Saga Sin Reglas Capítulo 27
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Capítulo 27

Gideon

—Te dije que le gustaría a todos ese nombre —comentó Maddison con la barbilla en alto, orgullosa de su predicción. Le dio un par de palmaditas en el pecho a Cayden, como si lo estuviera consolando—. Pierre es un nombre precioso.

Contuve una carcajada al ver cómo Cayden arrugaba la nariz. Nunca se acostumbraría a llamar a su hijo Pierre, y todos los sabíamos. Por eso Maddison estaba disfrutando tanto de su tortura psicológica. Le gustaba mucho tocarle las narices a Cayden cada vez que podía.

—No es justo que uses el criterio de los demás por encima del mío. Ellos no colaboraron en hacer ese hijo —dijo mi amigo en broma.

—Eso no importa —Maddison hizo un aspaviento con la mano—. Son nuestros amigos, así que tienen permitido opinar.

Nos habíamos reunido para comer los cuatro en uno de los restaurantes de comida italiana que mejor funcionaban en Manhattan.

Nunca hubiese esperado que Maddison tuviera en cuenta a Serena, dado que se conocían de…

no sé, ¿dos horas? Pero le había caído tan bien que no paraba de parlotear e integrarla en la conversación, como si llevase toda la vida acudiendo a cualquier cita con nosotros.

Solo esperaba que no se sintiera abrumada por la actitud de la rubia. Maddison solía tener un carácter muy fuerte y no se contenía a la hora de decir las cosas. Por eso me caía tan bien.

—¿Y por qué no buscáis un nombre conjunto? Así podréis llamarlo de ambas formas sin confundir a la criatura —sugirió Serena, escondiendo una sonrisa divertida.

Le di un manotazo en el muslo por debajo de la pierna que ella correspondió con otro, aunque más cerca de mi entrepierna.

—¿Ves? Esa es una buena solución —aplaudió Maddison, contenta—. Ahora tendremos otros dos meses de conversaciones hasta altas horas de la noche, donde nos obligaremos mutuamente a escuchar nuestra larga lista de nombres de bebés.

—Suena divertido —dijo Serena.

—¿Verdad que sí? —la rubia le guiñó un ojo.

El camarero apareció en ese momento para traernos el postre. Tiramisú casero. Mi favorito.

No celebrábamos nada en concreto ese día, salvo que Cayden por fin había terminado de convencer a los accionistas de su empresa para que rediseñaran el interior del hotel Vaughnat por completo. Porque en Manhattan se llevaba ciertos estilos y el actual no casaba demasiado con su idea.

—Supongo que nos hemos quedado solos en esta conversación —bromeó Cayden, pasándole una mano por la espalda a Maddison.

—Oh, vamos. Solo intento que nos divirtamos todos. Además, Serena no te conoce. Y es probable que piense que eres aburrido o muy serio. ¿Cómo vas a permitir que ese lleve esa impresión de ti? —Maddison le dio un par de palmaditas en el brazo.

Por el rabillo del ojo observé cómo Serena apretaba los labios, algo nerviosa. Tenía ese tic desde siempre. Cuando quería decir algo y no encontraba las palabras adecuadas, o cuando luchaba contra sus propios pensamientos intrusivos, se clavaba los dientes en el labio con fuerza.

Apiadándome por completo de ella, le rocé suavemente el muslo por debajo de la mesa.

No había nada que temer, porque estábamos entre amigos.

Entre personas que conocían muchos datos sobre ella y no la veían como una mujer egoísta o malvada.

Que era lo que probablemente estaba pensando Serena en ese instante.

—Eres terrible —gruñó Cayden.

Maddison sonrió, jocosa.

—¿A ti te gustan los niños, Serena? —le preguntó como si nada.

La aludida frunció un poco el ceño.

—No especialmente. A ver, no me refiero a los hijos de losdemás. Quiero decir que no podría tener los míos, porque no tengo instinto maternal. Además de que mi trabajo tampoco me lo permitiría.

—Eres arqueóloga e historiadora, ¿verdad? Gideon nos ha hablado un montón de ti.

El tiramisú que comía se me fue para el otro lado. ¿Qué cojones pretendía Maddison sacando aquello a relucir?, ¿dejarme como un hombre patético que hablaba de su excuñada a sus espaldas?

—Sí. Paso muchos meses en ciudades donde me requieren, o investigando, o en convenciones —encogió un hombro y el pelo oscuro le hizo cosquillas en la mejilla.

Se lo había vuelto a cortar en esos días, y lo llevaba por debajo del mentón—.

Formar una familia cuando no tienes un lugar fijo no es precisamente una buena idea.

—Es genial que seas honesta contigo misma al respecto. Cuando me quedé embarazada, también estuve planeando dónde quería tenerlo y criarlo. Quizás volvamos a Londres.

—¿De verdad? —miré a Cayden—. Eso es una buena decisión.

—Sí. Maddison quiere estar cerca de su familia y yo puedo trabajar desde cualquier lado del mundo —encogió uno de sus hombros—. Además, Max está algo insistente con el embarazo. Creo que lo de ser tío le ha gustado más de lo que deja entrever.

Solté una risita.

No conocía a Max, el hermano de Maddison, y dudaba que alguna vez nos cruzáramos en la misma habitación. Pero sí que sabía lo mucho que quería y protegía a su hermana pequeña.

—Al final todos acabaremos abandonando Nueva York —bromeé.

—¿Tú también quieres irte? —Cayden arqueó una ceja, sorprendido.

—Lo he estado barajando, sí —cabeceé en señal de asentimiento.

—¿Y dónde te gustaría ir? —preguntó Maddison.

Noté que Serena se tensaba justo a mi lado.

