Saga Sin Reglas Capítulo 33
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Capítulo 33

Gideon

—Toma, cielo —Maddison colocó una taza de café frente a mí—. Te vendrá bien.

—Gracias —murmuré, aceptándola solo porque eso me mantendría ocupado en algo.

Serena llevaba desaparecida cuatro días y ni siquiera me cogía el teléfono. Tampoco respondía a mis mensajes. Para ser sincero, no me sorprendía en absoluto. Tendría que haber sido sincero con ella desde el primer momento. Haberle dicho lo que pensaba y lo que tenía antes de entregarle el portátil.

Pero no, elegí el peor camino de todos. Y ahora estaba pagando las consecuencias.

—No te preocupas, todavía hay posibilidades de reconciliación —insistió Maddison, sentándose en la silla de al lado—. Si se lo explicas, Serena lo entenderá.

—No creo que sea tan fácil —reconocí, con la mirada fija en la taza de café—. Le he fallado en algo que era muy importante para ella.

—¿Tú crees? Solo intentabas hacer las cosas bien. Vale que tendrías que haber sido más rápido, pero eso no quita que actuaras de buena fe —insistió ella.

Maddison era muy amigable, a decir verdad. Y comprensiva. Mucho más de lo que alguna vez creí. Me alegré de tenerla de mi lado y no en contra, porque no necesitaba escuchar un “te lo dije”.

—Además, me pareció que era una mujer muy madura e inteligente cuando la conocimos —añadió, pensativa—. Simplemente está dolida.

—Con razón —agregué.

—Tendrá que escucharte en esta ocasión —intervino Cayden, acercándose a nosotros—. No eres el malo de la película.

—Y ella te quiere —cabeceó Maddison, dándole la razón.

Aunque me hubiera gustado aferrarme a ese discurso, en el fondo de mi ser sabía que no era tan sencillo. Serena aún no desbloqueaba el teléfono, y ni siquiera conocía su paradero. Tal vez se había quedado en casa de Frank o en algún hotel. Pero como él tampoco me respondía, solo me quedaba esperar.

Y estaba harto de actuar de manera pasiva, como si ella no me importase.

—Me lo advertiste, y no quise escucharte —gruñí, mirando a Cayden—. Me dijiste que escuchara a mi corazón, e hice justo lo contrario.

—Deja de torturarte, hombre. Aún no se ha terminado el partido —aseguró Cayden, chasqueando la lengua—. ¿Por qué no le mandas un mensaje diciéndole que la esperas para arreglar este asunto?

—Porque ya lo he hecho y no ha servido de nada —murmuré, enfadado. No con Cayden, sino conmigo mismo; por haber permitido que este asunto llegara tan lejos—. Serena no va a hablar conmigo.

—Tal vez haya otra solución —dijo de pronto Maddison—. ¿No es el doctor Brady amigo tuyo? —asentí con la cabeza—. Él conoce a Frank, ¿no? Puede conseguir hablar con él y preguntarle por Serena.

—¿Qué? No, no. No voy a decirle que me haga ese favor. Ellos se detestan y…

—Es importante. Y creo que Brady lo comprenderá —insistió Maddison, encogiendo un hombro—. No pierdes nada por intentarlo.

Seguramente me mandase a la mierda.

Frank y él llevaban años sin hablarse. Se odiaban casi tanto como se amaban. Y si Brady evitaba relacionarse con él, ¿quién era yo para forzarlo a hacer lo contrario?

—No —insistí—. Prefiero no involucrar a nadie más en esto. Tengo que arreglarlo yo solo.

Maddison estiró el brazo y tomó mi mano, apretándola fuerte.

—Sabes que nos tienes aquí, ¿verdad?

—Sí. Y os lo agradezco.

Al menos no tenía por qué pasar por aquel mal trago sin compañía. Cayden y Maddison era demasiado amables. Me habían acogido en su casa sin rechistar. No habían puesto pegas a que ocupara su sofá ese día, sencillamente porque ya no sabía cómo mantenerme cuerdo y no caer en un pozo oscuro y frío.

Me bebí el café y me quedé un rato con Maddison, escuchándola hablar sobre la mudanza que harían antes de tener al bebé. Querían dejarlo todo listo antes de trasladarse a Londres.

Esa charla me mantuvo despejado al menos un buen rato. Hasta que el portero de mi edificio me mandó un mensaje avisándome de que Serena quería entrar en casa y no sabía si dejarla pasar.

El corazón me dio un vuelco.

¿Serena estaba allí? ¿De verdad?

No tardé en darle luz verde, coger mi abrigo y marcharme rápidamente. Si conseguía llegar en menos de quince minutos, tal vez podríamos hablar largo y tendido de lo ocurrido.

Sin embargo, ella ya no estaba allí cuando llegué. Y eso que me había saltado un par de semáforos en rojo.

Solo quedó una cosa encima de la mesa: la foto que nos hicimos los tres juntos —Renato, Serena y yo— en un museo de arqueología, unos cuantos años atrás. Ni siquiera estaba rota. Simplemente era un mensaje de su parte: había terminado por completo con nosotros. Conmigo.

No iba a volver.