Capítulo 28
Serena
¿Gideon llevaba años enamorado de mí? ¿Por qué no me lo había dicho antes? ¿Cómo cojones logró esconderlo tan bien?
Abrí y cerré la boca varias veces, sin saber qué decir. Con las palabras atascadas en mi garganta, impidiéndome respirar con normalidad; a actuar como una persona racional y no como un mimo que se expresaba haciendo gestos con las manos.
—¿Tú…?
Gideon exhaló un profundo suspiro y alejó la mano con la que sostenía mi barbilla.
—Ya me gustabas cuando nos conocimos, para que conste —dijo él, como si estuviera confesando su pecado más oscuro—.
Pero estabas saliendo con mi hermano, así que traté de apartarte de mi cabeza y limitarme a ser una persona amable y cercana.
Al principio, bastaba con eso. Pero entonces comenzaste a apoyarte más en mí, a pasar más tiempo conmigo, mostrándome todas tus facetas, y yo… caí irremediablemente.
Hasta hacía unos momentos, sentía ganas de llorar de pura frustración y vergüenza. Al oír la confesión de Gideon, algo dentro de mí cambió drásticamente. Y no sabía cómo gestionar el revoloteo que se adhería a mis entrañas y se expandía por todo mi cuerpo.
—Caí tan fuerte… que me sentía incapaz de estar con otra persona.
¿Qué? ¿A qué se refería?
Él rehuyó mi mirada, tan abatido como yo.
—Hace unas semanas me preguntaste por qué me hice célibe y por qué decidí romperlo por ti, y te mentí.
Bueno, lo hice a medias —se corrigió rápidamente—.
Sí que abracé el celibato porque no tenía ganas de follar con otras personas, pero eso lo provocaste tú.
Solo te deseaba a ti, así que no me parecía justo utilizar a otras personas a modo de desahogo.
Ninguna de ellas conseguía que te sacara de mi cabeza.
Y como el sexo por el sexo tampoco me llenaba, no me supuso un problema dejarlo de lado.
>>Al final del día, cuando me metía en la cama, todas mis fantasías las protagonizabas tú, Serena. Por eso rompí tan fácilmente mi celibato. Tú eras quien tenía la llave de esa jaula.
Me llevaría muchísimo tiempo procesar correctamente lo que Gideon acababa de confesarme porque era demasiado intenso e íntimo, y porque aún estaba sumida en mi propio caos emocional.
Pero que un hombre fuese capaz de renunciar a algo tan importante como el sexo solo porque no podía tenerme entraba en la lista de >.
Inspiré profundamente una, dos, tres veces. No tardé mucho en liberar el cinturón que me oprimía las costillas y girarme hacia Gideon, con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? Pensaba que tú… Creí que me detestabas, y por eso te mostrabas tan esquivo conmigo cuando Renato y yo rompimos.
—Gran parte de eso fue culpa de vosotros —me recordó—, por la actitud que tomasteis. Obligándome a estar en medio un día tras otro. Como si fuerais unos malditos padres divorciándose.
Las mejillas y las orejas me ardieron de la vergüenza.
—Lo siento.
—No pasa nada. No sabía que él te había robado algo tan importante.
Porque nunca se lo dije a nadie. Porque nunca quise involucrar a los demás en una lucha que pensé que podía librar sola.
Pero me equivoqué tanto.
—Estaba enfadada y decepcionada, herida hasta lo indecible, y me sentía muy sola. Y como tú habías sido un pilar importante, di por hecho que también me apoyarías —confesé—. Como no fue el caso, lo pagué contigo.
Gideon chasqueó la lengua.
—Mierda, lo siento.
—Gideon —lo llamé—, nada de lo que pasara cambia el hecho de que creo que siento algo por ti. Algo a lo que aún no se cómo nombrar, pero que está aquí —llevé una mano a mi pecho— y me atormenta a todas horas.
Gideon dejó ir el aire contenido de sus pulmones de golpe.
Sus ojos azules seguían brillando de la emoción.
—No sé cómo manejarlo —añadí al ver que no decía nada—. Pero si algo tengo claro, es que no deseo que te alejes de mí. Estoy cansada de perder a quienes me importan.
Para mi sorpresa, Gideon se inclinó hacia mí y capturó mi boca en un beso atormentado. Noté enseguida lo emocionado y frustrado que estaba, porque me besaba torpemente, pero también era demandante.
Rodeé su cuello con un brazo y su cintura con el otro, y correspondí a su petición con un gemido atascado en la garganta. Con un montón de palabras que quería decir en voz alta… y que sin embargo no tenían cabida en ese instante.
—Te lo he dicho: pídeme que me quede contigo —murmuró él contra mi boca.
—¿Y si luego te arrepientes?
—No se puede ser feliz si solo piensas en qué ocurrirá si cambias de idea, dolcezza. O das el salto de fe o no lo das; pero no vivas pensando en el mañana.
Clavé mis dedos en la zona de su cintura, ansiosa por volver a escuchar de su boca que sentía algo por mí.
Necesitaba con urgencia que alguien me quisiera de verdad por una vez en mi vida. Que me necesitaran de la misma manera, aunque sonase egoísta.
—Quédate —dije entonces, en voz baja. Como si estuviera sellando nuestro destino con una palabra.
Gideon lamió mi labio inferior antes de alejarse.
—Me quedaré, Serena. Siempre que lo desees.
En lugar de besarlo de nuevo, lo abracé con tanta fuerza, con tanta desesperación, que ojalá ese momento hubiera durado una eternidad. Porque Gideon consiguió llenar, en gran medida, el vacío que venía acompañándome en los últimos meses.
De pronto me sentí como si hubiese regresado a casa después de un largo y tortuoso viaje.
Como si estuviera en paz conmigo misma.
—Lo siento por haberme comportado como una adolescente en medio de un berrinche. Es que últimamente todo me supera.
Gideon cubrió mi nuca con una mano, acariciando esa zona con lentitud.
—Lo sé. ¿Quieres hablar de ello?
—No. Porque no hay nada que decir. Simplemente no sé cuál es mi sitio en el mundo.
Gideon ladeó la cabeza y besó mi sien.
—Pues hasta que lo descubras, puedes quedarte conmigo tanto como desees o necesites.
El corazón me latió muchísimo más rápido que de costumbre.
No era justo que Gideon fuese tan amable siempre.
—¿Podemos volver a casa?
—Claro.
Aunque ambos queríamos olvidar un poco el mal rato, ninguno se movió durante unos minutos. Como si romper ese abrazo supusiera volver al mundo real. A un punto en el que ambos nos encontrábamos incómodos porque no sabíamos hacia dónde nos dirigíamos.
Sin embargo, Gideon me tomó la mano con fuerza y condujo hasta casa así, sin soltarme. Buscando la manera de hacerme sentir segura.
Y eso lo cambió todo para siempre.