Saga Sin Reglas Capítulo 25
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Capítulo 25

Serena

—¡Estoy aquí arriba! —grité nada más oír la puerta de casa.

Los pasos de Gideon acercándose a la terraza de su ático me pusieron un poco en alerta. No esperaba que llegase tan pronto, pero tampoco me desagradaba su compañía. Últimamente casi no coincidíamos, así que estaba bien si lo invitaba a mi pequeña zona de confort por esa noche.

—¿Qué haces aquí? —preguntó después de subir las escaleras.

—Cenaba y veía los rascacielos de Nueva York. Menuda vista, ¿no?

—Tengo buen gusto, eso es todo.

Se las apañó para ocupar el otro lado de la manta que había colocado sobre el suelo.

La terraza estaba abierta y el aire fresco era espectacular.

Además, las vistas no se podrían superar ni aunque quisiéramos.

Nueva York siempre se vería más bonita de noche que de día, y ese era un hecho irrefutable.

—Ahora entiendo por qué nunca te has planteado volver a Europa —sonreí.

—¿Quién dice que no? —él me devolvió la sonrisa—. Echo de menos a mi familia y a mi hogar tanto como cualquier otra persona.

—Yo no —admití con sinceridad, envolviendo mis piernas con los brazos—. No echo nada de menos vivir en Grecia.

Eso pareció sorprenderlo, porque me miró muy fijamente, con los ojos más abiertos de lo habitual.

—¿Entonces qué harás si recuperas tu trabajo?

—No lo sé. Es algo que llevo unas semanas planteándome. No toda la historia de la humanidad está en Grecia. Supongo que aguantaría los meses de investigación y recuperación, y luego… No sé, viajaría. O buscaría otro lugar donde asentarme.

Gideon se quitó la chaqueta y la corbata, y se arremangó la camisa hasta los codos.

Que se pusiera cómodo me gustó mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Como si el hecho de que Gideon fuera capaz de bajar la guardia cuando se encontraba a mi lado fuera una señal inequívoca del vínculo que nos unía.

—¿Estás bien, Serena? —preguntó entonces, en voz baja, pero firme—. ¿Quieres hablar de algo?

Sonreí con algo de amargura.

Ese hombre pecaba de ser demasiado perspicaz.

—No, no estoy bien.

Él colocó una mano sobre mi hombro.

—Estoy aquí si necesitas hablar.

—¿Como amigo o como psiquiatra?

—Como amigo.

Apartó la mano, y yo eché de menos su contacto de inmediato.

—Me siento muy sola últimamente. Es todo.

Sé que podría volver con mis padres y me acogerían con los brazos abiertos, pero no hay nada que me llame en Bruselas.

Ni siquiera sé por qué se instalaron allí.

Mi madre tenía un programa de cocina en la India y mi padre viajaba por todo el país…

pero abandonaron sus rutinas para instalarse en una granja, a las afueras de la capital. ¿Qué sentido tiene?

—Quizás es algo que les hacía felices. No todo el mundo se mantiene en el tiempo, Serena. Las personas evolucionamos y maduramos, y nuestros gustos cambian con nosotros.

Apreté los labios y miré al frente.

—Sí, lo sé. Pero me molesta un poco, porque no me gusta Bruselas. Qué egoísta soy, ¿no?

—No tiene por qué. Mientras no les exijas a tus padres que abandonen la capital de Bélgica por capricho tuyo, todo está bien.

Le di un codazo, juguetona.

—Deja de analizarme, Gideon.

—No lo hago —prometió.

—Vale. Pero el punto es que estoy muy cómoda aquí, contigo, y empiezo a ver cierto encanto a esta ciudad.

Lo cual detesto profundamente —me mordisqueé el labio inferior, sin estar segura de cuánta información podía soltar sin que Gideon pensara que había perdido la cabeza—, porque se debe a ti y a nada más.

Gideon se quedó en silencio, observándome con sus profundos y preciosos ojos azules.

—¿Por mí?

—Le das encanto a esta casa, a esta ciudad. A cualquier lugar donde te detengas lo suficiente como para que tu alegría, tu empatía y tu calidez se expanda.

—Serena…

—Siento decírtelo así, en serio. Sé que sueno como una lunática —traté de reír—, pero es la verdad. Y me da miedo encariñarme con algo que tendrá un final.

Considerando lo avispada que era a la hora de encontrar posibles lugares donde hallar viejos objetos o pergaminos perdidos, uno podía pensar que se me daba igual de bien todo lo demás. Hablar de sentimientos, por ejemplo. Pero no era cierto.

