Saga Sin Reglas Capítulo 30
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Capítulo 30

Serena

Durante horas, no dejé de tener sueños inquietos.

Pesadillas en las que alguien me acosaba —una figura oscura, sin rostro— o donde la gente me exponía por ser una mentirosa y una fracasada.

Todos se burlaban de mí por haber permitido que mi proyecto acabara en las manos de un inútil como Renato, y que él se hubiera lucrado de eso sin que le temblase el pulso.

La última de las escenas que apareció en mi mente antes de despertarme, agitada y sudorosa, tuvo como protagonista a Gideon y su mirada de decepción. Como si estuviera cansado de sacarme las castañas del fuego.

Nada más abrir los ojos, comprobé que él seguía durmiendo a mi lado. Pero la cama estaba vacía.

—¿Gideon? —susurré, por si acaso había ido al baño.

Pero no, tampoco había luz allí.

De lejos se oía la televisión. Supuse que estaría allí, viendo algún programa.

Salí de la cama y me dirigí al salón con la bata encima. Hacía algo de frío esa noche. Ni siquiera sabía la hora qué era.

Gideon estaba en el sofá, con los pantalones del pijama aún puestos y una camiseta de manga corta. Repantigado sobre el sofá, no se dio cuenta de mi presencia hasta que me apoyé en el marco de la puerta.

—Serena —dijo de pronto, sentándose con la espalda recta—. ¿Te he despertado?

—No. He tenido una pesadilla.

—¿Algo que te preocupe?

Sí, que me odies y no quieras estar conmigo, pensé, mordiéndome el labio inferior con fuerza. Aun así, sacudí la cabeza.

—No, estoy bien —mentí—. ¿Qué haces despierto?

—Solo daba vueltas en la cama.

—¿Algo que te preocupe? —le pregunté de vuelta.

Gideon sonrió con dulzura.

—No. Creo que bebí mucho café en el trabajo.

Sonaba a mentira, pero lo dejé pasar porque quizás solo eran imaginaciones mías.

Estaba muy susceptible en ese momento. La inseguridad me estaba devorando como un gusano a una manzana: hasta el corazón.

—¿Vienes? —dio un par de palmaditas sobre el sofá.

Recorrí su figura con la mirada, dándome cuenta de que estaba descalzo. Recordaba haberlo visto irse a la cama con calcetines, como siempre. Además, olía a café recién hecho.

Gideon llevaba un buen rato en el salón, meditando.

Y a mí las pesadillas me ponían de mal humor.

Una combinación terrible.

Pero en los medios de comunicación siempre afirmaban que la mejor cura para el insomnio era evitar la cafeína y hacer ejercicio. Y que despejar la mente cuando uno estaba al límite era muy necesario también.

Caminé despacio hasta el sofá y me senté ahorcajadas sobre él. Gideon me observó con atención, también con sorpresa. Sus manos descansaron inmediatamente sobre mis muslos desnudos. Solo llevaba la bata, el pantalón corto de pijama y una camiseta.

Por un instante temí que me rechazara. No habíamos vuelto a acostarnos juntos desde aquella noche, en el balcón, con Nueva York como telón de fondo.

Y lo echaba de menos. Y me apetecía. Y solo quería que él me ayudase a olvidar todos esos pensamientos terribles que se apoderaban de mi mente y mi cuerpo a placer.

Gideon dejó ir un suspiro contra mi boca antes de besarnos. Como si estuviera contento de verme. Como si fuéramos dos personas abrazándose después de muchos días separados.

Él era demasiado gentil siempre, y solo perdía el control dentro de la cama.

Esa noche, no fue la excepción. En cuanto nuestros labios se encontraron, Gideon se apoderó de mi boca como si estuviera hambriento y solo pudiera calmar esa sensación de vacío en su interior.

Me besó con tanta furia, con tanto anhelo, que mi cuerpo reaccionó de inmediato erizándose y temblando.

Ni siquiera noté que me cogía en volandas y me llevaba de vuelta a la cama hasta que mi espalda se presionó contra el colchón.

Gideon volvió a cubrir mi boca con un beso; más intenso y brusco que el anterior.

Enseguida rompimos aquel silencio afectuoso por un par de gemidos lascivos que brotaban directamente de nuestras entrañas.

Él se apartó un momento y se quitó la camiseta, los pantalones y la ropa interior. Verlo así era todo un espectáculo.

Me relamí los labios y gateé por el colchón para acercarme al borde, tomarlo de las caderas y acercarlo a mí. Dejé ir algunos besos por su abdomen, sus caderas y su polla semi erecta. Gideon me apartó algunos mechones del rostro.

Parecía que no nos quedaban palabras, solo ganas de comernos, y eso era perfecto para mí.

Las palabras lo enturbiaban todo.

Lo acogí en mi boca hasta el fondo y chupé con fuerza. Él gimió ronco, profundo. Encantada por cómo reaccionaba, moví la cabeza, saboreando su polla desde la base hasta la punta. Empapándose con su sabor. Era jodidamente exquisito.