—Aún no lo sé, la verdad. Probablemente regrese a Italia, o busque un lugar bonito donde vivir. Tantos rascacielos y tanto tráfico va a hacer que envejezca diez años de golpe.

Serena apartó la pierna de mi mano, como si estuviera molesta por algo. Y prácticamente no habló casi nada el resto de la velada.

Me sentí mal, sin entender qué ocurría. O por qué mis palabras le habían afectado tanto.

Cuando nos despedimos y subimos al coche, se limitó a poner la radio e ignorarme. Tensa como la cuerda de un arco.

Aguanté así unos minutos, pero finalmente bajé el volumen de la música y me arriesgué a apartar la mirada de la carretera una milésima de segundo para mirarla.

—¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan enfadada?

Serena bufó.

—Parece mentira que no lo sepas, Gideon.

—No, por eso te lo estoy preguntando.

Ella volvió a apretar los labios con fuerza.

—¿Cómo puedes decir tan alegremente que planeas largarte de Manhattan… después de lo que te dije el otro día? —soltó de golpe.

Ah, así que era eso.

Por fin comprendía qué pasaba por esa cabecita que no dejaba de pensar en mil cosas al mismo tiempo.

—¿Acaso tú planeas quedarte en Manhattan después de ejecutar tu venganza? —pregunté, calmado. Porque no buscaba discutir con ella, sino llegar a un entendimiento.

—A lo mejor sí —soltó ella, sorprendiéndome—. A lo mejor sí me estaba planteando esa posibilidad. Y no, no para ocupar tu casa como si también fuese mía. Pero me habías hecho sentir tan bien aquí, acompañándome en esta nueva etapa, que creí… —tragó saliva—. Creí que sería algo más duradero.

—¿Cómo puedo barajar esa opción si nunca hablas conmigo?

—Porque tú tampoco te abres, Gideon. Siempre eres comprensible y amable; un psiquiatra que está obligado a entender a todo el mundo, pero que no sabe cómo decir en voz alta lo que quiere y lo que piensa —acusó ella—.

Y de pronto me entero de que deseas irte de aquí…

después de decirte abiertamente que me gustabas y me hacías sentir bien cuando estábamos juntos.

—¿Era una declaración, entonces? —pregunté para asegurarme.

—¿Declaración? ¡Gideon, fui bastante abierta y sincera esa noche!

—Y yo también lo fui cuando te dije que jamás podría rechazarte.

—Sí, pero ahora quieres irte lejos y… —apartó la mirada cuando la voz se le quebró un poco—. Eres como mis padres, como todas esas personas que alguna vez me han importado. Siempre alejándose, separando nuestros caminos.

¿Qué? ¿De qué estaba hablando?

Las manos me temblaron sobre el volante. Traté de mantener la calma porque todavía nos quedaba un poco para llegar a mi ático y no quería que sufriéramos un accidente, pero me costó muchísimo no detener el coche en ese mismo instante y encararla.

—Serena, eso no es justo. Ni siquiera se trata de ti y de mí.

—¡Ya lo sé! ¡Sé que nunca será algo tuyo y mío!

Finalmente me decidí por la opción más sensata, y giré en la siguiente calle antes de buscar un callejón donde estacionar. Cuando lo encontré, no dudé en dejar el coche a un lado y quitarme el cinturón de seguridad.

Serena me miró como si hubiese perdido la cordura.

—¿Vas a decirme de una vez qué pasa? Porque te juro que estoy completamente perdido —dije, quizás más brusco de lo que pretendía.

El pecho de Serena subía y bajaba a gran velocidad, y sus ojos se movían con nerviosismo por todo mi rostro.

—Simplemente me molesta la idea de que te vayas lejos, ¿vale?

No sé si tiene algo de sentido, si es lo que quieres oír o no, pero es la verdad.

Me molesta. Me hace sentir incómoda y nerviosa, porque me he acostumbrado a compartir mi rutina contigo, a tenerte a mano siempre que quiero, a dejarme llevar sin miedo a que alguna de mis facetas te desagrade…

y eso jamás me había ocurrido con otra persona.

Ignoré la presión de mi pecho y mantuve la compostura todo lo que fui capaz. Como si no estuviera escuchando a Serena confesar abiertamente que le gustaba mi compañía.

—Y me da mucha ansiedad descubrir que no soy capaz de renunciar a las personas a las que tengo aprecio. Me ocurrió con mis padres cuando se fueron a Bélgica, con Frank cuando se mudó a Nueva York, y ahora contigo…

¿Qué pasaba con Renato, entonces? ¿No le molestaba que él se fuera a vivir largas temporadas fuera de Manhattan?, ¿dejándola atrás, en su apartamento, sin más compañía que su investigación?

—Te he escuchado decir eso durante la comida y… —la barbilla le tembló—, solo me sentí un poco mal.

Apreté su mentón con los dedos antes de obligarla a mirarme. Los ojos de Serena se cristalizaron de golpe. Como si fueran de ónice.

—No planeo largarme el mes que viene, Serena.

—Ya lo sé, joder. Pero me molestaría incluso si te fueras dentro de diez años.

No esperaba esa confesión y, sin embargo, agradecí que lo dijese en voz alta. De esa forma no cargaría yo solo con la pesada piedra de ser quien se enamoró como un imbécil de la persona equivocada.

—Entonces pídeme que no me vaya. Pídeme que te lleve conmigo.

Serena pestañeó.

—¿Qué? ¿Por qué haría algo tan egoísta? —balbuceó.

Exhalé un profundo suspiro antes de sonreír con amargura.

—Porque llevo tantos años enamorado de ti que no sería un sacrificio, Serena. Si me pidieras que me quedase contigo, me lo tomaría como un regalo —confesé—. Por eso no estarías siendo egoísta.