Si nunca me enfrenté a Renato después de que me pusiera los cuernos no fue por falta de interés, sino porque no sabía qué decirle. Solo me salía insultarle o sencillamente mandarlo al infierno. ¿Pero dejarle entrever el daño que me causó al humillarme de esa manera? No, de ningún modo.

Claro que en el fondo no me molestó demasiado porque no estaba profundamente enamorada de él.

Le quería, pero no era el hombre de mi vida.

Me hizo un enorme favor al demostrarme la clase de basura con la que planeaba casarme antes de encomendar toda mi vida a cuidarle y protegerle…

y toda esa mierda que el cura te obligaba a prometer frente al altar.

Por eso mismo no fui capaz de encontrar una frase adecuada con la que hacerle entender a Gideon que con él sí que me sentía cómoda.

Aunque no había planeado vivir con él, el simple hecho de que me hiciera un hueco en su casa, en su rutina, me hacía sentir plena y feliz. Como nunca lo había estado.

—Di algo, por favor —le pedí, ansiosa y nerviosa ante tanto silencio.

Gideon se apoyó sobre los codos al recostarse sobre la manta. No me miró, pero tampoco me importó demasiado.

Éramos más valientes si no nos reflejábamos en las pupilas de la otra persona. Como si fueran un espejo de nuestros deseos y miedos más profundos.

—Me gusta que estés aquí, conmigo. Que aparezcas de la nada cuando llego a casa.

—¿También te sentías solo?

—No lo sabía hasta que apareciste en urgencias y te invité a pasar unos días conmigo.

Unos días que se me había transformado en semanas.

Largas semanas de cocinar y comer juntos, de ver series recostados en el sofá, de compartir el baño mientras él se afeitaba y yo me maquillaba, de limpiar juntos y rellenar una lista sobre los alimentos que faltaban en la nevera.

Nuestra rutina se había mezclado de manera tan natural que parecíamos una… pareja.

Pero no lo éramos.

Y eso me irritaba.

—Pídeme que me quede, entonces —solté de golpe, como si fuera lo más lógico.

Gideon por fin se dignó a mirarme.

—No puedo hacer eso, dolcezza.

—¿Por qué no? ¿Es porque crees que me estarías obligando?

—Y porque me has pedido que te ayude a vengarte de mi hermano.

Me mordí el labio inferior con fuerza. Había olvidado eso.

—Gracias a ti se está convirtiendo en una venganza muy dulce —susurré—. Antes me llenaba el resentimiento y la ira, y ahora… Ahora agradezco que me acogieras en tu casa y accedieras a ayudarme, porque eso me ha permitido darme cuenta de que me gustas mucho, Gideon. Me gustas de verdad.

Si tenía que lanzarme a la piscina, lo haría sin miedo y sin remordimientos. Totalmente feliz de haber sacado de dentro lo que llevaba días atormentándome.

—¿Estás borracha? —bromeó Gideon.

—No, la verdad. Estoy siendo sincera sin haberme bebido dos botellas de vino con anterioridad.

Sin pedirle permiso ni perdón, me senté ahorcajadas sobre sus caderas.

Gideon suspiró bajo. Siguió recostado sobre la manta, con los codos clavados en el suelo.

El pelo oscuro le caía sobre la frente y las sienes, mucho más largo que cuando nos reencontramos en urgencias.

Muy probablemente era el hombre más guapo que había visto en mi vida, así que no era de extrañar que no supiera —ni quisiera— resistirme a él.

—Y si vas a rechazarme, espero que lo hagas ya, Gideon. Porque no se me da bien hacerme la tonta.

Por unos segundos pensé que me apartaría con amabilidad, me diría que no sentía nada ni remotamente parecido o que era mucho mejor no complicarse la vida. Eso hubiese tenido bastante sentido para mí. Pero Gideon no hizo tal cosa.

Posó ambas manos sobre mi cintura y me atrajo hasta que estuve medio recostada sobre su cuerpo, apoyándome sobre las manos, una a cada lado de su cabeza.

—El caso es… que no me interesa en absoluto hacer tal cosa. Ya he cometido suficientes pecados contigo, Serena. Uno más o uno menos no me librará del castigo que me espera.

Antes de que fuese capaz de articular palabra alguna, preguntarle a qué se refería, él me besó y el mundo dejó de girar a nuestro alrededor.