Capítulo 24
Gideon
—Eres la persona más cruel que he conocido en mi vida.
Alcé la cabeza justo a tiempo de esquivar la pelota que Cayden me lanzó a mala leche.
—¿Puedes prestarme atención? —me reprochó.
Todo sudoroso y rojo y al borde del enfado.
—Te estaba escuchando, para tu información.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo último que te he dicho?
—Que no sabes qué nombre ponerle a tu futuro hijo —dije como si nada.
Cayden entrecerró los ojos, acusándome con la mirada.
—Eso no vale. Eres psicólogo y estás acostumbrado a escuchar en modo automático a los demás.
Solté una carcajada.
—¿Pero ¿quién te crees que soy? ¿Un superhéroe? No tengo poderes, Cayden.
Le di la espalda un momento para recoger la pelota y volver a lanzársela.
Cayden la cogió al vuelo. Siempre se le había dado fenomenal el baloncesto.
—Estás totalmente fuera de aquí. ¿En quién piensas? —se interesó de pronto, dándole vueltas a la pelota entre las manos—. ¿Serena?
—No. Solo intento comprender por qué te sigo aguantando después de algunos años.
—Porque soy el único amigo que tienes.
—Vaya, gracias.
—En Manhattan sí, y eso no puedes negármelo.
—He conocido gente nueva en el hospital.
Cayden se llevó la mano al pecho e hizo un gesto dramático de tristeza.
—Oh, por dios. Me estás engañando. Nunca pensé que tú me harías algo así.
—Ya ves. No se puede confiar en nadie.
Lo solté sin pensar… y la culpa rebotó contra mí igual que bumerán.
Una semana más tarde, seguía dándole vueltas a todo ese asunto de Renato, Serena y la estúpida venganza que se traía entre manos. Y en la que yo era el epicentro. Un traidor dentro de mi familia. El escudo de Serena.
—Ajá. Eso ya lo sabía. Por eso me preocupa que estés tan… ausente.
Por fin soltó la pelota en la enorme cesta metálica y la cerró para que nadie pudiera llevárselas durante el día. Aunque la gente solía ser respetuosa, y los robos eran mínimos, siempre se colaba alguien con ganas de joder el trabajo ajeno.
Cayden y yo habíamos quedado para arbitrar el partido de baloncesto mensual que se disputaba entre los jóvenes que venían a diario al centro.
Todos ellos buscaban una segunda oportunidad, ya fuese en el deporte, en el baile o en las manualidades.
La gente colaboraba activante con los niños y adolescentes para darles las herramientas necesarias a la hora de reencaminar sus vidas, puesto que sus padres estaban metidos en las drogas, en la cárcel o en asuntos más delicados.
Ayudarlos siempre me hacía feliz. Porque la mayoría de ellos salían adelante y encontraban un futuro mejor, lejos de las calles y de la policía.
—Si te sirve de algo, a mí me gusta la opción que te ha dado Maddison.
—¿Te gustaría que nuestro hijo se llamase Pierre? ¿En serio? Mira, ¿sabes qué? Me voy.
Puse los ojos en blanco ante su drama innecesario. Sabía que no se iba en serio, que solo bromeaba, aunque, en el fondo, también se estaba quejando. Así era mi mejor amigo: un cúmulo de sentimientos y pensamientos contradictorios.
—Pierre es bonito.
—Me recuerda a actor de cine mudo, no sé por qué.
—¿Y cómo quieres llamarlo tú?
Cayden guardó silencio unos segundos.
Su cara se había puesto roja de pronto.
—Bob —dijo al final—. Bobby.
—Bobby —repetí, sin dar crédito.
Enseguida me eché a reír y Cayden se puso aún más rojo.
—Te odio.
—Lo sé, lo sé. Oye, Bob es… —no sabía qué palabra escoger—. Bonito.
—Vete a la mierda. Bob era el nombre de mi abuelo, y como murió el año pasado…
—Pero si no te llevabas bien con él.
—¿Y qué? Es una forma de homenajearlo.
—Con razón Maddison se ha cabreado contigo. Eres insufrible —le acusé, ayudándolo a empujar la cesta metálica con las pelotas hacia el fondo del gimnasio.
Cayden me miró por el rabillo del ojo.
—No te pongas de su parte. Se supone que eres mi amigo.
—Ella me cae bien y tiene razón en este punto. Cállate y deja que le ponga Pierre. Podéis tener otro hijo más adelante y llamarlo Bob —me cachondeé.
Cayden me dio un codazo.
—Que te jodan, Gideon.
—Gracias. Igualmente.
Puso las manos en sus caderas, resoplando por el esfuerzo. Sus mejillas aún brillaban.
—No te haría tanta gracia si fuese tu hijo.
—No voy a tener hijos, así que no me importa.
—Al paso que vas, dudo mucho que eso sea cierto. Serena y tú…
—¿Serena y yo… qué? —pregunté, sin saber muy bien por dónde iba.
—Os habéis acostado ya. Y sé que siempre te ha gustado. ¿Cuándo planeas decírselo?
Fruncí el ceño.
—¿Decirle qué? ¿Que en el pasado soñaba con besarla? Esa es información clasificada que me gustaría mantener oculta, si no te importa.
La mirada de Cayden se suavizó, al igual que el resto de su cuerpo, al captar algo que yo había pasado por alto.
—Realmente le tienes aprecio.
La sacudida de mi estómago no ayudó a que la irritación inicial se esfumara más rápido.