Gideon cubrió mi nuca con una de sus manos, guiándome con lentos movimientos.

Le di el gusto mientras me aferraba a sus caderas con fuerza para no caerme.

Y cuando lo tuve completamente duro para mí, empapado por mi saliva y su pre-semen, me aparté y bajé hasta sus bolas.

Me las metí en la boca y succioné con algo de fuerza, arrancándole un jadeo.

—Joder, Serena…

Sonreí, orgullosa de llevarlo hasta el límite. Podría haberme acostumbrado a eso toda la vida. Y, en realidad, era lo que quería.

—Ven aquí y fóllame, Gideon.

Él me quitó la ropa tan rápido que solté una risita, divertida. Nunca había tenido sobre mí a un hombre que se viera tan desesperado por tenerme desnuda. Pero Gideon siempre conseguía que me sintiera especial.

—Eres jodidamente preciosa —murmuró él, acorralándome contra el colchón. Usó una de sus piernas para separar mis muslos y encajarse en ellos—. Jodidamente bonita.

—No hace falta que me adules; pensaba follar contigo de todos modos —bromeé.

Gideon deslizó la punta de su lengua sobre mi labio inferior.

Dejé ir un suspiro.

—Bésame —exigió él.

Y lo hice. Lo besé hasta que me dolieron los labios. Hasta que los pulmones me dolieron por la falta de aire.

Gideon coló una de sus manos entre nosotros y acarició mi clítoris con círculos lentos. Empapándose los dedos y esparciendo mi humedad para que el placer fuese aún mayor. Y cuando me tenía casi al borde, con la boca hinchada y la piel caliente, se alejó de mí y bajó hasta mis pechos.

Jugó con mis pezones al mismo tiempo que enterraba dos de sus dedos en mi coño. Sentirlo en todos partes era lo más cercano a entrar al paraíso. Gemí tan fuerte, tirándole del pelo, que él me castigó mordiéndome con fuerza el cuello.

—Eres un bruto.

—Como si no te gustara.

Claro que me gustaba, joder. Todo de él me gustaba.

Lo aparté un momento y, bajo su mirada desconcertada, me coloqué boca abajo. Con las piernas ligeramente separadas, en una invitación muy obvia.

Gideon se mordió el labio inferior con fuerza.

Por encima del hombro, vi cómo se acariciaba a sí mismo antes de cubrirme con su cuerpo y dirigir su polla directamente a mi entrada. Se deslizó de golpe, profundo. Un grito abandonó mis labios.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Mejor que nunca.

Gideon se movió con rapidez. Follándome tan duro, tan profundamente, que lo notaba encajado casi hasta las entrañas. Solo podía dejarme llevar por el placer, como si estuviera flotando sobre el mar. Gimiendo y aferrándome a las sábanas debajo de mí.

Quería tanto esto.

Lo quería tanto.

Joder, solo necesitaba que Gideon se aferrase a mí toda la vida y yo a él. Como dos almas gemelas.

¿Estaba bien? ¿Estaba mal? Ya no me importaba.

Gideon se apoyó sobre sus manos, colocadas a cada lado de mi cabeza, mientras entraba y salía de mí sin descanso. Escuchaba sus gemidos cerca de mi oreja y eso acrecentaba mi propio placer. Hasta mi corazón latía más rápido que de costumbre.

Dios, cómo quería a este hombre.

Por fin lo entendía. Por fin lo veía.

Y como si esa revelación fuese una caricia tentativa, me corrí gritando su nombre y estremeciéndome de la cabeza a los pies.

Pero ni siquiera entonces Gideon se detuvo.

Besó mi nuca, lamió y mordió mi cuello, y continuó embistiéndome hasta que mis piernas comenzaron a temblar y un nuevo clímax me barrió por completo.

Unos segundos más tarde, Gideon se unía a mí, derramándose por completo en mi interior. Gimiendo sobre mí. Mordiéndome con fuerza. Y aunque el dolor de esa herida palpitaba en mi cuello, no me molestó en absoluto.

Cuando él se dejó caer a un lado, me atrajo para abrazarme. Y yo solo fui capaz de rodear su cintura y mirarlo a los ojos.

Los dos teníamos un aspecto desmarañado y descuidado. Todo sudados y enrojecidos.

Y entonces lo supe. Mientras me perdía en esos ojos azules, profundos y amables, supe que mis sentimientos por él eran reales.

—Te quiero —murmuré.

No sabía qué esperar, la verdad. Pero Gideon mostró sorpresa, luego anhelo, y finalmente me atrajo más fuerte y me besó en los labios. Como si quisiera decirme, sin necesidad de palabras, que sentía lo mismo por mí. Que era recíproco.

Y me aferré a ello como si fuera mi tabla de salvamento.

Si Gideon me quería, todo estaría bien.