Sonaba tan sincero como siempre. Y sus ojos se habían cristalizado también. Verlo tan frágil hizo que mi orgullo se quebrase en mil pedazos. No quería seguir negando lo evidente.

Lo abracé de vuelta y escondí el rostro en su cuello. Gideon correspondió al instante.

—Solo si estás seguro —murmuró.

Tardó unos segundos en responder.

—Lo estoy.

—Entonces sí. Te creo.

Gideon tomó mi mentón entre los dedos y me obligó a mirarlo de nuevo.

—Regresa conmigo a casa, por favor.

—No puedo, Gideon. Todavía no. Necesito… un poco de tiempo. ¿Me lo darías?

Aunque mis palabras lo decepcionaron, y eso se notó en su mirada, no se apartó ni me echó en cara nada.

—Todo el que necesites.

—Gracias.

El beso que me dio nos supo amargo a ambos.

—Mañana le llegará la demanda a Renato —informé—. Solo para que lo sepas.

Gideon asintió y me dio un último beso.

Por suerte, no supo a despedida; solo un hasta pronto.

Cuando se fue, me dejé caer sobre el suelo y me sequé las lágrimas con fuerza.

Lo más sensato hubiera sido regresar con él, pero no quería mezclar nuestra relación con la bomba que explotaría sobre nuestras cabezas al día siguiente. Primero lidiaría con Renato, y luego… luego regresaría con el hombre al que amaba y que me amaba. Para ser feliz de una vez por todas.