Saga Sin Reglas Capítulo 31
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Capítulo 31

Serena

Me desperté demasiado tarde, en realidad. Gideon ya se había marchado al trabajo. Por suerte para mí, no le tocaba guardia esa noche, así que podríamos ir a cenar fuera y celebrar lo que fuese. ¿Qué nos queríamos? Era una buena manera de vivir la vida, en realidad.

Después de una ducha rápida y de maquillarme, como cada mañana, me dirigí hacia la cocina y busqué café. Pero no quedaba en los estantes. Algo habitual, ya que consumía muchísimo a lo largo del día.

Por suerte para mí, Gideon solía guardar todos los alimentos no perecederos en un pequeño armario que había en el pasillo.

Lo abrí con la intención de buscar café y así espabilar del todo, pero me sorprendió ver una caja con un montón de cosas oculta detrás de los botes de conserva y las botellas de leche.

Lo iba a dejar ahí hasta que vi una fotografía mía. De mi familia. Y una camiseta que me compré en un viaje a Irlanda. Y un montón de objetos más que me pertenecían.

¿Qué diablos?

Cogí la caja y me la llevé hasta la mesa de la cocina. Saqué todo lo que había dentro, helándome hasta el tuétano de los huesos. Cada uno de esos objetos había permanecido en casa de Renato porque nunca me sentí capaz de volver y recogerlos. Entonces… ¿por qué se encontraban allí?

¿Gideon los había cogido y escondido sin decirme nada? ¿Por qué? ¿Pensaba que me enfadaría con él? No era un gesto que me desagradara. Las fotos familiares eran importantes para mí.

Sin embargo, lo que llamó poderosamente mi atención fue el portátil que había justo debajo. Mi ordenador. O el que usaba cuando estaba en casa de Renato.

El corazón me dio un vuelco, y las piernas me temblaron tanto que tuve que sentarme en la silla.

¿Qué demonios hacía allí mi portátil? ¿Desde cuándo estaba en esta casa?

Sin que las manos dejasen de temblarme, cogí el cargador y lo enchufé.

Una vez encendí el ordenador, fui corriendo a buscar las carpetas que contenían toda la recopilación de mi trabajo.

Cada informe que exigí al gobierno de Grecia para que me concedieran información extra, firmados por ellos y por mí; cada libro que pedí prestado a las bibliotecas online griegas; cada entrevista con otros arqueólogos e historiados.

Todo. Estaba todo allí. Por fin. Las pruebas que necesitaba.

Pero… ¿por qué Gideon no me lo había entregado?

Una sensación pesada y oscura se instaló en mi estómago. ¿De verdad me había traicionado? ¿Había ocultado las pruebas porque no quería que me vengase de su hermano? ¿Se había arrepentido en el último momento?

La bilis subió por mi garganta al pensar en ello. Renato y él comieron juntos tiempo atrás, así que ese ordenador llevaba allí desde entonces. Y Gideon me lo había ocultado.

No quería que jodiese a Renato.

No quería que le hiciera daño a una persona a la que amaba.

Y, joder, lo entendía. Pero también estaba furiosa porque me hubiese mentido. La elección no era solo suya, era mía también. Tendría que haberse explicado, haber hablado conmigo, en lugar de ocultármelo hasta que el tiempo pasara.

Gideon me había mentido y me había traicionado, y eso me hacía sentir miserable. Mucho más si pensaba en que la noche anterior le había dicho que lo quería. Y él, en lugar de ser sincero, se había callado y había permitido que me mostrase miserable.

Las lágrimas se acumularon en mis ojos de pronto. Sorbí por la nariz, sin querer ceder a ninguna de ellas. No permitiría que Gideon me rompiera el corazón también.

Agarré el portátil, bajé la tapa y corrí a la habitación para meterlo en mi bolso.

Quisiera Gideon o no, iba a llevar hacia delante mi venganza porque Renato me quitó algo que era mío. Y eso era objetivamente cierto. Como también que Gideon me había traicionado.

Pero de él me ocuparía más tarde.

Mientras salía de casa, cogí el móvil y llamé a Frank.

Él era la única persona de la que podía fiarme.