¿Por qué toda mi vida giraba en torno a Serena?
—Es una buena amiga.
—Cuando me lie con Maddison, también me sentía así de confuso.
No estaba seguro de si estar con ella de una forma más…
sexual era mi mejor decisión. O suficiente.
Porque notaba un vacío cada vez más grande cuando ella se largaba de casa o no me respondía a los mensajes.
Hasta llegué a plantearme dejarla antes de que ella decidiera romper con lo que teníamos.
Porque me aterraba que llegase un día y me dijera que volvíamos a ser amigos, nada más.
—Pero estáis juntos.
—Porque los dos sentíamos lo mismo y al final supimos verlo pronto. La posibilidad de que ella no correspondiera a mis sentimientos era tan grande que no sabía cómo gestionarlo.
—¿Por qué me cuentas esto? —murmuré.
Aunque ya sabía la respuesta. Nuestros casos no eran tan diferentes.
Maddison era la hermana de su mejor amigo y llevaban toda la vida juntos, mientras que Serena había sido la novia de mi hermano y formó parte de nuestra familia durante unos años.
Al final, los dos habíamos caído en la tentación de la forma más inesperada posible.
—Porque te conozco bien y sé que Serena te importa, pero no harás nada por cruzar el puente que os separa.
Te estás conformando con acostarte con ella de vez en cuando y convivir bajo el mismo techo, esperando a que todo eso se te pase una vez ella regrese a Grecia.
Pero ¿qué pasará si ella no abandona Manhattan? ¿Y si siente lo mismo por ti?
Sus palabras me golpearon a la altura del estómago como un mazo.
Recordé lo que Serena dijo la noche que se emborrachó: eres todo lo que deseaba y nunca tenía.
¿A qué se refería? ¿Por qué buscaba en mí lo que Renato no era incapaz de darle?
¿Acaso me veía como algo más que un tío que le resultaba atractivo?
Ni siquiera la había escuchado decir en voz alta que yo le gustase o quisiera algo más conmigo.
No hablábamos de sentimientos, en realidad. Los dos éramos nefastos al respecto.
Pero Cayden tenía razón en una cosa, y era en el miedo que me producía la situación tan extraña en la que nos encontrábamos Serena y yo.
Porque tenía sentimientos por ella.
Porque me atraía muchísimo.
Porque no quería que se fuera a Grecia y me dejase aquí, en Manhattan, completamente solo.
Y eso me convertía en una persona egoísta y terrible.
—¿Y si no es el caso? Serena solo quiere recuperar su trabajo, nada más —encogí los hombros para restarle importancia—. Y yo estoy seguro de que eso le hace más feliz que ninguna otra cosa.
Cayden colocó su mano sobre mi hombro y apretó un poco.
—No se puede conseguir las cosas si no arriesgamos un poco.
—¿Por qué estás decidido a empujarme hacia Serena? ¿Qué ganas con eso?
—Que seas feliz —dijo sin más.
Noté que la bilis subía por mi garganta.
—Ya lo soy.
—No, no lo eres. Pero no seré yo quien te obligue a abrir los ojos. Solo puedo aconsejarte un poco.
—Y te lo agradezco, Cayden. Sé que Mad y tú tuvisteis mucha suerte porque sentíais lo mismo. Pero, en ocasiones, la gente solo busca un poco de diversión y consuelo puntuales; nada más.
—Dudo mucho que Serena sea una mujer tan cruel como para utilizarte en todos los sentidos.
Sabes que no estoy de acuerdo del todo con lo de robarle a Renato las pruebas y atacarlo por la espalda, pero sé por qué te prestas a ello y lo respeto.
Sin embargo, Serena no te busca cuando se siente mal.
Cada vez que os acercáis, es porque los dos queréis.
Y hay mucha diferencia entre una cosa y otra.
Tendría que haberme callado, pasar página y dejarlo estar. Largarme de aquel gimnasio y salir a tomar una copa con Cayden. O ir a su casa y visitar a Maddison. Hubiese estado muy bien aliarme con ella para torturar un poco a mi amigo.
Pero elegí lo de siempre: contenerme. Fingir que nada me afectaba. Jugar a ser intocable, porque era mucho más fácil que decir en voz alta que llevaba toda la maldita vida enamorado de la misma mujer. Y que no confiaba en que ella me quisiera de vuelta.
—A lo mejor soy yo quien la utiliza a ella, ¿no? —sugerí—. Llevaba tanto tiempo solo… Ella es una compañía agradable y no me molesta si está unos meses en casa y luego se va.
Cayden entrecerró los ojos sobre mí.
—Sí, definitivamente eres un hombre horrible. El tipo de hombre que la echaría a la calle si un día no hace la colada —siseó, poniendo los ojos en blanco.
—No es eso lo que…
—Estás diciendo que te aprovechas de ella cuando los dos sabemos que no es cierto. Es más sincero de tu parte que me mandes a callar, Gideon. Sé que me estoy metiendo donde no me llaman, y que no me has pedido consejo.
—Entonces dejemos el tema.
—Bien.
Aunque Cayden no volvió a decir nada al respecto, me sentí igual de miserable y vulnerable. Como si hubiese abierto la compuerta de la cámara oculta de mi pecho, donde escondía mis sentimientos reales, para que salieran de una vez por toda. Exponiéndolos al mundo con toda su crudeza.
¿Por qué todo era tan jodidamente difícil?