Capítulo 32
Serena
—¿Estás segura de que quieres seguir adelante? —preguntó Frank, muy serio.
Sabía por qué lo hacía y se lo agradecí. A veces era muy impulsiva con mis decisiones. Pero en esta ocasión, no se daba ese caso.
Quería recuperar lo que era mío y estaba en todo mi derecho.
—Sí —asentí—. Quiero presentar esta demanda y mostrarles a todos que Renato Sinclair es un mentiroso, un manipulador y un mal arqueólogo.
Frank no añadió nada. Y se lo agradecí.
Le había contado lo que pasó. Todo. La manera en que descubrí el portátil y lo decepcionada que estaba de Gideon por mentirme.
Joder, llevaba horas con un agujero en el pecho que no se cerraba. Solo se abría más y más, sumiéndome en la desesperación y el dolor.
No lograba comprender por qué me había engañado. Si no quería hacerlo, no pasaba nada. Pero podría habérmelo dicho de frente, no ocultándome las pruebas decisivas que necesitaba para exponer a Renato ante todos.
—¿Necesitas algo? ¿Un poco de té? —sugirió Frank.
Llevábamos como tres horas organizando las pruebas para poder adjuntarlas en la demanda. Según él, todas serían aprobadas por el perito. Eran vitales para este caso. Y eso me tranquilizaba de algún modo.
Pero luego me acordaba de Gideon y el corazón me dolía demasiado.
—Sí, estaría bien.
Frank se levantó de su silla.
—Iré a por algo de comer también. No tardo —dijo, dándome un apretó en el hombro.
Se lo agradecí con una sonrisa tenue.
Una vez a solas en su despacho, cerré los ojos y me encorvé sobre el escritorio, ocultando mi rostro entre mis brazos. No quería pensar en nada.
Estaba haciendo lo correcto. Tenía que serlo, porque había muchas cosas en juego.
Renato merecía un escarmiento. Y yo merecía recuperar lo que era mío.
Entonces… ¿por qué dudaba otra vez? ¿Por qué lo que sentía por Gideon me hacía sentir como si fuera una mala persona?
El teléfono empezó a sonar en ese instante. Vi reflejado el nombre de Gideon en la pantalla. Respondí al quinto tono porque no quería alargar tampoco lo inevitable.
—Serena —saludó al otro lado de la línea, tranquilo y cariñoso como siempre—, ¿dónde estás? He llegado a casa y no te he visto.
Eso significa que todavía no había visto las cosas encima de la mesa de la cocina.
—Estoy con Frank. Y no voy a volver a casa.
—¿Qué? ¿Tenéis mucho trabajo? Puedo pasar a recogerte o esperarte.
—No, no será necesario. Porque no voy a volver tampoco mañana, ni pasado, ni dentro de una semana.
Se hizo el silencio entre nosotros.
—¿Serena? ¿Qué ocurre?
Noté que la bilis me subía por la garganta, así como la rabia y la decepción se abrían paso a través de mi pecho. Así que simplemente exploté.
—¿Tú qué crees, embustero de mierda? Me ocultaste que tenías mi portátil en casa ¿y crees que no me enteraría? ¿Que no me enfadaría cuando lo viese?
—Serena, eso no es… No es como tú crees.
—¿No? ¿Entonces cómo es?
—Mira, podemos hablar de esto cara a cara y…
—Vete a la mierda —rugí—. Os podéis ir a la mierda tu hermano y tú. Eres un mentiroso y me has estado engañando durante los últimos días. ¿Qué pensabas, eh?, ¿que me ablandaría respecto a la venganza? Pues lamento informarte que no es el caso. Y que Renato recibirá su merecido.
—Serena, joder, escúchame. No es lo que estás pensando.
Pero sí que lo era. No había otra explicación a lo que ocurría.
Gideon simplemente no quería que usara esas pruebas para ir en contra de Renato y por eso me mintió.
—¿No? ¿No me ocultaste que habías recuperado mi ordenador? —casi le grité.
—Bueno, mierda, sí. Pero no es por lo que crees, maldita sea. Pero si no me dejas explicártelo…
—Vete a la mierda, Gideon. Sabías lo importante que era esto para mí y te ha dado igual. Seguiste mintiéndome a la cara incluso cuando te dije que te quería —la voz se me quebró al final. Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano.
—No, joder. No es así. Serena, por favor… Vuelve a casa y hablemos de esto.
No, no podía volver allí, porque entonces existía una pequeña posibilidad de que él me convenciera y echara a perder mi determinación. Era demasiado blanda cuando estaba enamorada. Y con Gideon todo era mucho más intenso, más profundo.
Pero no olvidaría tan fácil que me había mentido.
—Ya iré a recoger mis cosas cuando esté lista o tú no estés en casa. Y me da igual si avisas a Renato de lo que voy a hacer —añadí, furiosa y dolida—. Nada de esto va a detenerme.
Colgué antes de que dijese nada más.
Gideon volvió a llamar. Una y otra vez. Y envió decenas de mensajes.
No respondí en ningún momento.
Puse el móvil en silencio y me permití llorar en ese momento todo lo que no podría llorar en las próximas semanas.
La culpa era completamente mía, por enamorarme de dos hermanos que eran mentirosos y manipuladores.
Y por más que me doliese, porque de verdad creía que Gideon era diferente, no claudicaría ante ellos.